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DOI: https://doi.org/10.48160/18517072re61.755
Virosis y ensamblajes sociotécnicos: trayectorias de
aprendizaje y reconfiguración técnica en la citricultura
misionera.
Yanina Vanesa Tetzlaff
*
Resumen
Este artículo analiza la transformación de la producción citrícola en la provincia de
Misiones a partir del impacto de las virosis como eventos disruptivos que reconfiguraron
los saberes técnicos y las prácticas agrícolas. A través de un enfoque etnográfico y
desde la antropología de la técnica y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología,
se reconstruye cómo estos agentes no humanos (virus) activaron procesos de
innovación técnica, negociaciones institucionales y aprendizajes situados. En este
marco, se examina la emergencia de nuevos objetos y procedimientos —como la
certificación de materiales vegetales, el uso del microinjerto o la termoterapia— que
introdujeron formas de control más estandarizadas y centralizadas sobre la vida vegetal.
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Secretaria de Investigación, Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de
Misiones (SINV, FHyCS, UNaM). Correo electrónico: yaninatetzlaff@gmail.com
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Dentro de estas transformaciones, los portainjertos se consolidaron como un objeto
técnico particularmente relevante, en tanto articulan prácticas de laboratorio, marcos
regulatorios, conocimientos agronómicos y experiencias de agricultores, convirtiéndose
en un punto de observación privilegiado de las tensiones entre autonomía local y
exigencias globales.
El artículo discute, a partir de este proceso, las dicotomías entre saber técnico y saber
agrícola local, mostrando cómo las prácticas citrícolas se desarrollan en redes de co-
producción de conocimiento, en ambientes estructurados por tradiciones técnicas,
contingencias ecológicas y marcos institucionales en tensión. En ese recorrido, se
sostiene que las virosis no solo deben entenderse como amenazas fitosanitarias, sino
como catalizadores de una reconfiguración más amplia del orden técnico, productivo y
social de la citricultura misionera.
Palabras clave
CITRICULTURA VIROSIS PORTAINJERTOS ENSAMBLAJES SOCIOTÉCNICOS
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Introducción
En las últimas décadas, el estudio de las enfermedades virales en plantas frutales ha
dejado de abordarse exclusivamente desde la sanidad vegetal para incorporar
perspectivas provenientes de la antropología y los estudios sociales de la ciencia y la
técnica. Estos enfoques permiten comprender las virosis no solo como problemas
biológicos, sino como fenómenos que ponen en evidencia las complejas relaciones
sociotécnicas y multiespecies que sostienen los sistemas agrícolas. En esta línea,
autoras como Donna Haraway (2015) y Anna Tsing (2018) proponen analizar las
interacciones entre humanos, plantas, tecnologías y agentes patógenos como parte de
ensamblajes dinámicos en los que se entrelazan prácticas culturales, saberes técnicos
y procesos ecológicos. Esta perspectiva resulta particularmente relevante en contextos
atravesados por la globalización de los mercados, la circulación de patógenos y la
creciente centralidad de certificaciones y estándares en la producción agrícola.
En este marco, las virosis que afectan a los cítricos en la provincia de Misiones,
particularmente en la zona del Alto Paraná, pueden ser entendidas como eventos que
exceden el plano estrictamente sanitario. Más que anomalías biológicas, constituyen
procesos que ponen en evidencia la fragilidad de los arreglos sociotécnicos que
sostienen la producción agrícola. En la región, la aparición del denominado
declinamiento de los cítricos hacia la década de 1980 -conocido por los productores
como fruta bolita, en alusión al tamaño reducido y la forma redondeada de los frutos-
marcó un punto de inflexión en la citricultura local. La pérdida progresiva de los montes
frutales no solo afectó la economía regional, sino que también puso en cuestión los
conocimientos productivos heredados, generando incertidumbre y activando procesos
de innovación técnica e intervención institucional.
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A partir de este caso, el presente artículo propone analizar el declinamiento no
simplemente como una enfermedad vegetal, sino como un fenómeno socioambiental
que permite indagar las transformaciones en las formas de producción citrícola. En
lugar de reducirlo a sus efectos biológicos, se lo aborda como una instancia en la que
se reconfiguran las relaciones entre saberes agrícolas, prácticas técnicas, instituciones
de regulación y condiciones ecológicas. En este sentido, el trabajo se orienta a
responder dos interrogantes: ¿qué ocurre cuando las redes que sostienen una práctica
agraria se desestabilizan?, ¿qué márgenes de acción despliegan los productores frente
a la tecnificación creciente y la incertidumbre ecológica?
Para ello, se adopta un enfoque teórico inscripto en la antropología de la ciencia y
la técnica, en diálogo con los estudios sobre ensamblajes sociotécnicos. Desde esta
perspectiva, los cítricos no son concebidos como objetos pasivos de intervención, sino
como entidades que participan en una trama de relaciones entre actores humanos y no
humanos. Este posicionamiento implica reconocer el papel de plantas, patógenos,
suelos, materiales vegetales y tecnologías en la configuración de los paisajes
productivos, así como entender la agricultura como un campo de negociación
permanente entre dimensiones biológicas, técnicas e institucionales.
En este sentido, resulta pertinente recuperar la definición de técnica propuesta por
Marcel Mauss (2003), quien la entiende como un “acto tradicional eficaz”. Desde esta
perspectiva, tanto las prácticas desplegadas por productores como aquellas
desarrolladas por técnicos e ingenieros pueden ser comprendidas como formas de
acción técnica, inscriptas en tradiciones específicas y orientadas a la resolución de
problemas concretos. Este enfoque permite desplazar una oposición esquemática entre
conocimiento “técnico” y saberes “locales”, para analizar en cambio cómo distintos
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repertorios técnicos coexisten, se articulan y se transforman en la práctica, en procesos
atravesados tanto por cooperación como por controversia.
