Redes. Revista de Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología 62 (2026)
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Revista Redes
DOI: 10.48160/18517072re62.910
1
ISSN: 0328-3186 ISSNe:1851-7072
REDES
Revista de Estudios Sociales de la Ciencia y
la Tecnología
Los desafíos de la ciencia frente a la crisis ambiental
planetaria
The challenges of science in the face of the planetary environmental
crisis
1
ORCID
:
0000-0002-1682-355X
lewdaniellew@gmail.com
Francisco F. Herrera1 ORCID: 0000-0003-4354-1328 ffherrera@gmail.com
Éder Peña
1
ORCID
:
0000-0002-1002-7894
supereder@gmail.com
(1) Centro de Ecología, Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC).
Palabras clave
Resumen
Naturaleza
Crisis ambiental
planetaria
Ciencia
posnormal
Racionalidad
La crisis ambiental planetaria (CAP) es una crisis del conocimiento, que solo a
partir de una superación epistemológica/ontológica de la ciencia, será posible
desentramar como desafío para el futuro de la civilización. Se exponen las
características fundamentales de esta crisis, a partir de sus dimensiones
ecológica (perturbación de los ciclos biogeoquímicos del planeta), económica (la
apropiación humana de la productividad primaria neta), energética (dependiente
de los combustibles fósiles), productiva (insustentable e incapaz de erradicar el
hambre), social (donde una minoría provoca una crisis que padecen las
mayorías) y científica (anclada en una tradición reduccionista e instrumental,
superada por la complejidad de la realidad). Se analiza y discute la ciencia normal
(Kuhn) como patrón de conocimiento hegemónico de la civilización moderna
contemporánea, para evidenciar sus limitaciones ante la complejidad, riesgos y
urgencia que caracterizan a la CAP. Se discuten las críticas y argumentos de
diversos autores y autoras, para evidenciar que la ciencia normal no está
facultada epistemológicamente para enfrentar la CAP, sino que además está
directamente comprometida en sus causas, procurando impulsar una reflexión
hacia un patrón de conocimiento que no esté reñido con la vida.
Keywords
Abstract
Nature
Planetary
environmental
crisis
Post-normal
science
Rationality
The Planetary Environmental Crisis (PEC) is a crisis of knowledge; only by
moving beyond science’s epistemological and ontological limitations can the
challenge it poses to civilization’s future be understood. The fundamental
characteristics of this crisis are outlined, based on its ecological dimension
(disruption of the planet’s biogeochemical cycles), economic (human
appropriation of net primary productivity), energy (dependence on fossil fuels),
productive (unsustainable and incapable of eradicating hunger), social (where a
minority causes a crisis suffered by the majority), and scientific (rooted in a
reductionist and instrumental tradition, outpaced by the complexity of reality).
Normal science (Kuhn) is analyzed and discussed as the hegemonic paradigm of
knowledge in contemporary modern civilization, in order to highlight its limitations
in the face of the complexity, risks, and urgency that characterize the PEC. The
critiques and arguments of various authors are discussed to demonstrate that
normal science is epistemologically ill-equipped to address the PEC and is
directly implicated in its causes, seeking to promote a shift toward a paradigm of
knowledge that is not at odds with life.
Información del
artículo
DOI: 10.48160/18517072re62.910
Recibido: 15/12/2025
Revisado: 25/06/2026
Aceptado: 5/07/2026
Publicado: 31/07/2026
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Introducción
Desde comienzos del presente siglo, el grave deterioro sistémico de las
condiciones biofísicas del planeta es, sin duda, uno de los fenómenos que ha
captado la mayor atención de la comunidad científica mundial. De manera
fragmentada, numerosos estudios dan cuenta de la pérdida de biodiversidad,
cambio climático, contaminación de las aguas continentales o derretimiento de
los casquetes polares, por mencionar solo algunos de los eventos críticos
(Steffen et al., 2011). Más recientemente, han emergido aproximaciones que
integran las características e implicaciones de estos fenómenos globales, que
reconocen una crisis ambiental de escala planetaria, en la cual el cambio
climático es solo uno de los nueve procesos biofísicos comprometidos, de los
cuales siete ya han sido extralimitados a causa de las actividades humanas
(Richardson et al., 2023; Ripple et al., 2024; Rockström et al., 2009; Sakschewski
et al., 2025; Steffen et al., 2015a).
Las evidencias sugieren que, tras una extraordinaria acumulación de
riqueza material, la humanidad está avanzando, a partir de la segunda mitad del
siglo XX, sobre una grave escasez de recursos críticos, la degradación de
procesos ecosistémicos vitales servicios ecosistémicos–, una decreciente
capacidad para gestionar los residuos y una severa alteración de los ciclos
climáticos y sus patrones meteorológicos. La magnitud de estas
transformaciones tiene severos impactos sobre las condiciones de vida en el
planeta, resultando en graves alteraciones de procesos ecológicos
indispensables para el sostenimiento de la vida a escalas local, regional y global,
que se agravarán en el futuro inmediato. La alteración ha sido de tal magnitud
que las condiciones climáticas características del Holoceno –que había durado
once mil setecientos os, y debía durar cincuenta mil más–, han dejado de
existir abruptamente, dando lugar a una época signada por la brusca alteración
de las condiciones precedentes, bajo el nombre de Antropoceno (sensu Crutzen
y Stoermer, 2000) o Capitaloceno (sensu Moore, 2016). Basta señalar que las
trayectorias climáticas que se vislumbran para las próximas décadas sugieren
que la agricultura, tal como se conoce en la actualidad, será imposible en el clima
que caracterizará al post-Holoceno (Gowdy, 2020).
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La Crisis Ambiental Planetaria (CAP) es la materialización de un entramado
de múltiples crisis que atraviesa la actual civilización (Lawrence et al., 2024). La
estabilidad de los ecosistemas depende de la pugna entre dos fuerzas
antagónicas: los procesos naturales esenciales para la existencia de la vida y el
productivismo económico.
No son escasos los análisis y críticas en torno al patrón de conocimiento
que ha impulsado al desarrollo característico de los últimos siglos, basado en los
procesos de industrialización y producción, a partir de la presunción de una
disponibilidad de energía, naturaleza y trabajo baratos; con certeza una reacción
ante las consecuencias sobre las actuales condiciones de vida en el planeta, el
agravamiento que se avecina y la virtual inacción sobre las causas radicales de
la crisis (Herrera, Lew y Peña, 2018, 2019; Leff, 2004; Moore, 2015).
Aunque no ocupan la posición central que la urgencia demanda, han
emergido diversas reflexiones y análisis para abrir un debate en torno a la
necesaria e impostergable transformación de algunas dimensiones del patrón
dominante de conocimiento, ampliamente establecido bajo el nombre de ciencia
o ciencia moderna. En este trabajo se presentan y discuten algunas de las
premisas fundacionales sobre las cuales reposa la ciencia tradicional (normal
sensu Kuhn) que la comprometen con las causas ontológicas y materiales de la
CAP. Se procura, concretamente, señalar cuáles son las implicaciones de la
ciencia en las causas de la crisis y argumentar porqué está limitada para
contribuir a su solución. Para ello se analizan críticas epistemológicas y
ontológicas, propuestas por varios autores, fundadas en la afirmación de que el
dualismo sociedad/naturaleza, la universalidad, la neutralidad, y la predictibilidad
de los sistemas complejos autoorganizados son pretensiones teóricas difíciles
de materializar en la realidad. Emerge entre ellos un abordaje práctico, que
procura superar estas limitaciones internas del patrón de conocimiento, y otras
propias de la CAP, entre las que destacan la extraordinaria complejidad de los
sistemas naturales, la gravedad y urgencia de los problemas, y las implicaciones
éticas involucradas.
Se destaca que el conflicto ontológico que subyace en este dualismo y en
la pretendida neutralidad de la práctica científica, pre-supuestos no
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problematizados en el ethos de quienes la practican, permite advertir por qué sus
esfuerzos por intervenir en la solución de la CAP sean ineficaces o incluso
contraproducentes (Schipper, 2020). Resulta imperativo situar en el centro del
debate que el aumento de gases de efecto invernadero –proveniente, sobre todo,
de la quema de combustibles siles y de la agricultura industrial– ha
desencadenado una cascada de efectos no lineales –presencia de umbrales de
colapso– sobre los sistemas biofísicos de la biosfera, que a su vez incrementan
los niveles de incertidumbre acerca del funcionamiento del sistema Tierra; este
no es un dato menor, en tanto compromete directamente el acceso fiable a
bienes como alimentos, agua dulce, salud y refugio, vitales para las poblaciones
humanas (Folke et al., 2021; Rockström et al., 2009). Con base en este contexto,
el objetivo de este trabajo se centra en poner en tensión las ontologías y
epistemologías de la ciencia moderna, con los desafíos existenciales para la
preservación de la vida humana y las condiciones de la biosfera en el presente,
a partir de la dimensión de impredictibilidad sistémica que emerge como
consecuencia de un relacionamiento deletéreo entre la cultura occidentalizada y
la, así llamada, naturaleza.
