1
DOI: https://doi.org/10.48160/18517072re61.651
“Poner linda la tierra”. El saber-hacer alrededor de
las prácticas de abonado en la agricultura
campesina de los valles altos (Belén, Catamarca)+
María Laura Taddei Salinas*
RESUMEN
En el mundo andino, el abonado de la tierra en la que se siembra transciende un fin
únicamente agronómico. “Poner linda la tierra” implica ornarla, sanearla y honrarla
en un contexto de crianza mutua, en el que se ensamblan humanos, no humanos y
materialidades diversas. Este artículo analiza esta práctica y sus variables en la
agricultura de los valles altos de Catamarca, desde una perspectiva que articula la
antropología de la técnica, la antropología de la educación y los nuevos
materialismos. El abonado es aquí abordado como ilustración tangible de procesos
de producción de conocimiento situado, donde las personas aprenden y recrean
+ Agradezco a las editoras, especialmente a Ana Padawer, por su enseñanza a la distancia. Al CIIVAC
por el trabajo conjunto y el apoyo constante. Mis agradecimientos de siempre a la gente de Rodeo
Gerván, El Bolsón y Morteritos-Las Cuevas; y a los suelos… al suelo.
* Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. Universidad Nacional de Tucumán. Correo
electrónico: laurataddei@csnat.unt.edu.ar
2
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
técnicas a partir de su interacción cotidiana con la tierra y otros materiales, en un
entramado de saberes.
Palabras claves
ABONADO, SABER-HACER, AGRICULTURA ANDINA, CRIANZA MUTUA, NOROESTE ARGENTINO
3
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Una agricultura situada
Al noroeste de la provincia de Catamarca, en el departamento de Belén, se ubican
los valles altos de Rodeo Gerván, El Bolsón y Los Morteritos-Las Cuevas. Se trata
de una serie de valles fluviales, con pendiente general N-S, que median entre los
valles bajos mesotermales y el piso puneño, constituyendo un área de transición
paisajística, ecológica y social entre ambos (Figura 1).
Sobre estos valles se asientan las tres poblaciones rurales homónimas (salvo
en el caso del valle de El Bolsón, cuya población lleva el nombre de Barranca
Larga), todas pertenecientes, según su geografía política, al distrito Termas de Villa
Vil. Los Morteritos-Las Cuevas es territorio ancestral de la homónima Comunidad
India Los Morteritos Las Cuevas, pertenecientes a la Nación Diaguita. Los otros dos
valles están habitados por comunidades rurales campesinas.
Figura 1: Perfil esquemático altitudinal regional (NOA).
Fuente: Elaboración propia sobre la base de Google Earth Pro. Nota: El área de estudio de
este artículo está resaltada en rosa.
Las tres poblaciones están estructuradas, en general, de una forma similar: incluyen
una serie de parajes o conjuntos residenciales distantes entre sí, asentados sobre el
fondo de valle, unidos por un camino o ruta. En cada uno de ellos suelen vivir
familias emparentadas, con sus tierras productivas (parcelas de cultivo, corrales)
cercanas (Figura 2).
4
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Figura 2: Ubicación del área de estudio. Valles altos y localidades principales.
Fuente: Elaboración propia sobre la base de World Topographic Map de Esri (QGIS Online).
Nota: Área de estudio. La línea punteada indica el trazado del perfil altitudinal representado
en la parte inferior de la figura (Google Earth).
5
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
De los tres valles, El Bolsón es el de más fácil acceso, especialmente desde la
pavimentación de la ruta (RP n°43) y la construcción de puentes sobre el río
principal del valle (Brown, 2025). Mientras, los caminos que conducen a Rodeo
Gerván y Los Morteritos-Las Cueva no se encuentran consolidados, atraviesan
cauces permanentes y temporales, y con ello pueden, eventualmente, dejar aisladas
a las poblaciones ante crecidas estivales.
