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INTERACCIONES ENTRE CULTIVADORES,
USUARIOS E INVESTIGADORES EN TORNO A LOS
USOS MEDICINALES DE CANNABIS EN ARGENTINA
Lucía Romero* / Oscar Aguilar Avendaño**
RESUMEN
En el marco de un proceso de remedicalización del cannabis que rápidamen-
te impulsó su legalización en la mayoría de los países europeos, en Canadá,
en más de la mitad de los estados de los Estados Unidos, en Australia, en
partes de Asia y en varios países de América Latina, la Argentina en 2017
sancionó la ley 27.350, sobre cannabis medicinal. A partir de entonces,
algunos académicos y médicos locales comenzaron actividades de extensión
y de investigación sobre el tema, bajo dinámicas colaborativas y de co-pro-
ducción de conocimientos con asociaciones de cultivadores y pacientes. El
presente trabajo busca conocer las motivaciones e intereses de los investi-
gadores y de los usuarios (cultivadores, pacientes) para colaborar entre sí y
generar agendas de investigación y extensión sobre este tema, considerando
los recursos y conocimientos intercambiados, sus dinámicas colaborativas,
sus conceptualizaciones, sistematizaciones, formas de indagación y de repli-
cación de experiencias y los conflictos o problemas surgidos. Sobre la base
del análisis de material proveniente de entrevistas en profundidad y de la
revisión de documentos institucionales, folletos, artículos científicos y de
observaciones, se analizan las dinámicas de hibridación, coproducción y
resignificación de conocimientos conformadas en las interacciones entabla-
das entre usuarios y académicos.
 :   –   –
  –  
* Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología, Universidad Nacional de
Quilmes (-), Conicet. Correo electrónico: <laromero@unq.edu.ar>.
** Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología, Universidad Nacional de
Quilmes (-), Conicet. Correo electrónico: <oskareduardo1@gmail.com>.
doi: 10.48160/18517072re50.9
236 LUCÍA ROMERO / OSCAR AGUILAR AVENDAÑO
INTRODUCCIÓN
Durante los últimos 20 años, en diferentes partes del mundo, comenzó un
proceso de remedicalización
[1]
del cannabis que rápidamente impulsó su
legalización en la mayoría de los países europeos; en Canadá, en más de la
mitad de los estados de los Estados Unidos, en Australia, en partes de Asia
y en varios países de América Latina (Taylor, 2010; Dufton, 2017).
En la Argentina en marzo de 2017 se sancionó la ley 27.350 que habi-
lita y promueve la investigación sobre el tema a la vez que regula la impor-
tación de un aceite hecho a partir de cannabis para enfermos con epilepsias
graves. Este hecho fue resultado de la presión de asociaciones de pacientes
y cultivadores quienes, con el apoyo de algunos científicos y médicos, logra-
ron instalar el tema en la agenda legislativa y construir junto con algunos
legisladores las bases de la nueva ley. En este marco, algunos grupos cientí-
ficos y médicos locales iniciaron actividades de extensión y de investigación
sobre el tema bajo dinámicas colaborativas y de coproducción de conoci-
mientos con asociaciones de cultivadores y pacientes.
[2]
El cannabis terapéutico que se consume mayoritariamente en la
Argentina proviene de producciones caseras locales sin un control de cali-
dad, sin una producción estandarizada, ni información del perfil de sus
compuestos activos (cannabinoides, terpenos y flavonoides
[3]
) los cuales
[1] Por “remedicalización del cannabis” hacemos referencia a la reintroducción social de
los usos terapéuticos de estas plantas a partir de la década de 1970; usos que eran conocidos
por distintas civilizaciones y en distintos períodos de la humanidad (en la Antigüedad en
China, y luego en Europa, en el Reino Unido, Francia, Estados Unidos a lo largo del siglo
), pero que fueron proscritos durante las tempranas legislaciones sobre estupefacientes
(Taylor, 2010).