Metodológicamente, la investigación se basa en una estrategia de etnografía
multisitio (Marcus, 2001), orientada a seguir procesos, actores y objetos a través de
distintos espacios sociales. El trabajo de campo incluyó entrevistas semiestructuradas a
productores citrícolas, viveristas y profesionales del sector -técnicos e ingenieros-, así
como visitas a chacras, viveros e instituciones vinculadas a la citricultura en distintas
localidades del Alto Paraná misionero, particularmente en la zona de Montecarlo, región
en la que el declinamiento de los cítricos adquirió una especial intensidad y donde se
concentraron los principales procesos de transformación analizados en este trabajo.
Este abordaje se complementa con la revisión de fuentes secundarias y registros
técnicos que permiten contextualizar las transformaciones recientes del sector. Esta
estrategia multiescalar posibilita analizar las articulaciones, tensiones y formas de co-
producción entre distintos repertorios técnicos y formas de conocimiento, entre políticas
de certificación y prácticas productivas, así como entre marcos institucionales
nacionales y exigencias de los mercados.
En este recorrido, adquieren especial relevancia ciertos objetos técnicos que
emergen como nodos de estas transformaciones, en particular los plantines
portainjertos de cítricos. Su producción, circulación y certificación permiten observar
cómo se redefinen los márgenes de autonomía de los productores y las formas de
coordinación entre actores, instituciones y materialidades.
En diálogo con los debates del dossier, el artículo analiza cómo las enfermedades
de las plantas activan redes de conocimiento, agencias divergentes y disputas en torno
al control y la gestión del material vegetal. En el caso de la citricultura misionera, la
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recurrencia de crisis sanitarias -como el declinamiento- permite observar de qué manera
la producción agrícola se reconfigura a partir de la interacción entre prácticas locales,
innovaciones técnicas y marcos regulatorios. Más que ofrecer una reconstrucción
histórica exhaustiva, el trabajo se centra en estos procesos de reconfiguración
contemporánea, atendiendo a la circulación de patógenos, la incorporación de
tecnologías de propagación y la creciente regulación del material vegetal. Desde esta
perspectiva, el estudio de los portainjertos y de las redes sociotécnicas que los
sostienen permite comprender cómo se reorganizan las relaciones entre productores,
instituciones y materialidades, así como los modos en que se configuran respuestas
técnicas situadas frente a escenarios de incertidumbre ecológica y transformación
productiva (ver Mapa 1).
Mapa 1. Zonas productoras de cítricos, Misiones
Fuente: Elaboración propia
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Del modelo colono a la agroindustria: transformaciones
sociotécnicas en la citricultura misionera.
Antes de abordar las transformaciones más recientes vinculadas a la producción de
portainjertos, resulta necesario situar los procesos históricos que configuraron la
estructura agraria de Misiones. Desde fines del siglo XIX y principios del XX, la
provincia fue escenario de un proceso de colonización agraria basado en el
asentamiento de inmigrantes europeos -principalmente alemanes, polacos y
ucranianos- en pequeñas parcelas organizadas bajo el modelo de “colonia”. Este
sistema dio lugar a un entramado de chacras familiares que combinaban trabajo
doméstico, producción para autoconsumo y venta en mercados regionales,
configurando una estructura agraria sustentada en unidades productivas familiares y en
la diversificación de cultivos (Bartolomé, 1975; Schiavoni, 1998).
A lo largo del siglo XX, este modelo se consolidó en torno a cultivos comerciales
como la yerba mate y el tabaco, que se constituyeron en pilares de la economía
provincial (Bartolomé, 1975). En este marco, la incorporación de nuevos cultivos
comerciales formó parte de una dinámica de diversificación progresiva, entre los cuales
los cítricos adquirieron una relevancia creciente, aunque con desarrollos regionales
diferenciados.
La citricultura comenzó a expandirse con mayor intensidad a partir de las décadas
de 1940 y 1950, en paralelo con la consolidación de circuitos de comercialización
orientados primero a centros urbanos y luego a mercados de mayor escala. Este
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proceso se inició en la zona del Alto Paraná1, favorecida por sus condiciones
agroecológicas, y posteriormente se extendió hacia el Alto Uruguay2, configurando
trayectorias productivas que, si bien compartían una base común, adquirieron
características específicas en cada región.
En el Alto Paraná, la citricultura se integró a sistemas productivos diversificados,
donde las familias agricultoras combinaban cultivos permanentes y temporales con la
cría de animales, articulando esta actividad con su experiencia previa en la producción
de yerba mate. Esta modalidad favoreció formas flexibles de manejo de los recursos y
procesos de aprendizaje colectivo, aunque también estuvo atravesada por tensiones
vinculadas a las fluctuaciones del mercado, el acceso desigual a insumos y las
crecientes demandas de tecnificación. En este contexto, las organizaciones
cooperativas desempeñaron un papel central en la provisión de insumos, crédito y
asesoramiento técnico -como en el caso de la Cooperativa Agrícola de Eldorado (CAE)-,
al tiempo que funcionaron como espacios de mediación entre productores familiares,
mercados e instituciones estatales (Tetzlaff, 2025a, 2025b).
En contraste, en el Alto Uruguay la expansión citrícola se desarrolló bajo
esquemas de coordinación más centralizados, inicialmente articulados en torno a la
Cooperativa Tabacalera de Misiones (CTM), con sede en Leandro N. Alem. Esta
organización nucleó a pequeños y medianos productores en un modelo de producción
tecnificado y estandarizado, estructurado a partir de contratos de largo plazo, paquetes
1 La Región del Alto Paraná comprende los departamentos costeros del río Paraná.
2 La Región del Alto Uruguay comprende los departamentos costeros del río Uruguay.
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tecnológicos definidos y pautas productivas estrictas. Posteriormente, la creación de la
Cooperativa Citrícola Agroindustrial de Misiones (CCAM) dio continuidad a esta
modalidad, consolidando formas de integración vertical de la producción. Si bien este
esquema no agotó la diversidad de experiencias existentes, sí se constituyó en un eje
organizador relevante de la actividad en la región (Tetzlaff, 2025).