Para llevar adelante esta tarea, se ha estructurado el trabajo en cuatro
secciones. Primeramente se exponen las características fundamentales de la
CAP, a partir de sus dimensiones ecológica –perturbación de los ciclos
biogeoquímicos del planeta–, económica –la apropiación humana de la
productividad primaria neta–, energética –dependiente de los combustibles
fósiles–, productiva –insustentable e incapaz de erradicar el hambre–, social
donde una minoría provoca una crisis que padecen las mayorías– y científica
anclada en una tradición reduccionista e instrumental, superada por la
complejidad inabarcable de la realidad–, lo que da cuenta de su complejidad,
predictibilidad, gravedad y urgencia. En segundo lugar, se destaca cómo la CAP
es, en esencia, una crisis del conocimiento, dado que la racionalidad
instrumental, el reduccionismo y el determinismo, que hacen al núcleo de la
ciencia, encuentran en esta crisis una evidencia de su contribución activa y de
sus limitaciones en la procura de alternativas superadoras. En tercer término, se
analizan las características de la ciencia tradicional y de algunas de las
transformaciones que ha experimentado de manera “adaptativa” a los cambios
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de contexto, para dar origen a “nuevas formas” que en realidad no reflejan
cuestionamientos epistemológicos, sino respuestas a condicionamientos de los
sistemas de clasificación institucional, cambios en las líneas y políticas de las
editoriales científicas, nuevas demandas de carácter científico-técnico o
simplemente tecnológicas, la direccionalidad señalada por las fuentes de
financiamiento, entre otras (Abo-Rass y Bump, 2025; Echeverría, 2005; Önder,
Popov y Schweitzer, 2025; Ziman, 2000). En la cuarta sección se exponen las
críticas más relevantes que problematizan el dualismo y neutralidad de la ciencia
normal en la creación de conocimiento; desde los cuestionamientos
conceptuales fundamentales hasta prácticas concretas, se reconocen
aproximaciones a una nueva forma de producción de conocimientos que apunta
a la superación de los obstáculos epistemológicos y ontológicos, mismos que le
impiden a la ciencia tradicional producir conocimiento eficaz para a la solución
de la CAP, en lugar de profundizarla. En el quinto apartado se reflexiona acerca
de la necesaria emergencia de nuevas formas de conocimiento, así como el
reconocimiento y aceptación de otras formas, que resulten eficaces para abordar
los desafíos de la crisis ambiental planetaria. Finalmente, planteamos en el cierre
del documento, el imperativo de establecer puentes o diálogos a partir de la
ciencia normal imperante, que propicien la construcción de alternativas factibles,
legítimas y democráticas para sortear los desafíos que nos presenta la actual
crisis ecológica.
Es oportuno referir algunos de los recursos empleados para desarrollar el
argumento central de este trabajo. Se acude a las categorías modernas de
“sociedad/cultura” y “naturaleza” para poder problematizar el dualismo del cual
surge esta crisis. Al recurrir a ciertos autores no se desconoce la existencia de
otras contribuciones sobre el tema, que en sus particularidades redundarían
sobre la argumentación central y propósito del planteamiento.
La Crisis Ambiental Planetaria- CAP
Dado que los biomas dependen del flujo de energía asociado a la producción
primaria neta para mantener sus funciones ecológicas, las actividades
económicas basadas en la mercantilización permanentemente creciente de
energía y naturaleza, que se traducen en acumulación primaria, comprometen a
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futuro, de manera sistémica, su integridad; una relación causal que hoy cuenta
con amplio consenso (Moore, 2015). Richardson y sus co-autores sintetizan este
planteamiento al proponer la apropiación humana de la producción primaria neta
de la biosfera como una variable de control para su integridad funcional
(Richardson et al., 2023).
La dimensión económica es un subsistema dentro de la biosfera; en la
actualidad, desde las calorías de los alimentos, hasta los combustibles fósiles,
toda forma de producción está implicada en la lógica del crecimiento económico,
y su disponibilidad es determinada por los mercados globales. La crisis
económica a su vez se manifiesta, entre otros indicadores, en la enorme brecha
existente entre la productividad económica real y la deuda en la economía
mundial (Salmon, 2021). A pesar de que el producto interno bruto (PIB) parece
estar creciendo, la producción económica real lleva casi dos décadas estancada
(Jorgenson, Fukao y Timmer, 2016); el cambio climático, el agotamiento de los
recursos y la degradación de los sistemas naturales, afectan las cadenas de
suministro, inducen mayores costos para las empresas y producen daños a la
infraestructura y sistemas agroproductivos, todo lo cual contribuye con la
ocurrencia de eventos de crisis económicas.
La economía global actual, como ocurrió con civilizaciones antiguas,
amenaza con colapsar, en la medida que sus procesos se vuelven cada vez más
complejos y tan pronto como no pueda continuar satisfaciendo su inevitable
consumo incremental de energía, al ser víctima de una espiral de rendimientos
decrecientes (sensu Patel y Moore, 2017; Tainter, 1996, 2006). Se adopta aquí
la expresión colapso, tal como la concibe Tainter, como un proceso en la esfera
sociopolítica, que resulta atrapada en la complejidad de los sistemas de
resolución de problemas: “Una sociedad ha colapsado cuando muestra una
pérdida rápida y significativa de un nivel establecido de complejidad
sociopolítica” (Tainter, 1988: 4). Tan temprano como en 1995, el mismo autor
afirma:
Los rendimientos decrecientes, en la resolución de problemas, limitaron la
capacidad de las sociedades históricas para afrontar sus retos y también limitarán
la capacidad de las sociedades contemporáneas para abordar el cambio global. Las
soluciones a este dilema radican (a) en el conocimiento de nuestra posición histórica
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en un sistema de complejidad evolutiva, y (b) en el desarrollo ulterior de la energía
para financiar la resolución de problemas. (Tainter, 1995, p. 397).
En este contexto, un colapso es un proceso abrupto en escala histórica. Los
riesgos localizados de colapso climático ya son evidentes en diversas regiones,
y los rendimientos decrecientes de la adaptación climática, ante impactos cada
vez más intensos, son claves frente a los riesgos de colapso (Steel et al., 2024).
Simultáneamente, la fuente de energía, sin la cual este proceso hubiera
sido imposible de sostener, ha comenzado su inevitable declive: el pico del
petróleo, ya anunciado por Marion Hubbert en 1956. El vertiginoso proceso de
expansión industrial, la mundialización del comercio, la revolución verde
agricultura industrial– y el extraordinario dinamismo alcanzado en todas las
dimensiones de la actividad humana, se han apalancado en el avance de
tecnologías basadas en la expansión del uso de esta fuente circunstancial de
energía, cuya tasa de retorno energético, extraordinariamente alta, no ha podido
ser sustituida por ninguna otra, y que comienza a declinar en su relación
costo/beneficio (IEA, 2010).
En respuesta a los efectos perturbadores del uso de los combustibles
fósiles –y a la declinación del petróleo–, la tecno-ciencia apela a los remiendos
tecnológicos techno-fix–, novedades concebidas y diseñadas para afianzar aún
más el control corporativo sobre la naturaleza: la transición verde, para la
sustitución de la energía sil por electricidad obtenida de la energía solar y eólica
es uno de ellos. Sin embargo, las energías verdes no solo no han contribuido a
una transición, sino que se han sumado a una matriz energética fósil en
permanente aumento, entre otros motivos, porque el 80% de la energía que
consume la economía actual no es en forma de energía eléctrica (British
Petroleum, 2024). Por otra parte, el Banco Mundial ha anunciado que la
reducción de emisiones de carbono implicará una explotación cada vez más
intensiva de minerales críticos para las tecnologías de energía limpia empleadas
en la generación de electricidad: “Los objetivos de cambio climático (1.5 ºC - 2
ºC menos), como se describen en el Acuerdo de París, requieren instalar más de
estas tecnologías y, por lo tanto, conducirá a una mayor huella material” (Hund
et al., 2020: 11).
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La extralimitación de cada proceso biofísico, considerado en los límites
planetarios, no habría sido posible sin la confluencia del petróleo y del
conocimiento científico, transformado en tecnología, enlazados para la
maximización de la explotación de la naturaleza –materias primas, entre ellas las
propias fuentes de energía fósil– y de la fuerza de trabajo: los dos únicos pilares
sobre los cuales reposa la economía. Este complejo proceso productivista,
industrial, se aceleró marcadamente después de la Segunda Guerra Mundial,
período conocido como Gran Aceleración (Hibbard et al., 2007), y que es definido
como “la naturaleza integral e interrelacionada de los cambios, posteriores a
1950, en las esferas socioeconómicas y biofísicas del sistema terrestre” (Steffen
et al., 2015b:). Este período se caracteriza por las mayores tasas de crecimiento
económico de la historia del capitalismo, acompañadas de un drástico aumento
en el uso de energía, impulsado por la inversión financiera.
Las críticas disrupciones de las dimensiones ambientales y económicas
tienen un directo correlato en la esfera social, agudizando las preocupaciones.
Al contrastar los indicadores biofísicos del planeta con los indicadores sociales
de los países, varios autores concluyen que ninguno logra satisfacer cabalmente
las necesidades básicas de sus ciudadanos, y en aquellos casos excepcionales
que lo logran parcialmente –los llamados países desarrollados–, incurren en
niveles de uso de recursos globalmente insostenibles (Fanning et al., 2022;
O’Neill et al., 2018; Schlesier, Schäfer y Design, 2024). La vasta mayoría de la
población mundial está muy lejos de poder satisfacer sus necesidades básicas.
Esta revelación sugiere que pretender elevar las condiciones de vida de todos
los habitantes del planeta a los alcanzados por los países más desarrollados,
demandaría un consumo de recursos muy por encima de los niveles máximos
admisibles para mantener la sostenibilidad; eso equivalía, en 2012, a disponer
de los recursos producidos por cuatro planetas Tierra al año (WWF, 2012).
La actual CAP supera radicalmente cualquier crisis que otras civilizaciones
pasadas hayan vivido en su relación con los entornos de los cuales dependen
para su supervivencia. Esto es determinado por la velocidad con que se
desarrolla la crisis, la extraordinaria complejidad tecnológica sobre la cual
reposa, su enorme dependencia de los combustibles fósiles –especialmente del
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petróleo y el gas–, la escala geográfica de sus impactos y la creciente cantidad
de personas que están siendo y serán afectadas (Nørgaard, 1994). Baum, por
su parte, concluye que, ante las discrepancias que el nivel de incertidumbre
genera en torno a la gravedad de la CAP y sobre la base del conjunto de
evidencias actualmente disponibles, el cambio climático, por sí solo, debería ser
considerado como un riesgo catastrófico global (Baum, 2024).