[2] En la Argentina, si bien no se desarrollaron tempranas investigaciones científicas
sobre cannabis, existió un uso social, farmacéutico y médico de este desde hace mucho
tiempo: la Farmacopea Argentina elaboró el primer Códex Medicamentarius en 1893 (ley
Nº 3.041), y cuando fue publicado oficialmente en 1898 incluía el “cáñamo indiano”. Se
caracterizaba la planta, enunciando que se usaban “las sumidades floridas y el fruto” y se
especificaba que sus efectos eran “hipnótico, anodino, antiespasmódico”. Las preparaciones
en las que se empleaba eran el “extracto alcohólico de cáñamo”, de uso antiespasmódico, y
la “tintura de cáñamo indiano”; para ambas se brindaba información relativa a las dosis
máximas permitidas (Díaz, 2018: 6).
[3] Las plantas de cannabis producen una gran variedad de moléculas químicas de interés
terapéutico. Algunos de estos compuestos orgánicos son conocidos como cannabinoides, de
los cuales dos de los más estudiados son el tetrahidrocannabinol () y el cannabidiol
(), que se asocian a diversos efectos fisiológicos como actividad psicoactiva, sedante,
estimulante de apetito, entre otros.
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dependen directamente de la variedad vegetal (popularmente denominada
como “cepa”), sus condiciones de cultivo y del método de extracción utili-
zado. Este hecho, entre otros, ha movilizado a algunos académicos a iniciar
agendas de trabajo y prestar servicios, analizando qué composición bioquí-
mica tienen los productos que circulan en la actualidad.
En un principio, la provisión interna de cannabis medicinal fue mono-
polizada por una compañía extranjera, Stanley Brothers, que exporta el
aceite Charlottes Web. Dado que el costo ronda los 900 dólares y que en
muchos casos no muestra los mejores efectos en los pacientes (su composi-
ción es exclusiva en cannabidiol () y que en muchos casos de epilepsias
y en otras dolencias los testimonios de los usuarios y una biblioteca médica
apuntan a mostrar que son más efectivos productos terapéuticos de com-
posición mixta (dado un presumible efecto sinérgico entre las moléculas del
cannabis
[4]
), para muchos afectados y cultivadores el autocultivo continúa
siendo el modo más efectivo, económico y seguro de obtención de la mate-
ria prima para producir el aceite.
El objetivo central del presente trabajo, entonces, es responder las
siguientes preguntas: ¿cuáles son las motivaciones e intereses de los inves-
tigadores y de los usuarios (cultivadores, pacientes) para colaborar entre sí
y generar agendas de investigación y extensión sobre cannabis terapéuti-
co?; ¿qué recursos y conocimientos intercambian?; ¿para qué?; ¿cuáles son
sus dinámicas colaborativas?; ¿qué conocimientos fueron coproducidos?;
¿cuáles fueron las continuidades y rupturas entre los procedimientos de
construcción de conocimientos y evidencias (conceptualizaciones, sistema-
tizaciones, formas de indagación y de replicación de experiencias, conserva-
ción de genéticas) de unos y otros?; ¿qué conflictos o problemas surgieron
en la colaboración?; ¿qué les brinda la base experiencial, práctica y popular
del conocimiento de los cultivadores y pacientes a los investigadores cien-
tíficos?; ¿y lo contrario?; ¿cuál es el aporte del laboratorio, el marco de tra-
bajo y los procedimientos de la investigación científica a las asociaciones
de cultivadores y pacientes?
Con la noción de conocimientos populares estamos pensando en el tipo
de conocimiento diseminado en la sociedad y no monopolizado por ningún
agente en particular. Este tipo de conocimiento tiene algunos elementos en
común con el conocimiento conformado a partir de los datos construidos
por grupos de usuarios que aportan y/o confrontan con los expertos, tam-
[4] Sobre dicho fenómeno sinérgico o “efecto séquito” de los extractos de espectro com-
pleto, véase <https://www.fundacion-canna.es/extractos-de-cannabis-de-espectro
-completo-frente-cbd-aislado>.