Estas diferencias permiten identificar trayectorias regionales contrastantes en los
modos de articulación agroindustrial. Mientras que en el Alto Paraná tendieron a
predominar formas más flexibles, con mayor margen de decisión para los productores y
espacios de aprendizaje colectivo, en el Alto Uruguay se consolidaron esquemas más
estructurados, vinculados a procesos de integración vertical impulsados por
organizaciones agroindustriales. Lejos de constituir modelos homogéneos, estas
modalidades coexistieron con otras prácticas productivas, reflejando la heterogeneidad
de los procesos socioeconómicos y territoriales que configuraron la citricultura
misionera. En ambos casos, la producción se sostuvo en la articulación entre trabajo
familiar, conocimientos técnicos, organizaciones cooperativas y mercados, evidenciando
el carácter sociotécnico del sistema (Tetzlaff, 2025).
En este entramado histórico-productivo, las transformaciones no se limitaron a los
modos de organización del trabajo o a las formas de comercialización, sino que
involucraron también cambios en las condiciones técnicas y sanitarias de la producción.
En las décadas posteriores, la propagación de virosis en las plantaciones citrícolas
puso en cuestión las prácticas productivas vigentes y evidenció la necesidad de
desarrollar respuestas técnicas ajustadas a las condiciones locales. En este contexto, la
búsqueda y selección de portainjertos más resistentes emergió como una estrategia
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central, dando lugar a nuevos espacios de experimentación, regulación y articulación
entre actores que serán analizados en el apartado siguiente.
Si bien en este apartado se consideran distintas regiones de la provincia con el
objetivo de reconstruir las trayectorias de la citricultura misionera, el análisis se centra
en la zona del Alto Paraná. Esta elección responde no sólo al desarrollo del trabajo de
campo en esta región, sino también a que fue allí donde el declinamiento de los cítricos
adquirió mayor intensidad, configurándose como un espacio privilegiado para analizar
las transformaciones sociotécnicas asociadas a esta problemática. En este sentido, el
Alto Uruguay se incorpora como referencia comparativa que permite contextualizar las
distintas formas de organización de la producción citrícola en la provincia.
La irrupción de enfermedades virales y su impacto técnico-
económico.
Durante varias décadas, la citricultura en la región del Alto Paraná -donde se concentra
el análisis de este trabajo- se sostuvo sobre una configuración productiva basada en la
articulación entre saberes prácticos de los productores, técnicas heredadas y formas de
organización del trabajo vinculadas a las unidades familiares y a las cooperativas
locales. En este marco, las prácticas de manejo, las combinaciones varietales y los
portainjertos difundidos regionalmente conformaban un sistema técnico relativamente
estable, sustentado en conocimientos transmitidos entre generaciones de agricultores y
técnicos. Las chacras de los colonos funcionaban, además, como espacios de
experimentación empírica, donde los productores evaluaban, mediante prácticas de
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ensayo y error, distintas combinaciones de variedades, portainjertos y técnicas de
manejo adaptadas a las condiciones locales.
Esta relativa estabilidad comenzó a modificarse a partir de la década de 1960 con
la aparición de enfermedades virales que afectaron severamente a los montes frutales.
En localidades del Alto Paraná, como Leoni y Puerto Mineral3, se registraron los
primeros casos de un fenómeno conocido localmente como “declinamiento” o “fruta
bolita”, que afectaba plantaciones de naranja dulce -particularmente la variedad
Calderón- injertadas sobre trifolio. La enfermedad se manifestaba a través de una
necrosis progresiva de las ramas4 y la aparición de frutos pequeños y redondeados,
rasgo que dio origen a su denominación popular “fruta bolita”. En los años siguientes, el
problema se expandió hacia otras zonas de la provincia, afectando gran parte de las
plantaciones establecidas bajo combinaciones varietales similares y generando una
marcada reducción en los rendimientos.
La difusión de estas virosis no solo planteó problemas fitosanitarios, sino que
también alteró las condiciones técnicas y económicas de la actividad citrícola. En el Alto
Paraná, estos procesos interrumpieron trayectorias productivas familiares, pusieron en
cuestión prácticas de manejo consolidadas y obligaron a productores y técnicos a
3 Puerto Leoni es un municipio argentino situado en el departamento Libertador General San Martín, en la
provincia de Misiones. Puerto Mineral es una colonia que depende administrativamente del municipio de
Puerto Leoni, de cuyo centro urbano dista unos 10 kilómetros.
4 La necrosis progresiva de las ramas es un problema en las plantas que se manifiesta a través de la
muerte de tejidos vegetales, debilitando la salud de las plantas y disminuyendo su capacidad de
producción.
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buscar nuevas estrategias para sostener la producción (Tetzlaff, 2025). Como recordaba
un productor de la zona: “eso fue hasta los años de 1960, ahí apareció una enfermedad
que mató todo, se llamaba fruta bolita” (Entrevista a citricultor, Montecarlo, 2019).
En esta línea, registros técnicos elaborados en el marco de programas de
investigación citrícola -como el Informe Final del Convenio Argentino-Alemán (1984)-
señalan que, en el transcurso de aproximadamente quince años, la enfermedad se
expandió por amplias zonas de la provincia, comprometiendo tanto la economía de
numerosas unidades productivas familiares como el funcionamiento de las plantas
procesadoras vinculadas al complejo citrícola. Este programa, desarrollado a partir de
un acuerdo bilateral entre los gobiernos de Argentina y Alemania, articuló la
participación de organismos como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria
(INTA) y la Sociedad Alemana de Cooperación Técnica (GTZ), junto con instituciones
provinciales, cooperativas agrícolas y actores de la industria citrícola. De este modo, se
configuró un espacio de intervención técnico-institucional orientado a comprender y
enfrentar la problemática sanitaria.