Desde las dimensiones ambiental, económica y social, se puede observar
un evidente desacoplamiento entre la magnitud y las potenciales consecuencias
que anuncia esta profunda crisis, y las políticas que emergen desde los
principales organismos multilaterales, como de los propios Estados. Más de tres
décadas de evidencias e innumerables indicadores de la crisis global,
cuantitativos y empíricos, permiten denunciar la poca correspondencia entre la
urgencia de la crisis y el escaso y tímido compromiso de los gobiernos con las
medidas adoptadas. Estas medidas han resultado insuficientes para transformar
las condiciones que la generan, y menos eficaces aún para sostener la resiliencia
y la adaptación a nuevos y radicales escenarios planetarios (Schipper, 2020).
Toda intervención humana en gran escala interfiere en los arreglos
espontáneos de la naturaleza (Marsh, 1864), y frente a un universo complejo, los
desarrollos concebidos bajo las obligantes premisas del reduccionismo científico
y tecnológico, resultan inevitablemente superados por la extraordinaria
complejidad de los sistemas ecológicos, provocando consecuencias
subestimadas, ignoradas o impredecibles (Jonas, 2004). Atrapada en la misma
limitación, la fragmentada aproximación a la solución de los problemas formula
ahora alternativas basadas en una mayor complejidad tecnológica y una mayor
demanda neta de energía –por lo general, directa o indirectamente de origen
fósil–, para poder seguir sosteniendo los niveles de consumo que el crecimiento,
la economía de mercado y el estado de bienestar demandan. La progresión
ininterrumpida de extracción de bienes naturales –incluidas las fuentes de
energía– sugiere que existen dificultades ontológicas, epistemológicas y
conceptuales para racionalizar la crisis, replantear el enfoque científico-técnico
convencional y trascender esta encrucijada planetaria.
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Las múltiples crisis en proceso (Folke et al., 2021) develan un común
denominador, una crisis del conocimiento (Leff, 2004) de la manera vigente de
interpretar el mundo moderno y la forma de habitarlo. Una crisis del conocimiento
es una invitación a una profunda reflexión del marco epistémico de la ciencia
normal (sensu Kuhn), el patrón de conocimiento que prevalece en el mundo
moderno, occidentalizado y globalizado, toda vez que pretende resolver los
problemas más acuciosos de la humanidad, desde su razón reduccionista e
instrumental dominante, la misma que ha contribuido a crearlos (Einstein, 1949;
Funtowicz y Ravetz, 1993a).
La crisis del patrón de conocimiento hegemónico
La promesa de la dominación de la naturaleza y su uso para el beneficio de la
humanidad, como narrativa seminal de la modernidad, ha llevado, entre otras
cosas, a una explotación y erosión, excesiva e irracional, de la trama de la vida
(Moore, 2015). Desde hace más de un siglo, las advertencias acerca de un
deterioro ambiental han acompañado el progreso industrial que lo ha propiciado
(Carson, 1962; Marsh 1864). Sin embargo, la información que en la actualidad
es socialmente aceptada, en torno a la magnitud y consecuencias de la crisis
ambiental del planeta, compele a la reflexión crítica y exhaustiva de los
determinantes históricos de esta realidad, y explorar las alternativas y las
trayectorias colectivas, que pudieran favorecer transformaciones sociopolíticas,
tanto plausibles como impostergables (Tainter, 1996).
Franz Hinkelammert plantea que:
ha aparecido una racionalidad que se ha impuesto universalmente, que no es
racional, y que hoy, cada vez más visiblemente, amenaza la propia sobrevivencia
de la humanidad. Todo pensamiento crítico hoy no puede ser sino la búsqueda de
una respuesta a esta irracionalidad de lo racionalizado. (Hinkelammert, s./f.: 331,
citado en Mora, 2023: 132)
Esta racionalidad cultural que ha emergido, con carácter universalista, es la raíz
de lo que denominamos comúnmente la ciencia, que algunos la distinguen con
el epíteto de moderna.
Es importante destacar que, los patrones de conocimiento –las
aproximaciones e interpretaciones que determinan la comprensión de la vida
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humana (y no-humana), y los modos de producción y reproducción de la vida–
son una dimensión constitutiva medular de todo orden social (Lander, 1992). La
cultura occidental ha privilegiado, como patrón de conocimiento, a la ciencia.
Este patrón de conocimiento emerge en un contexto histórico de una compleja
amalgama de cristianismo –secularizado o no–, racismo, conquista territorial,
saqueo de la fuerza de trabajo y de la naturaleza, y protestantismo. Su origen
suele fecharse en la Europa del largo siglo XVI, destacando en su historiografía
a Galileo, Bacon, Descartes, Newton, y el gran sintetizador conceptual, Hegel
(Dussel, 2012).
Nuestros tiempos son el producto de la aplicación del programa baconiano,
articulado hace casi 400 años por Sir Francis Bacon, que ha tenido un éxito
extraordinario y ha apuntalado la expansión mundial de la civilización occidental.
Sin embargo, de manera paradójica, el triunfo del programa de Bacon terminó
socavando sus propios cimientos. (Sagasti, 2000: 595).
A través de la ciencia se dio legitimidad a una manera particular de interpretar la
vida, la condición humana, los mitos culturales, es decir, la existencia colectiva
local –europea–, de una manera muy efectiva y convincente. Los medios –pre-
juicios y métodos– utilizados para describir algunos fenómenos naturales,
desarrollar algunas tecnologías, predecir ciertos comportamientos del cosmos y
la naturaleza, por encima de otras interpretaciones culturales, contribuyeron a su
establecimiento y expansión de forma totalizante. Sin embargo, el principal
aporte de este particular patrón de conocimiento fue su capacidad de legitimar,
desde la racionalidad moderna, apalancada en la búsqueda de conocimientos y
el progreso, la explotación irracional del trabajo humano y de la naturaleza
(Bautista, 2014; Moore, 2015).
Estas concepciones racionalizadas del trabajo y de la naturaleza, que se
conformaron en la Europa occidental entre los siglos XV y XVIII, rápidamente
tuvieron incidencia en los modos de producir alimentos, bienes y servicios, de
ocupar los territorios, de relacionarse socialmente y de organizarse
políticamente: y es allí donde se configura el capitalismo, no solo como modo de
producción, sino como cosmogonía (Wallerstein, 1988). Así, el capitalismo y la
ciencia son autodeterminados, y continuamente moldeados, desde su
emergencia, pocos siglos atrás.
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Lander (2005) sintetiza, a partir de numerosas reflexiones sobre la
historiografía de los últimos quinientos años, que la ciencia moderna está
fundada en escisiones ontológicas entre razón y cuerpo, sujeto y objeto, cultura
y naturaleza, que a su vez constituyen sustentos necesarios de las nociones de
progreso, así como de control y explotación de una naturaleza objetivada. Así, la
ciencia moderna es concebida como un patrón de conocimiento que considera
al ser humano separado de la naturaleza, y sujeta, esta, a sus designios: la
naturaleza, dentro de la cultura europea, pasó de ser sacra, a ser inferior y
cosificada (Plumwood, 1993).
Asociado a estas perspectivas, se ha destacado el carácter mecanicista y
determinista de la ciencia, enfocado en la búsqueda de simplificación y
certidumbre, en un mundo caracterizado por la complejidad y el caos (Capra,
1985); todo esto desde una perspectiva dominante, a favor de la
instrumentalidad, el empirismo y el reduccionismo (Horkheimer, 2004).
El pre-supuesto de que el desarrollo de las bases científicas conlleva a la
permanente y progresiva generación de tecnologías, presuntamente cada vez
más eficientes y garantes de prosperidad, es ampliamente compartido al interior
de las sociedades industriales occidentalizadas del globo; de hecho, en la praxis,
es el teorema central del desarrollo capitalista (Lew, 2021). Esta relación
determinista se fundamenta en un desarrollo lineal y evolucionista.
El determinismo tecnológico, las concepciones de acuerdo a las cuales el desarrollo
corresponde a un desarrollo evolucionista, lineal-determinista, o que este es
producto de una suma de decisiones técnicas racionales, ha estado estrechamente
asociado con las concepciones objetivistas de la verdad en el terreno científico y
forman parte del núcleo del pensamiento tecnocrático contemporáneo (Lander,
1992: 184-185).
Es a partir del determinismo tecnológico que se enuncia la exitosa historia de
Europa, y más tarde, la noción arbitraria de países desarrollados y
subdesarrollados. La racionalidad instrumental, como expresión de la ciencia
moderna, es un fenómeno emergido de la continua transformación adaptativa
del capitalismo y de sus presupuestos cognitivos, éticos y sociales.
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Kant planteó la existencia de dos racionalidades: una teórica y otra práctica.
La primera permitía adquirir conocimientos científicos: contemplar, descubrir los
secretos del mundo y tomar contacto con lo absoluto; mientras que la segunda
se centraba en la capacidad humana para funcionar eficientemente en la vida
pública; una especie de instrumento de relacionamiento social. Ya para ese
entonces, la racionalidad práctica había determinado los conceptos más
importantes de los mecanismos económicos y muchas de sus ideas
fundamentales; es de esta racionalidad de donde emana la propuesta de Adam
Smith, en torno a los mecanismos de regulación de los mercados. Más de un
siglo después, Horkheimer reconocía que el pensamiento moderno, basado en
dos racionalidades, que había configurado al pensamiento de los movimientos
filosóficos de los siglos XIX y XX, estaba adquiriendo sesgos muy marcados a
favor de la razón práctica, como única aproximación al conocimiento.