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bién denominado conocimiento local (Wynne, 1998), aludiendo con ellos
a las prácticas, saberes empíricos y la llamada “investigación salvaje” de los
usuarios (Callon y Rabeharisoa, 2003). Todos estos conceptos comparten la
característica de evocar prácticas de conocimiento que se realizan fuera del
laboratorio científico y son llevadas a cabo por la investigación de los usua-
rios, la gente común que, muchas veces, contiene elementos y referencias de
conocimientos certificados mezclados con conocimientos populares. El de
los cultivadores de cannabis se ajusta más a un conocimiento popular (debi-
do al carácter no monopolizado, socialmente diseminado y vulgar del cono-
cimiento de la planta) y basado en la experiencia (Collins y Evans, 2002),
ya que la vía práctica y empírica es la forma de obtener conocimiento por
excelencia en su caso. En este sentido, este artículo pretende dialogar con
los trabajos que se han interesado por la importancia que asumen los cono-
cimientos no expertos en diferentes procesos y problemas tecnocientíficos
(Jasanoff, 2003; Moore et al., 2011), por las implicancias de conocimiento
que asumen las relaciones de intercambio entre los usuarios y los grupos
profesionales y expertos en cuestiones de salud particularmente (Epstein,
1995; Callon y Rabehariosa, 2003; Taylor, 2010).
El abordaje metodológico del presente trabajo es de un estudio de casos
cualitativo y el diseño general de la investigación ha sido de tipo explora-
torio, más cercano a la de corte inductivo y emergente (Denzin y Lincoln
1994). Si bien partimos de un conjunto de perspectivas y nociones sobre
conocimientos y experticias, discutidos desde el campo de los estudios
sociales de la ciencia y la tecnología (), la indagación empírica, antes de
buscar corroborar hipótesis teóricas o un marco interpretativo compacto
para el caso del cannabis, se orientó a generar nuevas combinaciones de
conceptos a partir de las regularidades encontradas y a sumar evidencia
empírica a la idea que defiende que no existe una división tajante, jerárqui-
ca y lineal entre expertos productores y usuarios consumidores en todos los
campos. Al contrario, este es un caso que pone en cuestión esa idea y
demuestra la centralidad de la base popular y experiencial del conocimien-
to en torno al cultivo de la planta (los cultivadores) y a los efectos terapéu-
ticos de su consumo (los usuarios, enfermos). Muestra que tanto los
expertos como los cultivadores y usuarios medicinales son productores y
consumidores de conocimientos, siendo los primeros verdaderos “expertos
en el cultivo artesanal de la planta y los segundos, en temas de aceites, cepas,
dosis. Los llamados por Collins y Evans (2002) “expertos basados en la
experiencia”.
De acuerdo al objeto del estudio –un fenómeno que se enmarca en el
riesgo de ilegalidad y conflicto real o como amenaza en el plano societal–,
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la producción de conocimientos sobre cannabis medicinal articula no sola-
mente con el conocimiento especializado o experto sino también con el
conocimiento popular/práctico (la acumulación de métodos, protocolos,
recursos usados por los cultivadores productores de la planta y de sus flo-
res) y experiencial (las vivencias que tienen los pacientes al consumir el
producto y la conformación de nuevas identidades como usuarios canná-
bicos), con las ideologías e identificaciones sociales (acerca de la prohibi-
ción/legalización de su uso, de la distinción entre el cannabis recreativo y
terapéutico), con las expectativas individuales y grupales sobre la efectivi-
dad del producto –de desconfianza, incertidumbre y ambivalencia– en
torno a la calidad de los productos, sus efectos sintomáticos según enfer-
medad, entre otras.