Frente al avance de la enfermedad, numerosos productores intentaron sostener
sus montes frutales mediante estrategias locales de contención y reemplazo -como el
raleo de plantas afectadas, el aprovechamiento de rebrotes o la realización de nuevos
injertos-. Sin embargo, estas prácticas resultaron insuficientes ante el deterioro
progresivo de los árboles. Este tipo de ajustes no era completamente nuevo para los
productores de la región, décadas antes, la aparición de enfermedades como la
gomosis había llevado a adoptar el naranjo agrio como portainjerto por su mayor
tolerancia, mientras que la posterior expansión del virus de la tristeza impulsó la difusión
del trifolio como alternativa (Gutman, 1984). No obstante, la propagación del
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declinamiento volvió a desestabilizar estas soluciones técnicas, generando un
escenario de fuerte incertidumbre productiva.
En este escenario, comenzó a ponerse en cuestión la eficacia de los
conocimientos transmitidos por la experiencia agrícola, abriendo espacio a la
intervención de nuevos actores -ingenieros agrónomos, investigadores e instituciones
de experimentación, entre ellas el INTA- que impulsaron programas de investigación
orientados a comprender las causas del problema y desarrollar alternativas técnicas
para la citricultura provincial. Desde una perspectiva sociotécnica, la expansión de
estas virosis puede interpretarse no solo como un problema fitosanitario, sino como un
proceso que reconfigu las bases técnicas y organizativas de la actividad. La pérdida
de eficacia de combinaciones varietales ampliamente difundidas -como los naranjos
dulces injertados sobre trifolio- generó un escenario de creciente incertidumbre
productiva y favoreció una mayor articulación entre productores, técnicos e instituciones
de investigación, a partir de la implementación de programas de diagnóstico,
experimentación y evaluación de nuevas combinaciones varietales.
Tensiones entre diagnóstico técnico y saberes locales
La identificación y el diagnóstico de las enfermedades que comenzaron a afectar a los
montes citrícolas de Misiones desde la década de 1960 se convirtieron en un terreno de
negociación entre distintos tipos de saberes. La emergencia de virosis, difíciles de
reconocer a partir de los síntomas visibles, puso en tensión las formas habituales,
mediante las cuales los productores interpretaban el estado sanitario de sus cultivos y
tomaban decisiones de manejo. En las chacras del Alto Paraná, la observación directa
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de los árboles y la comparación con experiencias previas constituían herramientas
fundamentales para evaluar problemas productivos. Sin embargo, fenómenos como el
declinamiento -conocido localmente como “fruta bolita”- resultaban difíciles de
interpretar a partir de estas prácticas, ya que sus síntomas podían confundirse con
deficiencias nutricionales u otros trastornos fisiológicos.
Frente a esta situación, el diagnóstico de las enfermedades comenzó a involucrar
de manera progresiva la intervención de técnicos, investigadores y dispositivos de
análisis especializados. La identificación de los agentes patógenos y la búsqueda de
estrategias de control requirieron la realización de ensayos experimentales, el uso de
plantas indicadoras y el desarrollo de análisis en laboratorios y estaciones
experimentales vinculadas a instituciones de investigación agronómica, entre ellas el
INTA, así como centros experimentales de otros países de la región. Estas
investigaciones se orientaron tanto a esclarecer el origen del problema como a evaluar
nuevas combinaciones varietales capaces de sostener la producción citrícola en la
provincia.
Este desplazamiento no estuvo exento de tensiones. Diversos productores
entrevistados en la zona de Montecarlo recordaban con escepticismo algunas de las
primeras recomendaciones técnicas formuladas desde los organismos de investigación,
particularmente cuando los diagnósticos no surgían de la observación directa de los
montes frutales, sino de análisis realizados en laboratorios o estaciones
experimentales. Como señalaba un citricultor al reconstruir ese período: “muchas veces
venían con recomendaciones, pero uno no siempre entendía bien de dónde salían,
porque el árbol lo veíamos todos los días nosotros” (Entrevista citricultor, Montecarlo,
2019). En algunos casos, los informes técnicos sugerían medidas drásticas -como la
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erradicación de plantas o incluso de montes completos afectados por declinamiento-
con el objetivo de evitar la propagación de material vegetal infectado, recomendaciones
que resultaban difíciles de aceptar para productores cuya economía dependía
directamente de esos cultivos (Informe Final del Convenio Argentino-Alemán, 1984).
Al mismo tiempo, los propios técnicos involucrados en estos estudios reconocían
las limitaciones del conocimiento disponible en ese momento. Un ingeniero agrónomo
que participó en investigaciones sobre el problema señalaba que uno de los principales
objetivos de los proyectos desarrollados en la provincia era precisamente “buscarle una
solución al tema de la fruta bolita”, en un contexto en el que las causas del fenómeno
aún no estaban completamente esclarecidas (Entrevista ingeniero agrónomo, Posadas,
2014). Este escenario de incertidumbre favoreció la articulación entre distintas formas
de producción de conocimiento, en las que las observaciones realizadas en las chacras,
los ensayos experimentales y los diagnósticos de laboratorio comenzaron a interactuar
de manera más estrecha.
En este contexto, las organizaciones de productores también desempeñaron un
papel relevante. Ante la expansión del declinamiento, los colonos se movilizaron a
través de la Asociación Citrícola-Frutícola de la Provincia de Misiones, que impulsó
gestiones para promover investigaciones orientadas a enfrentar la crisis productiva.