Para inicios del siglo XIX, la racionalidad práctica tomó la forma del
positivismo, que consideraba como hechos científicos solo aquellos fenómenos
que podían demostrarse mediante experimentos empíricos o representarse
mediante el uso de las matemáticas. Posteriormente, se volvió más radical con
la neutralización de la razón a un carácter estrictamente instrumental, que no
solo degradó cualquier cognición no cuantificable, sino que rechazó y descalificó
cualquier necesidad de pensamiento puro, abstracción y especulación, que no
sirviera a intereses particulares y a objetivos preconfigurados, esto bajo la
instauración de una ciencia objetiva, neutra y universal, exenta de
responsabilidades y conflictos éticos. Tal como lo vio Horkheimer, la reducción
de la razón moderna a un mero instrumento, es una antifilosofía que socava los
propios fundamentos de esa racionalidad; tanto así, que actualmente la ciencia
emplea el razonamiento lógico/tecnológico para responder solamente a una
dimensión de la realidad, despreocupada de las consecuencias negativas que
produce la civilización dominada por la tecnología, y se olvida de cuestionar el
sistema-mundo moderno/capitalista; sumida en la neutralidad objetiva, se
distancia de la ética. La racionalidad instrumental, como epítome de la ciencia a
lo largo del siglo XX, será la racionalidad que sustente, en buena medida, la
llamada ciencia normal (sensu Kuhn).
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La ciencia “moderna”
Ciencias formales y ciencias fácticas
Para Mario Bunge, quien afirma que “por medio de la investigación científica, el
hombre ha alcanzado una reconstrucción conceptual del mundo que es cada vez
más amplia, profunda y exacta” (Bunge, 1995: 11), la totalidad de la ciencia
abarca dos territorios –no excluyentes–; uno donde impera la lógica y las
matemáticas, ajenas a los hechos de la realidad, que crean sus propios objetos
de estudio y sus relaciones, que no pueden pormismas explicar la realidad
aunque contribuyen decisivamente a hacerlo–, a las cuales denomina ciencias
formales. En el otro, las ciencias fácticas que, recurriendo a las herramientas que
le proporcionan las ciencias formales, se abocan a la comprensión de los objetos
que forman parte de la realidad concreta, de los procesos y relaciones entre
ellos, empleando el método científico como la única vía para explicar la realidad
y alcanzar la “verdad”. En estas últimas se inscriben la física, la química, la
economía, la ecología y los demás campos del conocimiento científico.
Bunge denuncia la pretensión de debatir en torno a la ciencia, invalidando
la autoridad de quienes la han interpelado desde la reflexión crítica, y reivindica
–como lo hace la institucionalidad que practica la ciencia moderna, de manera
dominante en el mundo– los principios que Merton en 1942 le atribuyó a la
ciencia como incuestionables de una institución llamada a cuestionarlo todo,
excepto a la propia ciencia. El principio de universalidad, según el cual “ya que
los fenómenos naturales son los mismos en todas partes, los contextos sociales,
culturales y políticos son irrelevantes para la evaluación objetiva de la verdad de
las aseveraciones científicas” (Vessuri, 1996: 60), es probablemente el más
polémico de estos postulados, por cuanto permite interpretar que no existe otra
forma de producir conocimiento que no sea a través del método científico, lo que
supondría admitir como cierto que otras culturas, y personas sin formación
académica, no pueden producir conocimiento.
Esa desvinculación social, que produjo la concepción universalista de
Merton (1973), de acuerdo con su estructura normativa, reposa en su desarrollo
como un fin en mismo, centrando su razón de ser fundamental en la expansión
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de las propias fronteras del conocimiento científico y de sus disciplinas en
permanente especialización y atomización. Michael Polanyi, en La República de
la Ciencia: su teoría política y económica, sostiene:
los científicos, haciendo libremente su propia elección de problemas y
persiguiéndolos a la luz de su propio juicio personal, cooperan como miembros de
una organización estrechamente unida (Polanyi, 1962: 1). Tal auto-coordinación de
iniciativas independientes conduce a un resultado conjunto, que no está
premeditado por ninguno de los participantes. Su relación es guiada, como por una
mano invisible, al descubrimiento conjunto de un sistema oculto de cosas. Dado que
su resultado final es desconocido, este paso a paso, y el rendimiento total, será el
mejor resultado posible. (Polanyi, 1962: 3).
Bunge calificó de “disparate” este debate filosófico que se produjo en torno a la
ciencia, con mayor vigor alrededor de la década de 1960; un debate que lejos de
pretender derribar sus postulados hegemónicos, hicieron de la ciencia, como
cualquier otro constructo social, un objeto más de análisis.
Ciencia normal y ciencia revolucionaria
Uno de los protagonistas de este debate fue Thomas Kuhn quien, en su libro La
estructura de las revoluciones científicas, se refirió a la ciencia tradicional como
ciencia normal y utilizó el término paradigma para describir el delimitador de
todos los compromisos compartidos por una comunidad de científicos, en un
campo disciplinar determinado, es decir, el conjunto de premisas que determinan
el espacio dentro del cual corresponde desarrollar la práctica científica, sin violar
el paradigma existente (Kuhn, 1971); básicamente constituye una estructura
epistémica, de conocimiento, teorías y generalizaciones simbólicas (Echeverría,
2005). Según Kuhn, la comunidad que forma parte de un campo científico
específico está abocada a la cimentación de su paradigma, confrontando
argumentos y evidencias siempre hacia el interior, reforzando sus fortalezas y
enfrentando las debilidades que la propia actividad científica pone en evidencia.
Según Albornoz, el filósofo Lakatos –otro de los involucrados en estos fructíferos
debates– advertía sobre la probabilidad de que los núcleos de todos los
paradigmas –a los que Lakatos llamó programas científicos– fueran falsos –o al
menos incorrectos–, lo cual no sería en absoluto incompatible con la realidad,
sino una forma de comprender la dinámica de la ciencia, a través de la cual
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alcanza una verosimilitud siempre creciente –la afirmación interna del paradigma
(Albornoz, 2003).
Dos ideas básicas apuntalan la tesis de Kuhn:
La observación y la experiencia pueden y deben limitar drásticamente la gama de
las creencias científicas admisibles o, de lo contrario, no habría ciencia. Pero, por sí
solas, no pueden determinar un cuerpo particular de tales creencias. Un elemento
aparentemente arbitrario, compuesto de incidentes personales e históricos, es
siempre uno de los ingredientes de formación de las creencias sostenidas por una
comunidad científica dada, en un momento determinado. (…) esta investigación
[actúa] como una tentativa tenaz y ferviente de obligar a la naturaleza a entrar en
los cuadros conceptuales proporcionados por la educación profesional. Al mismo
tiempo, podemos preguntarnos si la investigación podría llevarse a cabo sin esos
cuadros, sea cual fuere el elemento de arbitrariedad que forme parte de sus
orígenes históricos y, a veces, de su desarrollo subsiguiente. (Kuhn, 1971: 3).
Kuhn argumenta que la actividad científica avanza a partir de modelos adquiridos
por medio de la educación y de la exposición permanente a la literatura
disciplinar. Con frecuencia, los científicos no conocen, no comprenden
cabalmente o incluso no necesitan conocer, las características particulares que
le dan a esos modelos el estatus de paradigmas de su comunidad disciplinar.
Por ello, no necesitan un conjunto completo de reglas. Todos han tenido una
educación y una iniciación profesional similares, asimilando la misma bibliografía
técnica y recibiendo las mismas lecciones. Los límites de esa bibliografía suelen
delimitar las fronteras de un tema científico.
El rompimiento de los límites de un paradigma da lugar a lo que Kuhn
denominó ciencia revolucionaria: la disrupción con los elementos arbitrarios que
forman el complejo de creencias sobre el cual se construye el paradigma.
Cuando no se obtienen los resultados esperados, el buen científico normal
reacciona intentando averiguar qué error ha cometido. (…) Para Kuhn, una
"anomalía" es un enigma que se resiste a ser resuelto. Kuhn sostiene que todos los
paradigmas se enfrentan a algunas anomalías en un momento dado. Mientras no
haya demasiadas, la ciencia normal sigue su curso y los científicos las consideran
un reto. Pero las anomalías tienden a acumularse. A veces una sola se hace
especialmente prominente, resistiendo los esfuerzos de los mejores especialistas
de la disciplina. Finalmente, según Kuhn, los científicos empiezan a perder la fe en
su paradigma. El resultado es una crisis. (Godfrey-Smith, 2003: 82).
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Cuando ocurre la revolución, el orden establecido se desordena, las ideas
fundamentales son cuestionadas y surgen condiciones que permiten abordar los
problemas creados por las crisis; pero una revolución científica, sensu Kuhn,
aborda los nuevos desafíos con la misma racionalidad con que se lleva a cabo
la ciencia normal.
Tecno-ciencia
Echeverría diferencia con claridad la racionalidad científica, fundada en la
procura de conocimientos y el logro de la “verdad”, de la tecnológica,
encomendada al logro de la eficiencia, la competencia, la utilidad; si la
investigación dirigida a la expansión del conocimiento fue la plataforma
fundamental de la big science (Price, 1968), la tecno-ciencia representa la
instrumentalización del conocimiento científico para una innovación rentable. No
se trata simplemente de una cómoda interjección para la larga expresión ciencia
y tecnología, sino de un cambio radical ocurrido durante la primera mitad del siglo
XX:
(…) en la actividad científica, en la propia estructura de lo que hacen los científicos
y los ingenieros, y se manifiesta en la investigación, el desarrollo y la innovación. Ya
no sólo se trata de investigar, sino de generar desarrollos tecnológicos que deriven
en innovaciones puestas en práctica en el mercado, en la empresa, en la sociedad.