En estos valles, la agricultura ha sido una práctica constante que se puede
remontar al período Formativo (ca. 3000 a 1000 AP), por supuesto con cambios y
continuidades –e incluso rupturas– (Korstanje, 2005, 2010; Maloberti, 2020). Esto se
evidencia al norte de El Bolsón, en una serie de sitios arqueológicos de carácter
residencial-productivo como La Mesada/Morro Relincho, Barranco Don Silvestre/Alto
Juan Pablo, Los Llampa, El Alto El Bolsón y las ocupaciones más tempranas de
Yerba Buena. En estos sitios, los grupos sociales sostuvieron una economía que
articulaba diversas estrategias de cultivo (riego a secano, enmienda del suelo con
abono y rotación), con cría de ganado como un sistema retroalimentado (Korstanje,
2005; Maloberti, 2020; Korstanje y Cuenya, 2008, 2010).
Con mayores o menores cambios, estas agriculturas se habrían mantenido a lo
largo de los tiempos prehispánicos. Es recién a partir de momentos en que la
ocupación colonial se hace efectiva (hacia el S. XVII y XVIII, luego de las Guerras
Calchaquíes), cuando se inicia un proceso de desestructuración de los paisajes
agrícolas en pos de un espacio fundamentalmente ganadero. A partir de entonces,
las áreas domésticas se retiraron a zonas discretas (quebradas altas), articuladas a
pequeños espacios agrícolas y corrales (Quiroga, 2002). Allí permanecieron hasta
las primeras décadas del S. XX, cuando las familias locales comienzan a ocupar
sectores del fondo de valle (Molina Pico, 2015), donde activaron nuevos espacios
productivos. Actualmente casi toda la población en los tres valles se asienta sobre
6
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
los fondos de valle y la mayoría de las familias se dedican, o han dedicado parte de
sus trayectorias de vida a la agricultura (Taddei Salinas, 2019).
Este artículo se desprende de mi investigación doctoral en Arqueología (Taddei
Salinas, 2024), orientada a analizar los suelos agrícolas como parte de la cultura
material, y las continuidades y transformaciones de las prácticas agrarias en la larga
duración. En ese marco más amplio, la tesis se estructuró a partir de un conjunto de
hipótesis referidas a las relaciones entre suelos y personas, a través de prácticas
agrícolas, conocimiento práctico y materialidades en contextos pasados y
contemporáneos.
Aquí retomo parte de dicha investigación y me concentro en el abonado en
particular, con el objetivo de analizarlo como una práctica situada, material y
relacional. En ese sentido, este trabajo busca desarrollar cómo configuran las
prácticas de abonado en los valles altos de Catamarca como ensamblajes de
materiales, agencias y saber-hacer situados.
Una introducción al abonado
Del mundo de prácticas que se podrían analizar en los contextos agrícolas, centré mi
atención en el abonado en particular, en tanto implica un contacto físico, material y
corpóreo entre el suelo y las personas, donde estas últimas apelan a conocimientos
y habilidades variados sobre el entorno (individuales y colectivos, de sentido común
y especializados), adquiridos mediante procesos complejos de aprendizaje, que
suponen la apropiación de recursos culturales objetivados en el entorno inmediato
(Padawer, 2013; Rockwell, 1980).
Asimismo, esta práctica implica la incorporación de elementos particulares
como guanos, cenizas, restos orgánicos vegetales, el agua y otras formas de
7
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
enmienda, que pasan a formar una parte de un entramado de relaciones bajo la
forma de ensamblajes (Bennett, 2022), y donde a las dimensiones físicas y
materiales se incorporan las cosmológicas, y desde allí las políticas (Lane, 2009). La
práctica del abonado se puede sintetizar, entonces como aquella que busca reponer
y devolver a la tierra la esencia de la vida y la fecundidad (Cáceres, 2000), que le es
propia.