En este encuadre, la estrategia metodológica se basó en un diseño cua-
litativo, flexible y de bricolaje, en el cual el investigador como bricoleur
combina diferentes materiales empíricos, métodos, estrategias que tiene
a su alcance, con el fin de generar nuevos conceptos o combinar a partir
de las regularidades encontradas (Denzin y Lincoln, 1994; Jones et al.,
2004). Así, en forma exploratoria primero se realizó más de una veintena
de entrevistas semiestructuradas a investigadores académicos sobre can-
nabis en la Argentina y a miembros de organizaciones civiles por el uso
medicinal del cannabis –estas fueron anonimizadas–. Para el primer caso,
estas entrevistas buscaban indagar sobre el tipo conocimiento generado
en torno a los usos medicinales de cannabis, su inscripción disciplinar/
por especialidad/interdisciplinar, motivaciones, valoraciones e intereses
cognitivos en torno al tema, adoptantes/colaboradores/coproducción,
entre las principales. Para el caso de los miembros de las organizaciones,
las dimensiones indagadas en las entrevistas rondaron alrededor del tipo
de prácticas y conocimiento/experticia de los cultivadores y los afectados
para cultivar la planta, preparar el producto a partir de cannabis (aceite
u otros medios), fuentes de aprendizaje, mecanismos de intercambio
entre sí, con los investigadores académicos y los médicos; repertorios de
lucha/demandas y motivaciones/interés por generar agendas de investi-
gación con los investigadores académicos. La realización y el análisis de
estas entrevistas permitieron identificar y conformar un corpus documen-
tal (folletos informativos de las organizaciones, artículos científicos, pro-
yectos de investigación/extensión universitaria) y un grupo de informantes
clave, tanto en el terreno de los académicos como en el de los cultivadores
y activistas, que nos ayudaron a seleccionar el caso donde concentrarnos
con mayor detalle.
240 LUCÍA ROMERO / OSCAR AGUILAR AVENDAÑO
El caso analizado, las interacciones entabladas entre el laboratorio del
Centro de Investigaciones del Medioambiente de la Universidad Nacional
de la Plata (-) y los cultivadores de la Asociación Cultural Jardín
del Unicornio y de Cultivo en Familia, fue seleccionado por ser único o
intrínseco (predomina el principio del interés que ofrece el caso) (Stake,
1999) como experiencia pionera en: a) introducir y desarrollar un cultivo
experimental sobre cannabis en una universidad argentina y b) hacerlo en
colaboración con un grupo extraacadémico que, si bien socialmente ha
recibido nuevas formas de valoración positiva, aún no es plenamente reco-
nocido por el Estado argentino como sujeto pleno de derecho en la
materia.
El caso fue abordado bajo una combinación de técnicas: se realizaron
dos entrevistas en profundidad a los miembros de la Asociación Cultural y
dos entrevistas en profundidad al investigador principal, una individual
y otra con sus colaboradores; el análisis del contenido de estas entrevistas
fue cruzado con el de los documentos (artículos científicos, proyectos de
investigación/extensión universitaria, folletos de información/divulgación
de la organización) y con las notas de campo obtenidas de una observación
no participante, desarrollada en la presentación de las “Cepas Argentinas
Terapéuticas” en el Centro Científico Tecnológico () de la ciudad de La
Plata el 22 de mayo de 2019.
La organización del trabajo es la siguiente. En una primera sección se
reconstruyen las prácticas y los conocimientos populares y experienciales
de cultivo de cannabis en manos de cultivadores, cuya identidad primaria
estuvo ligada a su uso recreativo. Se muestra bajo qué visiones y estrategias
algunas asociaciones incorporaron la cuestión medicinal en sus agendas,
analizando qué cambios trajo en sus prácticas de cultivo y de legitimación
y visibilización pública. Segundo, se busca comprender cómo y por qué los
cultivadores e investigadores generaron agendas de trabajo colaborativas,
considerando el tipo de recursos y conocimientos intercambiados por ellos
y sus finalidad, sus dinámicas de coproducción y los conocimientos efecti-
vamente coproducidos, las continuidades y rupturas entre los procedimien-
tos de construcción de conocimientos y evidencias (conceptualizaciones,
sistematizaciones, formas de indagación, replicación y conservación de
experiencias), los conflictos surgidos, las dinámicas de complementariedad
desarrolladas entre la base experiencial, práctica y popular del conocimien-
to de los cultivadores y pacientes y el marco de trabajo y los procedimientos
de la investigación científica de laboratorio.