Como recordaba un citricultor de la región, la insistencia de esta organización fue clave
para concretar acuerdos de cooperación científica internacional: “A través de la
insistencia de la asociación de citricultores del Alto Paraná (…) se logró firmar el
convenio argentino-alemán. A fines de 1977 comenzó a funcionar el convenio, pero se
fue gestando mucho antes” (Entrevista citricultor, Montecarlo, 2019). Este acuerdo
permitió articular la participación de investigadores, organismos estatales y productores
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locales en programas de estudio y experimentación destinados a comprender las
enfermedades virales que afectaban a la citricultura regional.
Más que una oposición frontal entre agricultores y técnicos, lo que se configuró fue
un espacio de interacción en el que distintos actores produjeron interpretaciones
parciales sobre el origen y el manejo de la enfermedad. Las chacras continuaron
funcionando como ámbitos de observación y prueba, mientras que los laboratorios, las
estaciones experimentales y los programas de cooperación científica se consolidaron
como espacios de validación de diagnósticos y desarrollo de nuevas alternativas
técnicas. En este proceso, las explicaciones sobre el declinamiento y las estrategias
para enfrentarlo se construyeron a partir de una interacción continua entre productores,
especialistas e instituciones. A partir de estas dinámicas, la atención comenzó a
desplazarse progresivamente hacia el material vegetal utilizado en las plantaciones y,
en particular, hacia la selección de portainjertos capaces de sostener la producción
frente a las enfermedades virales.
Emergencia del portainjerto y redes sociotécnicas en la
producción citrícola.
En la citricultura de Misiones, la propagación de enfermedades virales -especialmente el
declinamiento- afectó de manera significativa los montes frutales desde la década de
1960. La pérdida progresiva de árboles, la disminución de los rendimientos y la
dificultad para controlar la enfermedad pusieron en cuestión las combinaciones de
injertos y las prácticas de manejo que habían sostenido la actividad hasta ese
momento. En este escenario, productores del Alto Paraná, junto con técnicos e
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instituciones, comenzaron a explorar alternativas orientadas a garantizar la sanidad
vegetal y la continuidad productiva. Entre ellas, la selección y experimentación con
distintos portainjertos adquirió un papel central.
El portainjerto5 se consolidó como una respuesta técnica a estos problemas
sanitarios. Su uso implica la combinación de distintos materiales vegetales -semillas,
plantines y varetas- ensamblados mediante técnicas de injerto para dar lugar a una
nueva planta (ver Imagen 1). A partir de la década de 1960, su incorporación se articuló
con la difusión de procedimientos orientados a la obtención de material vegetal libre de
virus, como la selección de plantas madre, la termoterapia y el microinjerto. Estas
prácticas, desarrolladas en ámbitos experimentales, dieron lugar a un sistema de
producción más regulado, en el que la sanidad del material vegetal y la identificación de
su origen -es decir, su trazabilidad- adquirieron un lugar central.
Este proceso se inscribió en una dinámica más amplia de adaptación frente a
sucesivas crisis sanitarias. Así, aunque el naranjo agrio había sido utilizado por su
tolerancia a enfermedades como la gomosis, se mostró altamente susceptible al virus
de la tristeza, lo que impulsó la adopción del trifolio como portainjerto. Sin embargo,
esta alternativa también presentó limitaciones frente al declinamiento. Como recordaba
un productor del Alto Paraná: “apareció el virus de la tristeza y mató a todas las
plantaciones (…) esa combinación no funcionó más” (Entrevista, productor, Montecarlo,
2019). En este sentido, las soluciones técnicas pueden comprenderse como parte de un
5 Entendido como la planta base sobre la cual se injerta la variedad comercial y que incide en la
resistencia a enfermedades y en la adaptación a las condiciones del suelo.
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proceso de ajustes sucesivos, en el que cada innovación reconfigura las condiciones de
producción y, al mismo tiempo, introduce nuevas vulnerabilidades.
Imagen 1: Semillas, plantines y varetas certificadas
Fuente: Fotografía tomada por la autora
En este marco, los espacios experimentales adquirieron un papel central en la
búsqueda de nuevas combinaciones varietales. El Campo Experimental Laharrague6 y
la Estación Experimental del INTA constituyen casos significativos. Allí se realizaron
ensayos con naranjo dulce injertado sobre distintos portainjertos bajo condiciones
controladas -mediante el uso de telados, sustratos específicos y manejo diferenciado
del material vegetal- que permitían observar el comportamiento de las plantas frente a
6 El terreno del Campo de Ensayos fue adquirido por el INTA en 1977. La extensión total es de 30,5
hectáreas, de los cuales unas 20 ha. Están preparadas para la implantación de ensayos.
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enfermedades virales. A partir de estos ensayos se avanzó en la selección de
portainjertos más resistentes, como el limón rugoso, la lima Rangpur y la volkameriana.
En este proceso, técnicas como el microinjerto resultaron fundamentales para la
obtención de plantas sanas: “a partir de un microinjerto (…) podés obtener una planta
nueva libre de todo tipo de enfermedad” (Entrevista, ingeniera INTA, Montecarlo, 2017).
La producción de este material vegetal se organiza a través de una serie de
prácticas desarrolladas en laboratorios, invernaderos y viveros. “El microinjerto de
ápices caulinares permite “limpiar” el material vegetal en condiciones de laboratorio, a
partir de la extracción de meristemas que, al ser injertados sobre plantines
desarrollados in vitro, pueden crecer sin la presencia de virus (Entrevista, ingeniero
INTA, Montecarlo, 2017). Una vez logrado el injerto, los plantines son trasladados a
invernaderos protegidos, donde continúan su desarrollo bajo controles sanitarios antes
de su certificación. A partir de estas plantas madre se obtienen yemas que circulan
hacia otros centros experimentales y viveros, integrándose en un circuito en el que la
trazabilidad del material -su origen, tratamiento y control sanitario- resulta central.