Finalmente, en el mundo andino, las prácticas de abonado incluyen el
compromiso comunitario con la vida en Pachamama: la práctica agrícola es un
compromiso de las personas con la diversidad, que imita y/o emula el propio ser de
Pachamama (con su permiso, ritual por medio). Es un compromiso con el
enriquecimiento de las formas de vida previas que Pachamama sostuvo en el tiempo
(Rengifo, 1994: 54).
El abonado puede ser comprendido como ensamblajes de materiales, agencias y
saber-hacer, tendientes a propiciar un sustrato –en primera instancia– y un ambiente
–finalmente– apropiado de crianza mutua (Cáceres, 1984, 2000; Lema, 2013,
2014); no se lo puede reducir a una cuestión tecnológica y productiva en un sentido
netamente agronómico y económico. Esta práctica y sus variantes, conllevan
sentidos, vivencias y experiencias que se enmarcan en una relación recíproca
afectiva entre las personas y el suelo (Rengifo, 1995), que, en el mundo andino, se
extiende además a plantas, animales, cerros, cursos y cuerpos de agua.
Saber-hacer y otros conceptos necesarios.
En el libro The Perception of the Environment, Ingold (1993) introduce el concepto
de taskscape, de profunda significación fenomenológica, que se podría comprender
literalmente como “paisaje de tareas”, pero también como paisaje de prácticas, de
8
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
agencia. En taskscape convergen la percepción y acción de los diversos seres que
habitan el paisaje comprometidamente (dwelling). Como un mundo de prácticas en
movimiento y, por lo tanto, en un devenir temporal, el taskscape es altamente
dinámico y nunca está acabado (Ingold, 1993: 194-195).
La Antropología de la Técnica, y particularmente su vertiente francesa, me
permiten vincular dwelling y taskscape con aquellos conocimientos prácticos que
nos orientan en el mundo habitado. Por un lado, ha conceptualizado las habilidades
implícitas en los gestos técnicos, las posturas corporales, el conocimiento basado en
la experiencia personal y colectiva y el sentido común compartido como instrumentos
teóricos para entender el saber-hacer. Por otro, se han preocupado por la relación
entre la cultura material y el cuerpo (Coupaye y Douny, 2009) en el quehacer
técnico, sin desatender sus dimensiones social y simbólica.
Sin embargo, antes de pasar al concepto de conocimiento práctico/saber hacer,
es necesario acudir al concepto de sentido común, desarrollado en otros campos
disciplinarios como la historia y la filosofía y retomados por la Antropología de la
Educación. Como han señalado Padawer (2020) para el contexto latinoamericano, y
Chevallier y Chiva para el contexto francés (1996), la antropología de la educación y
la antropología de la técnica han transitado por caminos separados, aun cuando
ambos problematizan la producción de conocimiento. En su convergencia, resulta
fundamental el concepto de sentido común, como conocimiento social especializado
y anónimo, que se construye, mantiene y transforma colectiva y cotidianamente, y
que implica la comprensión de una situación por semejanza/familiaridad a otras
similares (Padawer, 2013; Padawer et al., 2017, Salinas y López, 2012).
El sentido común contribuye y a la vez apela a la cohesión de un grupo social,
aunque es al mismo tiempo heterogéneo y contradictorio. Con carácter generacional
(o intergeneracional), es reflejo de una época -un contexto dado-. El sentido común
9
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
se produce por la reproducción cotidiana de las relaciones sociales, y al mismo
tiempo las habilita (Padawer, 2013). Inscritas en el sentido común, las personas
comparten formas concretas de vínculo social en y con el mundo, mediadas por
prácticas corporizadas, que han sido denominadas por distintas tradiciones
disciplinarias como saber-hacer (savoir faire) o conocimiento práctico.