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LA BASE POPULAR DEL CONOCIMIENTO ACUMULADO
SOBRE EL CULTIVO Y USO DE LA PLANTA
Durante la mayor parte del siglo , entre 1937 y 1996, año donde se lega-
liza el uso terapéutico por primera vez en el mundo, en California, la plan-
ta de cannabis y sus productos fueron clasificados por los Estados-nación
como sustancias ilícitas. Este hecho explica que en el contexto del siglo
que más avances y revoluciones cognitivas desarrolló la ciencia en materia
de salud (la consolidación de la teoría bacteriana sobre las enfermedades,
los rayos , la aparición de los antibióticos, la secuenciación del 
humano, por nombrar algunos), la investigación científica y médica sobre
cannabis fuera casi inexistente en el mundo y en el medio local, confor-
mando un caso de ciencia no hecha (Frickel et al., 2010; Hess, 2016), con
excepción de algunos hitos como la identificación y aislamiento del 
por el investigador israelí Raphael Mechoulam en 1960, o los desarrollos
de Roger Pertwee y su grupo con la descripción de los receptores CB1 y
CB2 y del funcionamiento del sistema endocannabinoide hacia 1980
(Russo, 2002).
En este estado de situación, el conocimiento sobre el cultivo de la plan-
ta, su conservación, adaptación y transformación en el tiempo (genéticas,
cruzas, mejoramientos vegetales) se acumuló en espacios sociales bien dife-
rentes al de la ciencia académica: primero en el de los cultivadores ances-
trales, luego en manos de pequeños productores agrícolas ilegales, asociados
al eslabón más débil del narcotráfico que, en América Latina, se localizan
mayormente en Paraguay, Colombia, México y algunos países del Caribe
como Jamaica (Jelsma et al., 2019). Luego, a partir de las revoluciones cul-
turales de 1960 y 1970, entre los rastafaris, hippies, rockeros y otras contra-
culturas y, finalmente, desde el 2000 en la denominada cultura
cannábica.
Los estudios más recientes apuntan a caracterizar al cannabis como una
única especie que adquirió diferentes formas y composiciones bioquímicas
conforme a una ruta evolutiva ligada a su domesticación y a sus usos
(Clarke y Merlin, 2016; McPartland y Guy, 2017). Así, por ejemplo, las
plantas de cáñamo (históricamente usado por sus fibras en distintos usos
como papel o textil) evolucionaron en gran parte del continente europeo,
mientras que otras formas del cannabis cuya utilidad estuvo relacionada con
la sanación o rituales religiosos fueron adaptadas en zonas de la región asiá-
tica como en la India (de aquí que popularmente durante inicios del siglo
 se reconocía en la Farmacopea Argentina al cáñamo índico por sus pro-
piedades curativas).
242 LUCÍA ROMERO / OSCAR AGUILAR AVENDAÑO
Los cultivadores locales
En la Argentina, las experiencias de cultivos de cáñamo datan desde el siglo
,
[5]
los usos curativos y medicinales del cannabis figuran en la Farmacopea
de entonces y el consumo recreativo apareció también a mediados del siglo
 entre la juventud local que se identificaba con el movimiento contracul-
tural hippie. Pero ¿cuándo se propagó el cultivo popular y doméstico en el
medio local?