Desde una perspectiva analítica, estos procesos pueden ser descritos como una
secuencia de operaciones técnicas articuladas. En este sentido, y retomando la noción
de “transecto” propuesta por Ludovic Coupaye, es posible reconstruir una cadena
operatoria que va desde la selección de plantas madre en centros experimentales,
pasando por el microinjerto en laboratorio, el desarrollo de plantines en invernaderos
protegidos, los controles sanitarios e instancias de certificación, hasta su circulación
hacia viveros y su implantación en chacras. Esta secuencia permite observar cómo
cada etapa implica la intervención de distintos actores, saberes y dispositivos técnicos,
evidenciando el carácter procesual de la producción de material vegetal. Esta secuencia
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permite observar cómo las prácticas involucradas en la producción de material vegetal
pueden ser comprendidas como actos técnicos en el sentido propuesto por Mauss, es
decir, como formas de acción orientadas a la eficacia, inscritas en tradiciones diversas y
en permanente transformación.
Este circuito articula una diversidad de instituciones y actores. Por un lado, centros
experimentales como la EEA de Concordia (Entre Ríos) proveen material vegetal
saneado; por otro, viveristas y productores participan en su multiplicación y evaluación
en condiciones locales. Al mismo tiempo, organismos como el INASE y el SENASA
establecen normativas que regulan la producción y circulación de plantas. De este
modo, la producción de plantines dejó de depender exclusivamente de intercambios
informales entre productores para integrarse en redes reguladas, en las que la sanidad
y la certificación del material adquieren un papel central.
Las prácticas observadas en viveros de la zona de Montecarlo permiten
reconstruir de manera situada estas dinámicas. En el marco del trabajo de campo
realizado entre 2017 y 2019, se relevaron viveros en los que la producción de plantines
se desarrolla bajo condiciones reguladas, combinando saberes prácticos con exigencias
normativas. Como señalaba una viverista: “nosotros sabemos cuándo un pie puede
rebrotar, pero las normas dicen que eso no sirve (…) tenemos que ajustarnos a lo que
dicen los inspectores” (Entrevista, viverista, Montecarlo, 2017). En este caso, las
normas remiten a los protocolos establecidos por organismos de control que regulan
tanto las condiciones de producción como la circulación del material vegetal.
En este sentido, la producción citrícola se configura como un espacio de
interacción entre saberes. Mientras los técnicos desarrollan ensayos y protocolos
orientados al control sanitario, los productores y viveristas evalúan el desempeño de los
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portainjertos en función de las condiciones específicas de sus chacras. Como describía
un ingeniero del INTA, el proceso implica articular distintas técnicas: “se trae material
cítrico de Concordia (…) después de hacer microinjerto hay que testear (…) todo
material se tiene que indexar” (Entrevista, ingeniero INTA, Montecarlo, 2017). De este
modo, las técnicas de saneamiento y los procesos de injertación convencional se
combinan en la producción de plantines a escala.
En este marco, los portainjertos se constituyen como un punto de articulación
entre prácticas experimentales, regulaciones institucionales y saberes locales. Su uso
no solo responde a problemas agronómicos, sino que se materializa en prácticas
concretas que vinculan actores, instituciones y materialidades diversas. Finalmente, la
diversificación varietal -orientada a extender el calendario productivo y reducir la
vulnerabilidad frente a enfermedades- se consolidó como una estrategia central
impulsada por técnicos e instituciones del sector. Como señalaban ingenieros
vinculados a estos programas, uno de los objetivos era “tener mayor presencia en el
mercado a través del tiempo”, al mismo tiempo que se buscaban soluciones al
declinamiento (Entrevista, ingeniero, Posadas, 2014).
En este sentido, los portainjertos pueden ser comprendidos no solo como insumos
técnicos, sino como ensamblajes sociotécnicos en los que se articulan procesos
biológicos, intervenciones experimentales, marcos regulatorios y decisiones
productivas. Esta perspectiva permite interpretar su emergencia no como una
innovación aislada, sino como parte de una reconfiguración más amplia de las
relaciones entre productores, instituciones y materialidades, cuestión que será
abordada en el apartado siguiente.
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Redes sociotécnicas en la producción citrícola
El estudio de la técnica en los sistemas agrícolas ha mostrado que los objetos técnicos
no constituyen instrumentos neutrales, sino mediaciones entre dimensiones sociales,
biológicas y ambientales. Desde los aportes pioneros de Mauss (2003), pasando por
Leroi-Gourhan (1984) y Haudricourt (196), hasta Simondon (1958), se ha subrayado
que las técnicas se configuran en la interacción constante entre humanos, materiales y
entorno. En este marco, los objetos técnicos no solo adquieren funcionalidad, sino que
también median saberes, prácticas y formas de relación con lo vivo.
En este marco, resulta relevante profundizar en la conceptualización de la técnica
no como un conjunto de herramientas o procedimientos diferenciados según los
actores, sino como un campo de prácticas heterogéneas en el que intervienen múltiples
tradiciones. En esta línea, y en diálogo con los trabajos reunidos por Carlos Sautchuk
(2017), es posible comprender las prácticas técnicas como procesos relacionales que
se configuran en la interacción entre sujetos, materiales y entornos, en los que la
búsqueda de eficacia no elimina la diversidad de modos de hacer, sino que se
construye a partir de la cooperación, la experimentación y, en ocasiones, la
controversia. Desde esta perspectiva, tanto las prácticas desplegadas por productores
como aquellas desarrolladas por técnicos e ingenieros pueden ser entendidas como
formas de acción técnica inscriptas en tradiciones específicas, que se articulan y
transforman en la práctica. Siguiendo a Gilbert Simondon (1958), los objetos técnicos
pueden ser comprendidos como procesos de individuación, en los que diferentes
elementos se articulan progresivamente hasta alcanzar estados de relativa estabilidad
(o metaestabilidad). En este sentido, los objetos técnicos no constituyen entidades fijas,
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sino configuraciones abiertas que se transforman en relación con su entorno y con las
prácticas en las que se insertan. En el caso de los portainjertos, esto implica
considerarlos como resultados siempre provisorios de interacciones entre material
vegetal, intervencionescnicas, condiciones ecológicas y marcos institucionales, cuyas
propiedades y desempeño se reconfiguran continuamente. A su vez, los aportes de
André-Georges Haudricourt (1962) permiten problematizar las formas de intervención
sobre lo vivo, distinguiendo entre acciones directas e indirectas. Sin embargo, más que
asumir esta distinción de manera rígida, resulta productivo analizar cómo, en la práctica,
las intervenciones de técnicos y productores combinan distintos modos de acción. En
esta línea, la noción de “manipulación”, retomada por Carol Ferret, permite dar cuenta
de estas formas de intervención como procesos situados, en los que se articulan
control, acompañamiento y experimentación en relación con las respuestas del material
vegetal.