El saber-hacer/conocimiento práctico surge, sobre todo, del saber percibir, que
a su vez implica la capacidad para juzgar lo que se percibe (Chevallier y Chiva,
1996). Se da por la confluencia del sentido común heredado y practicado, con las
experiencias personales y corpóreas de cada sujeto social en relación al mundo
material. Las personas ejercitan y modifican el conocimiento práctico cada vez que lo
utilizan y con ello transforman el mundo (Chaiklin y Lave, 2001).
Este saber-hacer se adquiere y se desarrolla por procesos activos,
intersubjetivos y contextualizados de aprendizaje. Se aprende viendo y haciendo,
imitando o intentando hacer. Sobre la observación, Rogoff et al. (2010) sostienen
que es una forma activa de participación que se pone en práctica mientras, o a la
espera de formas más dinámicas de participación. Esa espera implica una
agudización sensorial, conciencia y juicio para determinar el contenido sustancial de
lo observado. Mientras, la acción que implica contacto con el mundo material permite
forjar y acrecentar la experiencia personal por la que se va gestando una familiaridad
e intimidad física y corpórea entre la persona y los materiales (Ingold, 1990;
Chevallier y Chiva, 1996; Sigaut 2009) del mundo habitado.
De esta forma podemos comprender al aprendizaje como un proceso personal,
pero siempre social, contextualizado y político. 1) Social, porque implica que alguien
con un saber-hacer ya forjado en tanto identidad, transmita sus conocimientos bajo
el rol de maestro, mientras que quien lo recibe –aunque no pasivamente- lo hace
bajo el de aprendiz. Algunas veces, este vínculo se concreta en un aprendizaje por
10
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
imitación, otras veces se da a través de transmisión explícita y oral. Esta última tiene
la particularidad de que en algunas ocasiones puede resultar en recursos discursivos
ambiguos y/o tácitos. 2) Es contextualizado porque tiene lugar en el marco de
actividades, donde el conocimiento transmitido/aprendido encuentra su razón de ser
(Chevallier y Chiva, 1996). Estos aportes le van a permitir a Padawer (2022)
subrayar que todo conocimiento es situado, idea que retoma tanto de la antropología
de la técnica francesa (que repasé previamente), como de la antropología de la
educación, principalmente de la propuesta de Lave y Wenger (1991). 3) El
componente político implica que la enseñanza/aprendizaje es clave para la
conservación del saber-hacer colectivo, y con ello una identidad y memoria
compartidas (Chevallier y Chiva, 1996: 36). De esta forma, el aprendizaje no solo
implica la adquisición de un saber-hacer en tanto conocimientos prácticos, sino
también sociales, una forma de comportarse en el mundo, de relacionarse
social/corpórea/prácticamente con él, contribuyendo a que cada aprendiz desarrolle
por sí mismo una identidad personal/grupal.
Para comprender el aprendizaje y la producción de conocimientos han sido
esenciales dos conceptos –vinculados entre sí– desarrollados desde la Antropología
de la Educación: las comunidades de práctica y la participación periférica legítima.
Ambos propuestos y desarrollados inicialmente por Lave y Wenger (1991).
El concepto de comunidades de práctica alude a que la participación en las
prácticas sociales es la forma fundamental de aprendizaje. Esta idea permite
analizar los procesos de aprendizaje en tanto fenómeno social e intersubjetivo,
protagonizado por co-participantes de una actividad que ocupan posiciones de
novatos o expertos. Los aprendices adquieren cierta maestría a través de su
participación en una actividad, y al mismo tiempo devienen miembros de un grupo
que supone cierta identidad individual-colectiva (Lave, 1991). De esta manera las
11
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
comunidades de práctica constituyen los procesos de producción y reproducción de
una sociedad (Lave y Wenger, 1991).
Ahora bien, estos co-participantes aprendices no se encuentran todos en la
misma posición, sino que conforme van ganando/adquiriendo conocimiento y
habilidades a partir de la práctica, van cambiando de posición en estas
comunidades, atravesando distintas situaciones de observación y práctica periférica
hasta una participación plena en una práctica social, procesos que son
inherentemente conflictivos ya que el dominio de la actividad supone el
desplazamiento/reemplazo de aquellos que ocupaban previamente los lugares de
expertos (Padawer, 2013, 2014).