(Echeverría, 2005: 10);
Esta realidad no formaba parte de la agenda de los científicos de comienzos del
siglo XX, pero es omnipresente en la de los científicos de finales del XX y
comienzos del XXI. El autor enfatiza que, aunque se habla de revolución tecno-
científica, la naturaleza de esta transformación no es epistémica, no es del
conocimiento, es apenas el resultado de un cambio en la estructura de la práctica
científica.
El camino que tomaría el desarrollo científico, ahora tecno-científico, estuvo
condicionado por el desarrollo de la industria lica, las telecomunicaciones, el
modelo agroalimentario y otras innovaciones alcanzadas durante la Segunda
Guerra Mundial, que hicieron pensar que podría conquistarse el universo sin
consecuencias, como en 1945 lo prometió Vannevar Bush (2020) en su texto
Ciencia: la frontera sin fin. La carrera espacial y armamentista que caracterizó a
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la Guerra Fría, inaugurada con el lanzamiento de dos bombas nucleares sobre
Japón, fue, según Echeverría, la más elocuente estampa de este proceso.
La relación entre la comunidad científica y la sociedad fue cambiando,
desde una cierta dificultad para comprender los asuntos esotéricos, propios de
la actividad científica tradicional, hacia un creciente prestigio social, dado el
impacto de las innovaciones tecno-científicas en la vida de las personas. Sin
embargo, no fue un cambio exento de desconfianza, ante sus derivaciones
negativas, cada vez más evidentes, y que desembocaron en la crisis ambiental
de finales de la década de 1960. Antes que se acuñara el término ecología,
Marsh alertaba sobre la necesidad de “señalar los peligros de la imprudencia y
la necesidad de precaución en todas las operaciones que, en gran escala,
interfieren con los arreglos espontáneos del mundo orgánico o inorgánico”
(Marsh, 1864: 3); pero –cien años más tarde– con el icónico libro La primavera
silenciosa (Carson, 1962) se inauguraría definitivamente el debate público en
torno al desarrollo y su impacto sobre los procesos biofísicos que sostienen la
vida en el planeta.
La tecno-ciencia vendrá entonces a prometer la satisfacción de todas las
necesidades y la solución a todos los problemas –incluidos aquellos originados
por los propios avances científicos. Esta particular aproximación a la generación
de conocimientos se consolidó, más tarde, en los Estados Unidos y en algunos
países de Europa y Asia, impulsada por el proyecto de globalización neoliberal.
Ciencia Posacadémica
Primer rrafo después de subtítulo: Arial 12. Espacio y medio, 6 pto arriba del
párrafo, justificado, sin sangría. John Ziman cuestiona la “leyenda” según la cual
la ciencia supone que el conocimiento científico es el paradigma de la
racionalidad y la objetividad. Por el contrario, afirma que:
la ciencia no es una forma privilegiada de entender las cosas, superior a todas las
demás. No se basa en fundamentos anteriores o más profundos que cualquier otro
modo de cognición humana. El conocimiento científico no es una metanarrativa
universal a partir de la cual se pueda llegar a deducir una respuesta fiable a
cualquier pregunta significativa sobre el mundo. (Ziman, 2000: 327)
Su extensa reflexión sobre la ciencia gira en torno a una simple pregunta:
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Filósofos y científicos coinciden en que la identificación de un problema significativo,
pero resoluble, es una etapa vital del proceso de investigación. La cuestión es:
¿quién plantea los problemas? La ciencia académica parte del supuesto de que los
investigadores son libres -dentro de unos límites razonables- de fijar sus propios
problemas. (Ziman, 1996: 73).
Este autor describe a la ciencia académica (mertoniana) operando con premisas
darwinistas, donde los investigadores, lejos de tener que abocarse a problemas
consensuados, acometen innumerables problemas en direcciones imprevistas y
sus resultados se someten a rigurosas evaluaciones por pares –arbitrajes
editoriales y consejos de clasificación–; solo una fracción de los resultados
sobreviven –pequeña con relación al total. El proceso resulta de una enorme
eficacia para producir conocimientos altamente precisos y confiables, pero es
extraordinariamente derrochador en detalle, arrojando resultados muy
lentamente y con escasa pertinencia a las necesidades vigentes. Ese proceso,
ajeno a preconcepciones orientadoras y coordinación alguna –que Polanyi en
1962 elogiaba como la principal virtud de la República de la Ciencia–, supone el
aporte de un universo muy exacto y diversificado en conocimientos, pero
limitado, para responder a un entorno muy selectivo y concreto (sensu Darwin),
resulta, además en una costosa dilatación frente a necesidades que pueden ser
urgentes. En el contexto de una sociedad postindustrial, esta virtud de la ciencia
académica se habría convertido en un obstáculo para un mundo globalizado,
definido por la eficiencia y la rentabilidad, conduciendo hacia una práctica
diferenciada, que Ziman denomina ciencia posacadémica.
En el ethos de la ciencia académica, la norma mertoniana del desinterés
responde a la pretensión de objetividad y viceversa. Pero el desinterés no tiene
lugar en el contexto de una investigación postindustrial, heredada de la
revolución tecno-científica. Ziman afirma que “Ni siquiera la investigación básica
tiene lugar en un vacío de poder. Tiene que ser apoyada financiera y
administrativamente por organismos cuyos intereses van más allá de la mera
producción de conocimientos” (Ziman, 1996: 79), para concluir más tarde que,
en estos contextos “los científicos posacadémicos no tendrán ejemplos de
comportamiento desinteresado que emular, ni normas formales de objetividad
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que cumplir.” (Ziman, 2000: 204). Las preguntas y la calificación por pares forman
parte de este proceso de tamizado.
Esta nueva práctica estaría llamada a mejorar los procesos tradicionales,
procurando orientar la investigación en la dirección de problemas concretos, lo
que presupone: desbordar las fronteras disciplinares; disminuir el despilfarro de
recursos, tiempo y talento, incidiendo en el diseño y orientación de los esfuerzos;
promover la colectivización en la selección de los problemas para poder acotar
las infinitas opciones de los proyectos de investigación; asegurar un retorno más
rápido de una inversión cada vez más costosa; promover políticas en ciencia y
tecnología que respondan a la competencia por los recursos financieros; y que
los contextos tiendan a parecerse más a una empresa tecno-científica que a un
centro de investigación. Ziman sugiere que “Esto puede significar que la ciencia
que se hace es ‘mejor y más ‘relevante’ que si se dejara enteramente en manos
de los juicios idiosincráticos de los científicos individuales” (Ziman, 1996: 73).
Ciencia robusta
Si la ciencia posacadémica descrita por Ziman, en cierto modo, es una
consecuencia inevitable de la revolución tecno-científica, la ciencia robusta
emerge hacia finales del siglo XX en un contexto aún más extremo, el de la
globalización neoliberal como su fuerza modeladora. Las ideas precursoras de
este enfoque fueron presentadas por Gibbons y sus colaboradores en 1994 y
reformuladas por Nowotny, Scott y Gibbons, planteando una tesis difícil de
diferenciar de aquella. El viejo paradigma del descubrimiento científico (que
denominan "Modo 1"; ciencia tradicional o normal), caracterizado por la
hegemonía de la ciencia disciplinaria, con su fuerte sentido de jerarquía interna
entre las disciplinas, e impulsado por la autonomía de los científicos y sus
instituciones, estaba siendo reemplazado –aunque no sustituido– por un nuevo
paradigma de producción de conocimiento ("Modo 2"), socialmente distribuido,
orientado a la aplicación, transdisciplinario y sujeto a múltiples responsabilidades
(Nowotny, Scott y Gibbons, 2003).
El abordaje multidisciplinario y de redes interinstitucionales sería facilitado
por las tecnologías del conocimiento y la explosión de recursos informáticos, que
caracterizaron este período. Pero quizá el rasgo más relevante sería que el
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conocimiento ahora viene determinado por la premisa de la aplicación, e incluso
más allá, de lo social. Esto representa una ruptura radical con la tradición
académica, entre otras cosas con la autonomía en la elección de los problemas,
algo que en realidad Ziman describe como un proceso ya en curso. “El ‘Modo 2’
se caracteriza por un alejamiento de la búsqueda de principios fundamentales,
para avanzar hacia modos de investigación orientados a resultados
contextualizados.” (Gibbons et al., 1997: 33).
Los problemas, proyectos o programas son ahora focos temporales de
atención, que se desarrollan más directamente en el campo de la aplicación o
del uso. Esta forma desconcentrada y transitoria de producción de conocimiento
conduce a resultados que son cada vez menos conceptuales y abstractos, y
están cada vez más contextualizados, para responder a demandas económicas,
políticas o sociales. La palabra ciencia va siendo sustituida por investigación
(Cupani, 2012) y al criterio tradicional de la excelencia científica, ahora se
anteponen los de eficiencia o utilidad: el éxito.
La ciencia se ha vuelto tan omnipresente, aparentemente tan central para la
generación de riqueza y bienestar, que la producción de conocimiento se ha
convertido (…) en una actividad social, altamente distribuida y radicalmente
reflexiva. La ciencia ha tenido que asumir las consecuencias de su propio éxito,
tanto por sus potencialidades como por sus limitaciones. (Nowotny, Scott y Gibbons,
2001: 1).
Para Nowotny y sus colaboradores, la principal consecuencia ha sido la
polarización, entre quienes han abandonado toda epistemología para entregarse
a una ciencia normada por la oferta y la demanda, donde la pertinencia de la
investigación lo es todo, y aquellos replegados en defensa de las banderas
tradicionales de la estructura normativa de la ciencia mertoniana y de los
postulados de La República de la Ciencia de Polanyi. La ciencia robusta sería
una tercera vía;
[con] una epistemología más matizada y sociológicamente más sensible, que
incorpore las visiones individuales, sociales y culturales de la ciencia, así como el
conjunto de sus conocimientos. En un entorno más amplio, en el que tendrá que
trabajar la ciencia en el futuro, que hemos denominado el ágora, una ciencia
inconexa y autoorganizada, que se esfuerce por descubrir reglas invariables y
acumular conocimientos, tendrá que ser complementada, si no sustituida, por una
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nueva visión de la ciencia, ricamente contextualizada, socialmente robusta y
epistemológicamente ecléctica. (Nowotny, Scott y Gibbons, 2001: 198).