En la citricultura misionera, estas perspectivas permiten comprender al portainjerto
no solo como un insumo productivo, sino como un ensamblaje en el que convergen
decisiones técnicas, condiciones ecológicas y marcos institucionales. En particular, la
distinción propuesta por Haudricourt (1962) entre formas de acción técnica orientadas al
acompañamiento de los procesos vitales y otras basadas en intervenciones más
directas sobre lo vivo puede ser retomada de manera analítica, no como tipología
cerrada sino como herramienta para examinar las prácticas de manejo vegetal
desarrolladas en la región. Mientras que ciertas intervenciones -como el microinjerto o
la selección de plantas madre- buscan estabilizar procesos biológicos, otras prácticas
vinculadas a la estandarización y certificación del material vegetal responden a
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exigencias productivas y regulatorias que introducen criterios normativos sobre su
desarrollo.
En esta línea, los aportes de Simondon (1958) sobre la individuación de los
objetos técnicos permiten interpretar el portainjerto como un proceso abierto, más que
como una entidad fija. Desde esta perspectiva, los objetos técnicos se constituyen y
transforman en relación con su entorno y con las prácticas en las que se insertan. En el
caso analizado, las combinaciones varietales, la incidencia de enfermedades y las
intervenciones técnicas -como el microinjerto o la selección de material vegetal-
reconfiguran continuamente sus propiedades y desempeño. De este modo, lejos de
constituir un objeto estable, el portainjerto se transforma en interacción con productores,
técnicos, instituciones y agentes biológicos.
La teoría del actor-red (Latour, 2005; Callon, 1986; Law, 1992) amplía estas
perspectivas al proponer que tanto humanos como no humanos participan como
actantes en ensamblajes heterogéneos. En la citricultura misionera, este enfoque
permite analizar a los plantines portainjertos como entidades que condensan relaciones
entre materiales biológicos, prácticas técnicas, regulaciones institucionales y saberes
locales.
Tal como se observó en viveros y estaciones experimentales de la zona de
Montecarlo, la producción de estos plantines involucra una secuencia de intervenciones
específicas -microinjerto en laboratorio, desarrollo en invernaderos protegidos, controles
sanitarios e instancias de certificación- en las que participan técnicos del INTA,
viveristas, organismos como el INASE y el SENASA, así como el propio material
vegetal. En este proceso, la sanidad del plantín no depende exclusivamente de
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decisiones humanas, sino de la interacción entre procedimientos técnicos, condiciones
ambientales controladas y propiedades biológicas del material injertado.
De este modo, la agencia se distribuye entre distintos actores y entidades: las
yemas provenientes de centros experimentales como la EEA de Concordia, los
protocolos de saneamiento, las normativas de certificación y las prácticas de manejo en
vivero intervienen conjuntamente en la configuración del portainjerto y en su circulación
hacia las chacras. Como señalaba un técnico entrevistado, “todo material que salió del
proceso de microinjerto se tiene que testear (…) y después multiplicar en condiciones
controladas” (Entrevista, ingeniero INTA, Montecarlo, 2017), evidenciando que la
producción de plantas implica una cadena de acciones coordinadas entre humanos y no
humanos.
Desde esta perspectiva, los portainjertos pueden entenderse como “híbridos” en el
sentido propuesto por Latour (2005), en tanto combinan simultáneamente elementos
naturales, técnicos y sociales. No se trata simplemente de plantas, sino de ensamblajes
en los que convergen procesos biológicos, intervenciones de laboratorio, regulaciones
institucionales y decisiones productivas.
El análisis de los procesos observados en estaciones experimentales, viveros y
chacras del Alto Paraná misionero permite situar empíricamente estas relaciones. La
búsqueda de material vegetal libre de virus y de portainjertos resistentes se tradujo en
la articulación de espacios como el Campo Experimental Laharrague, viveros locales y
centros de provisión de yemas -como la EEA de Concordia- junto con la intervención de
organismos de regulación sanitaria. Estos vínculos se materializan en circuitos
específicos de producción y circulación, desde el microinjerto en laboratorio para la
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obtención de plantas madre saneadas hasta su multiplicación en viveros y su
implantación en chacras bajo condiciones reguladas.
En este entramado, las decisiones sobre la producción de material vegetal -como
la selección de variedades, la elección de portainjertos o la aplicación de técnicas de
saneamiento- no responden únicamente a criterios agronómicos, sino que se
construyen en el marco de relaciones concretas entre productores, técnicos e
instituciones. La incorporación de protocolos de certificación y control sanitario,
impulsados por organismos como el INASE y el SENASA, introduce nuevas condiciones
para la producción y circulación de plantines, generando instancias de ajuste entre
saberes locales y exigencias normativas.
Así, los portainjertos permiten observar de manera situada la articulación entre
distintas prácticas y formas de conocimiento. Su producción y circulación involucran la
interacción entre ensayos técnicos, procedimientos de saneamiento, regulaciones
institucionales y decisiones productivas cotidianas. La utilización de yemas
provenientes de centros experimentales, su multiplicación mediante injertos en viveros
locales y los controles sanitarios exigidos evidencian cómo el material vegetal se
configura en un entramado de prácticas heterogéneas.