La crisis argentina del 2001 introdujo un clivaje al respecto. El fin de
la convertibilidad retrajo el tráfico del cannabis de Paraguay al país debido
a una merma en su demanda local por la suba del precio (en ese entonces
en la Argentina se consumía mayormente el llamado “prensado paragua-
yo”) e impulsó a muchos consumidores, en ese marco de escasez y altos
precios, a lanzarse al autocultivo en forma individual primero y luego con-
formando clubes y asociaciones. Estas, a lo largo de los últimos veinte
años, fueron desarrollando un activismo político muy potente (Corbelle,
2016) o lo que algunos denominan un Movimiento Cannábico Nacional
(Sclani Horrac, 2014).
Esta situación se enmarca dentro de una tendencia global de reconfigu-
ración en la producción del cannabis que abandona un modelo de cultivo
a gran escala situado en países en vías de desarrollo y de exportación a los
mayores centros de consumo (típico de otras drogas ilícitas como la cocaí-
[5] En la Argentina, los antecedentes del cultivo de la planta se remontan a sus tiempos
y sujetos fundacionales: Juan Manuel Belgrano propició su cultivo sin éxito. En 1914, en
el tercer censo nacional, a pesar de no figurar entre las plantas industriales más importantes,
se documentaba que había 36 hectáreas cultivadas con cáñamo en la Argentina y que se
repartían entre las siguientes provincias del país: 1 en Chaco, 3 en Corrientes, 13 en
Tucumán y 19 en Misiones. Dos décadas más tarde, en el censo elaborado entre 1936 y
1937, se dedica una página a la producción de fibra y otra a la de semillas de cáñamo que,
por su valor nutricional, se usaban para alimentar aves antes de la prohibición. En esos años
solamente en la provincia de Santa Fe se sembraron 111 hectáreas para la explotación de
fibra de cáñamo y 502 hectáreas estaban destinadas a la cosecha de semillas. Pero de aquella
industria no hubo posteriores rastros en el país, con excepción del experimento Jáuregui
emprendido por Julio Steverlynck, empresario belga textil y dueño de la Algodonera
Flandria, quien levantó una ciudad alrededor de esta. A las afueras de la ciudad, todavía
sobrevive la Linera Bonaerense, la unidad de negocios que fundó para desarrollar el cultivo
de lino y cáñamo. Todo era cultivo experimental; en 1953 contaba con 6 hectáreas
cultivadas, en 1956 con 180 y en 1970 con 400. La muerte del empresario en 1975, la
competencia del nylon en ascenso (creada por Du Pont, uno de los que apuntalaron la
cruzada Anslinger prohibicionista de 1937 en los Estados Unidos) y la dictadura militar
local dejaron trunca la experiencia (Soriano, 2017).
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na y el opio), por un nuevo esquema de diseminación transnacional y casi
mundial de las plantaciones de cannabis con la particularidad de que varios
usuarios se han volcado a la producción llevando a los cultivos a una peque-
ña escala (Leggett, 2006).
Así, en el marco de dinámicas globales y locales, a partir de 2001 muchos
consumidores argentinos de cannabis se lanzaron al autocultivo, inaugu-
rando prácticas domésticas de siembra y cosecha de cannabis para uso
recreativo fundamentalmente, revirtiendo la escasez de la planta en ese
entonces y dejando así de recurrir al mercado ilegal de drogas. En un pri-
mer momento, dichos pioneros aprendieron leyendo, mirando al que ya
sabía algo, socializando información de boca en boca, entre conocidos y
confiables. Luego, de a poco se fue conformando un proceso de consolida-
ción de una “cultura cannábica” local que se expresa en la conformación de
diferentes espacios de socialización, revistas (como thc) y dispositivos ins-
titucionales. Una de las actividades sociales más distintivas de los cultiva-
dores y usuarios en el mundo son las Copas Cannábicas, que surgen como
festivales de cosecha” donde varios usuarios/cultivadores “compiten” ami-
gablemente presentando sus mejores cogollos (denominación típica de la
inflorescencia femenina del cannabis) que son evaluados, mediante una
cata, por sus efectos psicoactivos, pero también por su apariencia estética,
premiando así a las mejores flores cultivadas y “curadas” (proceso de cose-
cha, secado y guardado). En la Argentina existen varias copas y catas,
encuentros clandestinos donde se conocen, vinculan e intercambian tanto
experiencias de aprendizaje como semillas u otro material de propagación
(esquejes) de diversas variedades y procedencias, algunas compradas a ban-
cos extranjeros de semillas y otras genéticas conservadas localmente por los
cultivadores quienes, por vía de clonación o de cruzamiento, eligen así las
mejores plantas, adaptándolas a sus propias condiciones de cultivo y esta-
bilizándolas con el tiempo. Los growshops, o tiendas especializadas de la cul-
tura cannábica, también son sitios donde no solo se encuentran varios de
los insumos (sustratos, fertilizantes, luces) necesarios para el ciclo de siem-
bra y cosecha de la planta tanto para exterior o interior, sino también cul-
tivadores referentes con práctica en la materia. En tal sentido, estos growshops
han sido también sitios de circulación e intercambio de información y
conocimiento central cuando internet o las redes sociales no habían alcan-
zado el nivel de desarrollo actual.