Lo que resulta claro en la tesis de la ciencia robusta es que la autoridad científica
conserva el liderazgo en la conducción del proceso y que los fondos en disputa
para la investigación adquieren un peso diferenciado en el ágora. Esto revela un
claro sesgo, al privilegiar el rol de las fuerzas del mercado –y sus actores– en el
ágora y atribuirles a estas la representación social a la hora de priorizar las
necesidades.
Ciencia ciudadana y ciencia abierta
Otros dos tipos de ciencia, denominadas ciencia ciudadana y ciencia abierta,
merecen ser mencionadas por su difusión reciente, pero están fuera de este
contexto, por cuanto se trata de iniciativas que se mantienen al margen de una
problematización epistémica de la ciencia normal –y las variantes que hemos
referido–, y se limitan únicamente a adaptaciones instrumentales en el
levantamiento de datos, en un caso, y en la difusión de las bases y resultados
de la investigación, en el otro.
Crítica a la ciencia “moderna”
El núcleo conceptual de la crítica
Varios autores han desarrollado extensas críticas a la ciencia tradicional
normal– fundada en el presupuesto de la escisión artificial entre sociedad y
naturaleza, señalando las consecuencias sociales y ambientales derivadas del
conflicto que se produce en ese “territorio híbrido” (sensu Latour) que se crea a
partir de una interacción inevitable entre ambos. Destacan, a los efectos de esta
discusión, los trabajos de Fritjof Capra, Donna Haraway, Bruno Latour, Val
Plumwood y de Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz, cuyos planteamientos
comienzan, casi de manera sincrónica, en las dos últimas décadas del siglo XX,
sin duda marcados por los tiempos de la agudización de la crisis socio-ambiental,
a la cual remiten todos de manera central.
Desde la cada de 1980, Capra viene desarrollando su tesis de que los
problemas críticos de “nuestro tiempo” –energía, medio ambiente, cambio
climático, seguridad alimentaria– son sistémicos, están interconectados y son
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interdependientes, por lo cual el paradigma mecanicista y reduccionista de la
ciencia occidental necesita ser reemplazado por una visión sistémica y holística
que integre saberes tradicionales y espirituales, porque la realidad no puede ser
explicada mediante un modelo mecánico, sino de redes.
La gran revelación de la ciencia del siglo XX ha sido que los sistemas vivos no
pueden entenderse mediante el análisis. Las propiedades de las partes no son
intrínsecas, sino que solo pueden entenderse en el contexto del conjunto más
amplio. En el enfoque sistémico, las propiedades de las partes solo pueden
entenderse a partir de la organización del todo. (Capra, 2014: 120).
En su libro Nunca fuimos modernos, Latour reconoce que la escisión
sociedad/naturaleza que propone la modernidad es irrealizable, al crear “dos
zonas ontológicas por completo distintas, la de los humanos, por un lado, la de
los no-humanos, por el otro” (Latour, 2007: 28). De la interacción entre estas dos
surgen híbridos que no pertenecen ni a uno ni a la otra, una realidad que la
modernidad debe negar, disfrazar o esconder, entre ellas la crisis ambiental, por
ser la evidencia de la imposibilidad de su postulado fundante. Este mismo autor
descarta la posibilidad del invento de nuestro mundo moderno, un mundo en
donde la representación de las cosas por intermedio del laboratorio está
disociada para siempre de la representación de los ciudadanos regidos por un
contrato social (Latour, 2007). Allí el nudo de la crisis entre el sujeto de derecho
–moderno– y el objeto de la ciencia –la naturaleza– (Monterrosa, 2024). Lejos
de reclamar la reunificación de estas dos fracciones de la realidad, tal como
existe en otras culturas, a las que califica como “premodernas”, Latour propone
una mediación para investigar, comprender y gestionar el territorio nebuloso
donde se produce la crisis, la guerra contra la naturaleza, su sometimiento,
proponiendo una simetría de necesidades y concesiones mutuas entre la
sociedad y la naturaleza: una paz mediada por una de las partes. Si bien Latour
reconoce que existen ontologías “premodernas” que no conciben el dualismo
categoría exclusivamente moderna–, sino un mundo de híbridos –naturales y
sociales–, descarta como imposible el “retorno” a una ontología “premoderna”,
razón por la cual no invoca una ontología unificada.
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Compartiendo la crítica al dualismo, Donna Haraway presenta un enfoque
notablemente diferente. Mientras Latour propone un pacto de coexistencia para
construir redes, Haraway introduce un cuestionamiento radical, central para su
tesis: la “política de conocimiento situado”, una teoría epistemológica que critica
la pretensión de una ciencia neutral, objetiva y universal (Haraway, 1988, 1991).
Afirma que todo conocimiento es parcial y que está inexorablemente
condicionado por la posición social, histórica y corporal de quien lo produce –en
especial alusión a su enfoque feminista. Revela esta condición insalvable cuando
afirma que la verdadera objetividad no es alcanzable pretendiendo ignorar al
sujeto y su subjetividad –una falsa neutralidad a la que se refiere como “la mirada
de Dios” o “punto de vista del amo” –, una visión supuestamente neutral que
históricamente ha correspondido a la del hombre blanco, occidental y propietario,
que impone su percepción particular como una “verdad” absoluta y universal:
“una verdad para todos” (Haraway, 1991: 15). Por ese motivo afirma que,
únicamente admitiendo la subjetividad que emana de la posición específica
desde la cual se produce el conocimiento es posible construir una visión
responsable y crítica del mundo. Propone así la “objetividad encarnadapara dar
lugar al “conocimiento situado”, que niega la posibilidad del conocimiento
universal. Renunciar a la pretensión de una objetividad neutral sería la condición
de posibilidad para una verdadera objetividad, una mayor precisión y
verosimilitud –al reconocerse las condiciones de producción del saber– y una
responsabilidad ética, que ya no puede permanecer oculta y evadida bajo el
manto de la neutralidad.
Val Plumwood complementa este enfoque al revelar que el modelo dualista
no solo es una escisión problemática en sí, sino que se manifiesta en la negación
de una dependencia a un otro subordinado, una cierta lógica, donde la
dominación/subordinación configuran la identidad de ambos y determina a su
vez los términos de su relación. A pesar de existir una absoluta dependencia de
la naturaleza, la niega sistemáticamente y la trata como un simple "recurso" sin
valor intrínseco, se esgrime la independencia y superioridad frente a la
naturaleza, y se ocultan los límites ecológicos bajo la ilusión del crecimiento
infinito.
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El dualismo no solo ha moldeado nuestra concepción de la identidad humana y la
concepción de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza, sino que
también ha moldeado la concepción mecanicista occidental de la naturaleza. (…) El
desarrollo del dualismo humano/naturaleza destruye, por así decirlo, las
características que tienden puentes entre ambos extremos, y elimina la continuidad.
(Plumwood, 1993, p. 104).
Ciencia para la complejidad y la incertidumbre
En 1993, Funtowicz y Ravetz presentan su polémica propuesta titulada Ciencia
para la era posnormal, una era en que visualizan y califican a la CAP y los
problemas de la equidad, como los más importantes que debe enfrentar la
humanidad. Se trata de un contexto que emerge para responder a las principales
consecuencias desencadenadas por la revolución tecno-científica, la Gran
Aceleración y la consecuente irrupción del Capitaloceno. Su mayor aporte fue
conducir las críticas conceptuales a una forma concreta de intentar perforar, en
la praxis, la arbitraria frontera del dualismo y la neutralidad, pero yendo más allá,
al abordar de manera muy enfática el problema de la complejidad y la
incertidumbre en los sistemas autoorganizados, como son los sistemas
ecológicos.
La propuesta responde a tres premisas: “Reconocer a los sistemas
naturales reales, como complejos y dinámicos, implica moverse hacia una
ciencia cuya base es 1) la impredictibilidad, 2) el control incompleto y 3) la
pluralidad de perspectivas legítimas” (Funtowicz y Ravetz, 1993a: 23). Tres
variables estarían limitando las posibilidades de abordar efectivamente la
solución de problemas desde la ciencia tradicional: 1) el grado de incertidumbre
implicado en el problema, 2) la magnitud del riesgo comprometido y 3) la
inminencia del riesgo. Un enfoque con serias consecuencias epistemológicas.
Los autores describen el ámbito en el que la ciencia tradicional –normal–
se desarrolla, donde lo relevante es la técnica: la incertidumbre se limita a la
precisión instrumental y la adecuación metodológica; el riesgo es mínimo y el
problema se circunscribe a un entorno de alta certidumbre. Aquí la competencia
técnica es la clave del proceso, es instrumental, y la urgencia no forma parte del
contexto de decisión.
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En un segundo nivel de aproximación, donde las variables se tornan cada
vez más numerosas y complejas, Funtowicz y Ravetz reconocen la experticia
profesional como la estrategia que contribuye a superar las limitaciones que la
práctica tradicional no puede afrontar: en la medida que los riesgos se
incrementan y aumenta la incertidumbre, la competencia técnica entra en el
ámbito de la experiencia, el análisis cuantitativo no es capaz de abarcar la
complejidad –incertidumbre– y el riesgo impone celeridad a la decisión asociada
al problema.