En conjunto, el análisis permite comprender a los portainjertos no solo como
herramientas destinadas a mejorar la sanidad o la productividad, sino como
ensamblajes en los que confluyen materiales biológicos, procedimientos técnicos y
regulaciones institucionales. Su desempeño depende tanto de las condiciones
ecológicas en las que se implantan como de los protocolos que regulan su producción y
circulación, evidenciando que la citricultura misionera se configura a partir de la
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interacción entre experimentación técnica, marcos normativos y prácticas productivas
situadas.
Reflexiones finales
Las virosis en la citricultura misionera no solo se manifestaron como problemas
fitosanitarios, sino que incidieron directamente en la reorganización de las prácticas
productivas, los circuitos de conocimiento y las formas de intervención técnica en el
agro. A partir de lo observado en las chacras del Alto Paraná y en los testimonios de
productores y técnicos, la expansión del declinamiento puso en cuestión tanto las
formas habituales de diagnóstico basadas en la observación directa como las
combinaciones de injerto que habían sostenido la producción hasta ese momento. En
este contexto, la incorporación de nuevas técnicas -como el microinjerto, la selección de
plantas madre y los controles sanitarios en laboratorio-, junto con la intervención de
instituciones como el INTA, el INASE y el SENASA, contribuyó a reconfigurar los modos
de producción y circulación del material vegetal. En este proceso, los portainjertos
adquirieron un papel central como parte de las estrategias desplegadas para enfrentar
las enfermedades, articulando ensayos experimentales, regulaciones sanitarias y
prácticas productivas desarrolladas por viveristas y productores en la región.
Desde una perspectiva antropológica, el recorrido reconstruido permite revisar
empíricamente las distinciones entre saberes locales y saberes científicos, así como
entre prácticas consideradas “tradicionales” y aquellas asociadas a la tecnificación. Las
decisiones productivas no responden de manera exclusiva a uno u otro registro, sino
que se configuran en la interacción entre recomendaciones técnicas, normativas
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institucionales y experiencias acumuladas por productores y viveristas. Mientras los
protocolos de certificación regulan las condiciones de producción y circulación del
material vegetal, los actores locales continúan evaluando el desempeño de los
portainjertos en función de variables como el suelo, el clima o la capacidad de rebrote,
generando instancias de ajuste y negociación en la práctica cotidiana.
Más que un proceso lineal de tecnificación, lo que se observa es una
reconfiguración de las prácticas productivas en la que intervienen múltiples actores y
materialidades. La circulación de yemas desde centros experimentales como la EEA de
Concordia, su multiplicación en viveros mediante técnicas de injerto y los controles
sanitarios que habilitan su comercialización constituyen ejemplos concretos de estos
procesos. En ellos participan técnicos, viveristas, organismos de control y el propio
material vegetal, dando lugar a formas de producción en las que se articulan
procedimientos estandarizados con prácticas situadas.
Estas dinámicas permiten aportar, a partir del caso analizado, a los debates en la
antropología de la técnica y en los estudios sociales de la ciencia. Los portainjertos no
operan como instrumentos neutrales, sino como elementos que intervienen activamente
en la organización de las prácticas productivas. Su producción y circulación -desde el
microinjerto en laboratorio y el desarrollo en invernaderos protegidos hasta los controles
sanitarios, su multiplicación en viveros y su implantación en las chacras- involucran la
participación de técnicos, viveristas, organismos de control y productores, así como del
propio material vegetal, cuyas propiedades biológicas condicionan los resultados de
estas intervenciones.
Al mismo tiempo, estos procesos evidencian que las innovaciones agrícolas no se
implementan de manera lineal, sino que se construyen en contextos específicos a partir
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de la interacción entre distintos saberes y escalas. Las recomendaciones técnicas y los
protocolos de certificación son apropiados, ajustados y, en ocasiones, tensionados por
productores y viveristas en función de sus condiciones de trabajo y de su experiencia
en el manejo de los cultivos. De este modo, la producción de material vegetal en la
región pone en evidencia que la innovación técnica se configura a partir de procesos
situados, en los que se articulan conocimientos científicos, prácticas locales y marcos
regulatorios.
Las trayectorias de la citricultura misionera permiten comprender cómo la
producción agrícola se organiza a través de redes en las que intervienen prácticas
técnicas, regulaciones institucionales y decisiones productivas situadas. La gestión de
los cultivos -desde los laboratorios y estaciones experimentales hasta los viveros y las
chacras- implica una articulación constante entre procedimientos de saneamiento,
controles normativos y evaluaciones realizadas por los productores en función de las
condiciones locales.
El análisis del declinamiento de los cítricos en Misiones permite sostener que,
cuando las redes que sostienen la producción agraria se desestabilizan, no se produce
un simple reemplazo de prácticas, sino una reconfiguración compleja de las relaciones
entre actores, saberes y materialidades. En este proceso, los productores del Alto
Paraná no quedan desplazados por la tecnificación, sino que despliegan márgenes de
acción situados, combinando la evaluación cotidiana de sus chacras con la
incorporación selectiva de recomendaciones técnicas. Estas estrategias incluyen la
adopción de portainjertos más resistentes, la incorporación de material vegetal
proveniente de estaciones experimentales y el ajuste continuo de las prácticas de
manejo en función de la respuesta de las plantas en condiciones locales. De este modo,
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las virosis no solo representan una amenaza sanitaria, sino que operan como un punto
de inflexión que reconfigura las redes sociotécnicas de la producción, evidenciando que
la agricultura contemporánea se construye a partir de procesos de negociación
permanente en contextos de incertidumbre ecológica.
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Artículo recibido el 31 de agosto de 2025
Aprobado para su publicación el 27 de diciembre de 2025