Con el boom de internet y las redes sociales, hacia el fin del milenio,
aquellos cultivadores pioneros de la Argentina desplegaron estrategias
defensivas para enfrentar y reducir los riesgos y costos de la prohibición,
intercambiando información y recursos en forma anónima por las redes,
244 LUCÍA ROMERO / OSCAR AGUILAR AVENDAÑO
bajo apodos en foros, blogs y demás sitios web relativos al cannabis. En una
instancia paralela, algunos consumidores empezaron a organizarse política-
mente en asociaciones y organizaciones de la sociedad civil en calidad de
usuarios responsables”. Algunas de ellas, orientadas a la investigación, pre-
vención y asistencia de los consumidores, cuentan entre sus miembros con
especialistas en salud, derecho, psiquiatría, trabajo social y psicología.
Otras, en cambio, han sido creadas por familiares, usuarios y demás acti-
vistas (Corbelle, 2016).
Actualmente, en la Argentina se contabilizan alrededor de unas 40 “orga-
nizaciones cannábicas”, de las cuales menos de la mitad son organizaciones y
asociaciones dedicadas a difundir información sobre la cultura cannábica en
general y más de veinte se especializan exclusivamente en el estudio y divul-
gación del cannabis medicinal. Con un sentido federal cubren casi todo el
territorio argentino. Muchas de estas organizaciones y asociaciones se han
nucleado en el Frente de Organizaciones Cannábicas ().
Salvo Cannabis Medicinal Argentina () y Mamá Cultiva, las
demás organizaciones cannábicas medicinales locales tienen como raíces el
activismo a favor del cannabis en general. Al incluir la veta terapéutica, una
de las principales máximas que adoptaron las asociaciones de cultivadores
fue el cuidado de los usuarios a partir del acompañamiento legal en caso de
detención, el fomento del autocultivo a partir del activismo, la cooperación
y el intercambio solidario, la no mercantilización de sus productos y la ins-
tauración de un sistema de intercambio basado en el trueque. Muchas de
estas asociaciones han logrado obtener la personería jurídica y las que no se
han constituido como agrupaciones de usuarios. Estos principios o máxi-
mas de conducta se comprueban en la forma que cultivadores y pacientes
entablaron lazos: los primeros pacientes que consumieron cannabis para
fines terapéuticos en el país lo hicieron gracias a la materia prima o a los
aceites que les donaron los cultivadores. Ellos, a cambio, desde entonces
recibieron mayor tolerancia y legitimidad. Elementos centrales para un
colectivo que se quiere perfilar como un actor político.
Las asociaciones de cultivadores locales orientadas
al uso terapéutico: reconfiguraciones y estrategias
Algunas asociaciones cannábicas incorporaron la cuestión medicinal, en
auge socialmente, entre sus prácticas, fines y visiones. En muchos casos esto
se configuró como una vía de obtención de legitimidad, como una fase en
el proceso de lucha política por la legalización del cannabis. Estos son los