Finalmente, en contextos de muy alta incertidumbre, alto riesgo y creciente
urgencia –emergencia–, los esquemas tradicionales de la ciencia se ven
superados y no son capaces de ofrecer respuestas idóneas y oportunas. La
inclusión de nuevos actores se torna ineludible, muchos de ellos sin vinculación
formal con la ciencia, pero con cabal conocimiento del problema, sus orígenes y
determinantes, así como de las alternativas factibles: “Las formas de
conocimiento distintas de aquellas que se nutren en la civilización occidental
moderna, también son relevantes para un diálogo exploratorio, tendiente a la
resolución de problemas.” (Funtowicz y Ravetz, 1993b: 24).
De este modo, se desbordan los límites ontológicos del conocimiento
científico, se desbordan las restricciones disciplinares de la ciencia normal, se
reconoce el derecho de todos los afectados de participar en el abordaje del
problema, y de manera explícita, se pone en entredicho la autoridad
epistemológica de la ciencia sobre otros conocimientos; “El triunfo del método
científico, que ha usufructuado el conocimiento técnicamente esotérico de sus
expertos, ha llevado al dominio de la ciencia sobre otros modos de
conocimiento... La experiencia del sentido común y las destrezas para hacer y
vivir, han perdido su pretensión de realidad.” (Funtowicz y Ravetz, 1993b: 26).
Cuando otras ontologías no conciben a la naturaleza escindida del ser
humano, sus contribuciones son radicalmente diferentes y en consecuencia
altamente pertinentes a los problemas que se originan del conflicto que provoca
el dualismo sociedad/naturaleza.
A partir de la propuesta de ciencia posnormal se establecen las bases de
una nueva metodología, donde 1) la calidad de la información sea valorada en
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términos de los diferentes tipos de incertidumbre del propio conocimiento y de
los usos que se pretende dar a dicha información y 2) las estrategias de
resolución de problemas sean conscientes de, y respondan en consecuencia a,
las incertidumbres tanto cognoscitivas como éticas del problema en cuestión:
“Cuando la ciencia se aplica a temas políticos, no puede proporcionar certeza en
las recomendaciones públicas, y los valores en conflicto, en cualquier proceso
de decisión, no pueden ser ignorados siquiera en la propia resolución de
problemas.” (Funtowicz y Ravetz, 1993b: 24).
Para referirse a estos actores, hasta ahora omitidos, los denominarán
Comunidades de Pares Extendidas (CPE).
Precisamente, se la ha denominado ciencia posnormal para indicar que “los
ejercicios de resolución de problemas de la ciencia normal (en el sentido
kuhneano), que fueron tan exitosamente extendidos desde el laboratorio hasta
la conquista de la naturaleza, ya no son apropiados para la solución de nuestros
problemas ambientales globales.” (Funtowicz y Ravetz, 1993b: 48).
La ciencia posnormal emerge cuando las incertidumbres son
epistemológicas o éticas, y/o cuando las decisiones implican conflictos entre
aquellos que arriesgan algo en la decisión, especialmente cuando los riesgos
son graves y urgentes. Precisamente cuando se trata de una crisis. Cabe acotar
que, desde que Funtowicz y Ravetz hiciesen sus primeros aportes en este
sentido han transcurrido más de tres décadas. En este lapso de tiempo, tanto las
tasas de acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera como las
trayectorias de cambio climático han tenido un comportamiento exponencial y,
de manera concomitante, ha incrementado la incertidumbre asociada a las
dinámicas de los ecosistemas, el clima y el funcionamiento integral de la biosfera
(Folke et al., 2021; Richardson et al., 2023).
Como se ha señalado, las formulaciones de todos estos autores críticos de
la modernidad y su patrón de conocimiento, apuntan de manera directa a sus
contradicciones e imposibilidades epistemológicas, pero también a sus
inconsistencias ontológicas, políticas y éticas. En lo epistemológico al pretender
producir conocimiento válido, partiendo de la premisa de la neutralidad –ante una
realidad que no es estrictamente natural o puramente social– y de universalidad
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–que desconoce y niega la subjetividad que constituye a todo sujeto–; en lo
ontológico al no otorgar realidad a los elementos híbridos naturaleza/sociedad,
por no pertenecer a ninguna de estas dos realidades que son mutuamente
excluyentes para el mundo moderno; en lo político, al confundir la experticia del
sujeto con sus aptitudes, competencia o autoridad para definir los problemas y
tomar decisiones, especialmente cuando hay valores comprometidos; y en lo
ético, al desconocer su responsabilidad ante las entidades no-humanas que
produce y los fenómenos que desencadena –materiales, tecnologías,
organismos genéticamente modificados (OGM), calentamiento global,
contaminación.
La propuesta de la ciencia posnormal tiene la virtud de proponer una praxis
concreta, procurando abordajes metodológicos que trascienden a los
planteamientos conceptuales de los críticos de la modernidad. Su propuesta es
explícitamente una prescripción normativa para la actividad científica en
condiciones posnormales. Abrazar esta aproximación en los espacios de
“investigación normal”, podría abrir las puertas a una práctica científica más
eficaz en sus propósitos, más responsable con sus desarrollos, más
comprometida con la atención de las causas radicales de la CAP –no de sus
síntomas–, y también más útil para enfrentar las consecuencias.
Hacia un conocimiento eficaz frente a la crisis
ambiental planetaria
Funtowicz y Ravetz sostienen que, a la suposición universalmente extendida de
que el experto científico es la autoridad al momento de la toma de decisiones,
tanto en el campo natural como en el social, se contrapone el hecho de que los
expertos, o al menos las bases de sus contextos disciplinares, están
directamente involucradas con las causas de los problemas socio-ecológicos de
la CAP. Dado que la metodología científica empleada para abordar problemas
emergentes es la misma que ayudó a crearlos, con mucha frecuencia fracasa en
sus intentos por mitigar los efectos no esperados, no deseados o subestimados,
de sus propias innovaciones (Schipper, 2020). En el contexto actual, la experticia
científica no es capaz por sí sola de resolver las crisis sociales y políticas que ha
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provocado: “No solo hemos perdido control y predictibilidad; enfrentamos una
incertidumbre radical e incluso ignorancia, así como incertidumbres de carácter
ético que yacen en el corazón mismo de los problemas de política científica.”
(Funtowicz y Ravetz, 1993b: 29).
A diferencia de la ciencia normal, de la tecno-ciencia, de la ciencia
posacadémica y de la ciencia robusta, que responden a una necesidad
“adaptativa” de la comunidad científica, su institucionalidad y sus instituciones,
frente a una sociedad de consumo, la ciencia posnormal emerge de una reflexión
crítica en torno a los problemas socio-ecológicos que ya comenzaban a hacerse
evidentes en las últimas cadas del siglo XX, globales en su escala geográfica,
extensos en su escala temporal, alarmantes y urgentes por su magnitud,
radicalmente diferentes de los abarcables problemas científicos convencionales.
De allí que la ciencia posnormal procure dar respuesta a las limitaciones de un
patrón de conocimiento concebido para la productividad y, por lo tanto,
inhabilitado para comprender e intervenir sobre sistemas no lineales,
autoregulados, altamente complejos e incluso caóticos. Dada la imposibilidad de
la ciencia normal de trascender los límites de su propio determinismo e
instrumentalidad, las consecuencias desbordan más allá de las fronteras
artificiales que ha creado para delimitar su campo de investigación, conduciendo
a la crisis civilizatoria actual.
Por lo general, la ciencia en condiciones de normalidad se acota al ámbito
específico de su disciplina, enfocada a los asuntos que emanan de su propia
motivación, curiosidad, interés o preocupación, mientras que un abordaje
posnormal responde a un problema práctico, relevante, socialmente apremiante,
donde la transdisciplinariedad resulta imprescindible, pero también insuficiente
(Funtowicz y Ravetz, 1994).
Ziman afirma que, quitarles a los científicos el monopolio en la decisión de
los problemas a ser abordados, permite avanzar hacia una “ciencia más
relevante”, pero a su vez, pone en evidencia que los actores financieros
empezaban a intervenir activamente en la priorización de la “relevancia”, bajo el
supuesto de que el mecanismo de la oferta y la demanda sería suficiente para
revelar lo socialmente relevante. Cabe preguntarse, entonces, si la relevancia
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responde a necesidades sociales o a intereses económicos particulares. Aun
cuando el campo de investigación se circunscriba a temas de salud, alimentación
u otros socialmente centrales, sus enfoques, ahora influidos por el
financiamiento, pueden fácilmente derivar a un interés rentable más que a una
urgencia social; de hecho, esta es la crítica a la gran fuerza financiera
condicionante, ejercida desde los conglomerados corporativos de la energía, la
salud o la alimentación, entre otros. Es, ante este dilema, que Ziman se pregunta:
¿quién debe formular las preguntas?
La propuesta de ciencia robusta de Gibbons, resemantizada por Nowotny
y colaboradores, propone institucionalizar lo que Ziman describe como un hecho
dado: podría sintetizarse en el reconocimiento que hace de la necesidad de
ampliar el espacio de consenso, sobre los asuntos que deben tomar la atención
de la actividad científica: el ágora. Sin embargo, recibe fundadas críticas en el
sentido de que ese nuevo consenso social, según los proponentes, debería estar
intermediado por los actores de relevancia económica, por cuanto son los que
en definitiva aportan los recursos a la investigación en el mundo global. Se trata
de implantar el espíritu –o ethos empresarial, en la procura de que los
resultados científicos se conviertan en innovaciones pertinentes para su
inserción en los mercados y, en consecuencia, una oferta pertinente a la
demanda. Se trataría de una respuesta funcional a la premisa neoliberal de que
todo es sujeto a mercantilización, donde la ética de los servicios públicos –como
la salud, la educación, la alimentación, o la gestión del conocimiento, entre otros–
es transformada en negocios, gracias a un Estado devenido en simple mediador,
entre la sociedad y el mercado. Un Estado mínimo frente a un mercado
omnipotente.
A diferencia de la ciencia robusta, que apenas propone que los actores
sociales mediados por el mercado, participen en la escogencia de los asuntos a
ser investigados por los científicos, la ciencia posnormal propone ampliar la base
social, no para simplemente multiplicar la mano de obra (sensu ciencia
ciudadana) o para solo reducir la incertidumbre, sino para poner en entredicho la
hegemonía de la autoridad epistemológica de la ciencia sobre el conocimiento,
en el entendido de que ese nuevo actor social, involucrado, puede tener un
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conocimiento más fundado que aquel del científico ajeno al contexto. Sin
embargo, es necesario admitir que los cambios climáticos acelerados y los
consecuentes cambios socio-naturales que estos producen, pueden
descontextualizar o conducir a la obsolescencia de los conocimientos y prácticas
explícitas tradicionales, que ayudan a las personas a interpretar la realidad, de
acuerdo con sus percepciones climáticas históricas, aprendidas y heredadas
(Meisch et al., 2022).
La ciencia normal y sus variantes ofrecen respuestas objetivas y certeras,
pero los problemas acuciantes, complejos, graves y urgentes, como la CAP, no
pueden ser acometidos con objetividad, porque los valores implicados impiden
abstraerse de su gravedad y su inminencia, y menos aún con certidumbre, ante
la imposibilidad concreta de abarcar, cuantitativa y exactamente, la enorme
complejidad de los sistemas implicados; a medida que la incertidumbre aumenta,
aumenta la imprecisión:
El mito de la exactitud ilimitada en las ciencias cuantitativas tiene muchos usos,
principalmente para mantener la plausibilidad de proyectos que han perdido casi
todo o todo contacto con la realidad (...) Con la proliferación de "modelos" de todo
tipo en las ciencias naturales y sociales, debemos reconocer un nuevo tipo de
pseudociencia, que podemos llamar GIGO (Garbage In, Garbage Out). Se puede
definir como una ciencia en la que las incertidumbres en los datos de entrada deben
suprimirse, para que los resultados no se vuelvan indeterminados. Cualquiera cuyo
trabajo haya sufrido por depender de información cuantitativa de baja calidad, tendrá
una idea de cuánto daño puede causar, y una idea de cuán extendida está esta
forma particular de incompetencia en nuestra sociedad. (Ravetz y Funtowicz, 2002).
Es decir,
(…) los sistemas de retroalimentación no lineales y autoorganizados son
inherentemente impredecibles. No son controlables. Son comprensibles solo en la
forma más general. El objetivo de prever exactamente el futuro y prepararse
perfectamente para él es irrealizable. (…) Nunca podremos entender
completamente nuestro mundo, no en la forma como nuestra ciencia reduccionista
nos ha hecho creer. (Meadows, 2009: 168).
La idea contraintuitiva que desarrollan los proponentes de la ciencia posnormal
parte del hecho de que “la incertidumbre no puede desaparecer de la ciencia y
por ello, la buena calidad de la información depende del buen manejo de las
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incertidumbres científicas” (Funtowicz y Ravetz, 1993b: 25). Ante la imposibilidad
manifiesta de alcanzar la exactitud que la ciencia normal exige, para poder dar
respuestas a las principales preocupaciones de la sociedad, es imprescindible
ponderar la incertidumbre como un enfoque capaz de iluminar, mucho más, ese
oscuro territorio que amenaza la permanencia de la vida humana. Consciente de
esta limitación insalvable, Meskens (2024) afirma que, en tales contextos, la
ciencia no podrá aportar pruebas irrefutables, sino hipótesis razonables.
Los tiempos posnormales están signados por niveles de incertidumbre que
condicionan las decisiones y aumentan los riesgos para los individuos, la sociedad
y el planeta; a su vez reclaman desechar las ideas de “control y gestión” y
problematizar críticamente las nociones de progreso, modernización y eficiencia.
(Sardar, 2020, p. 1).
Funtowicz y Ravetz (1993b) sostienen que, la realidad se ha encargado de que
las dimensiones sociales de la ciencia hayan ido quitándole a los científicos el
carácter de expertos exclusivos; ya fuera del laboratorio son ciudadanos que,
como cualquier otro, pueden aportar su conocimiento especializado, pero frente
a la complejidad de los problemas ambientales globales, ya no ejercen una
autoridad dominante sobre otros conocimientos involucrados, que pueden
aportar enfoques complementarios, igualmente legítimos y necesarios.
Meisch expone con gran claridad la ética implícita en la ciencia posnormal,
cuando afirma que:
el conocimiento producido en comunidades de pares extendidas (CPE) es
epistemológicamente mejor y más justo. La ciencia posnormal introdujo las CPE
para operacionalizar un conocimiento de mejor calidad para la toma de decisiones,
en condiciones en las que los hechos son inciertos, los valores están en disputa,
hay mucho en juego y las decisiones son urgentes. En tales contextos, las formas
tradicionales de garantía de calidad en la ciencia están destinadas a fallar e incluso
corren el riesgo de convertirse en una fuente de daño para las personas, su entorno
social y natural. En consecuencia, la comunidad de pares, que evalúa la calidad del
conocimiento, debe ampliarse para incluir una pluralidad de perspectivas y
comunidades epistémicas. (Meisch, 2024: 1).
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Comentario final
La CAP es, posiblemente, el acontecimiento disruptivo que, por su urgencia,
complejidad, gravedad y globalidad, obligue al surgimiento de una nueva
epistemología de la ciencia, capaz de dar frente al más grave desafío que deba
enfrentar la especie humana. Se trata de avanzar en un pensamiento crítico
sobre los resultados de más de quinientos años de razón moderna, núcleo
ontológico de esta crisis. El carácter determinista, tecnológico, lineal y
fragmentado de la racionalidad instrumental –como manifestación hegemónica
de la ciencia en la actualidad– tiene sus fundamentos en un patrón de
conocimiento esencialmente jerárquico, dominador y totalizante. Como plantea
el pensador Franz Hinkelammert, este relacionamiento irracional entre los seres
humanos y la naturaleza ha determinado la disrupción de los procesos biofísicos
del planeta, en un breve período de tiempo. Por tanto, la ciencia constituye un
elemento esencial para comprender la aparición de la CAP como fenómeno
epocal y cultural, con incidencia global. Trascender este patrón de conocimiento
lleva consigo el reconocimiento de sus elementos epistemológicos y ontológicos
esenciales, de lo contrario mantendla impronta de continuar reproduciendo las
condiciones que han determinado la presente crisis ecológica.
A pesar de lo anteriormente expuesto, la preeminencia del conocimiento
científico en Occidente, y en las sociedades occidentalizadas, se manifiesta en
la toma de decisiones públicas, las cuales descansan en su autoridad
legitimadora, percibida como incuestionable. Aunque los debates académicos
reflejan un creciente escepticismo hacia las instituciones científicas y sus
representantes, cuestionando su dogmatismo, su fundamento materialista, su
estatus de autoridad fundada en la neutralidad, la objetividad y en su
superioridad epistemológica sobre otras formas de conocimiento (Harambam y
Aupers, 2021), también admiten que la confianza pública en los métodos
científicos se mantiene firme, no así en sus instituciones (Achterberg, de Koster
y van der Waal, 2014). El reconocimiento de una adhesión de la ciudadanía al
valor del conocimiento científico para el progreso económico y la calidad de vida
(Miller, 2004) y una clara dependencia cada vez mayor de las instituciones
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modernas para legitimar sus actuaciones, ratifican la vigencia de la autoridad
cultural de la ciencia (King y Short, 2017).
Progresivamente, el tiempo y la realidad se han encargado de poner en
duda este rol que ha venido cumpliendo la academia en el mundo moderno:
“estamos en el fin de un ciclo de hegemonía de un cierto orden científico”
(Santos, 2009: 20). Pocas disciplinas, como la ecología y la economía,
principales implicadas directamente en la CAP, se desarrollan en mayores
niveles de incertidumbre, por su íntima relación con los procesos que determinan
las dinámicas de la vida en el planeta. A pesar de las múltiples evidencias, las
nociones de progreso, desarrollo y crecimiento aún sirven de sustento cultural
para la extracción de infinitas cantidades de energía y materia –en forma de
capital– del finito sistema Tierra; la sola promesa de un desarrollo tecnológico
futuro, que asegura resolver sus desvíos o daños colaterales, permite mantener
un rumbo firme hacia el irrealizable desafío del crecimiento infinito.
La propuesta de la ciencia posnormal es sugerida como una aproximación
que, aunque no establece una crítica radical al patrón científico hegemónico,
incorpora la complejidad e incertidumbre propias del momento histórico, que
abren una brecha para la squeda de alternativas que amerita trascender la
CAP. Como vemos, existen suficientes fuentes de reflexión en el propio campo
de la ciencia, además de enormes reservas culturales custodiadas por diversos
pueblos originarios en todo el mundo, y remanentes tradicionales que aún
resisten, arraigados en los pueblos sometidos a una permanente colonización
moderna global, para poder descifrar el laberinto de esta crisis civilizatoria. Por
este motivo, se vuelve impostergable generar mecanismos, espacios o canales
para que, desde la ciencia normal imperante, se establezcan diálogos, amplios,
masivos y democráticos, admitiendo sus limitaciones inherentes y reconociendo
la riqueza de racionalidades alternativas, que emergen como posibilidades
ciertas para sortear la crisis ecológica, que es también humanitaria.
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Agradecimiento
Los autores hacen un especial reconocimiento a los debates establecidos en las
sucesivas cohortes del taller “Qué significa pensar la ciencia desde América
Latina”, basado en la obra del filósofo Juan José Bautista “Qué significa pensar
desde América Latina”. De igual forma agradecemos los aportes y comentarios
de los árbitros que permitieron mejorar una versión preliminar de este texto.