Las comunidades de práctica, entonces, implican una red de relaciones entre
sujetos, actividades, identidades y materialidades, donde tienen lugar los procesos
de aprendizaje a través de una participación periférica legítima, donde lo legítimo
implica la pertenencia lícita a una comunidad de práctica, y lo periférico referencia a
las formas y posiciones múltiples que se asumen en las comunidades de práctica,
donde los cambios de ubicación en las mismas son parte de las trayectorias de
aprendizaje, a través de las cuales también se forjan identidades.
Esta participación periférica legítima tiene así un carácter histórico, en tanto los
novatos se vuelven veteranos en una comunidad de práctica, pero estas relaciones
se inscriben también en ciclos más largos, considerando que toda comunidad con
continuidad en el tiempo está expuesta al cambio. Las comunidades de práctica
dejan huellas históricas de artefactos y estructuras que configuran y reconfiguran la
práctica social en el tiempo (Lave y Wenger, 1991: 58).
Finalmente, cabe tratar el concepto de habilidades (skills), desarrollada por
Ingold (2000) en base a Pálsson (1994), comprendidas como las capacidades de
acción y percepción de todo ser que habita un ambiente estructurado (que incluye
12
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
personas humanas y no humanas, cosas y animales). No se transmiten
intergeneracionalmente, sino que más bien se reconfiguran, incorporando formas
nuevas de hacer a través de la práctica, siguiendo los pasos trazados por los más
experimentados. Es el desempeño de pequeños gestos que demandan fuerza
mecánica, cuidado, juicio y destreza (entendida como la capacidad de ajustar,
mediante pequeñas variaciones, los resultados de una misma tarea), y donde se
imbrican la recreación y la transformación de las prácticas, reconfigurando a su vez
el taskscape que desarrollé inicialmente en este apartado.
Ahora bien, el mundo en el que se dan estos procesos de aprendizajes
(situados, contextualizados, sociales y políticos) es un mundo en el que lo
ineludiblemente real es la materia; una materia que lejos de ser pasiva,
predeterminada y estable, es activa, dinámica e impredecible, lo cual la hace
indefectiblemente capaz de agencia (Manccioni y Jorge, 2022).
Los Nuevos Materialismos cuestionan el orden jerárquico ontológico
preconcebido. Desarrollados desde la filosofía, y abordados por distintas Ciencias
sociales, buscan minimizar la diferencia entre sujetos-objetos, entre humanos-no
humanos (Bennett, 2022).
Desde las redes de Latour (2008) y los rizomás de Deleuze y Guattari (1988),
hasta los ensamblajes de Bennett (2022), las mallas de Ingold (2015) y los enredos
de Hodder (2011), estos modelos buscan explicar las relaciones entre las partes de
un todo sin una cabeza central o una jerarquía ontológica predeterminada, y donde
esas partes pueden generar distintos todos.
De ellos, voy a tomar el materialismo de Bennett ya que me permite abordar la
agencia de la materia en términos de vitalidad, sin recurrir a una dialéctica
antropomorfizadora o una agencia otorgada por la acción y mirada humana, como
sucede en otras perspectivas ontológicas (Bennett, 2022: 218-219).
13
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
En el mundo material, la vitalidad se entiende como aquello intrínseco y
singular que le otorga a algo la capacidad de interceptar las trayectorias de otros
algos, haciendo que, contextualmente sucedan cosas. Así, cada materia aporta la
potencialidad de su vitalidad de una forma particular a un ensamblaje que genera
cosas. Al mismo tiempo, cada miembro conserva parte de su vitalidad
“desconectado” del ensamblaje, que potencialmente se puede conectar de otra
forma con otros materiales vitales, formando otros ensamblajes (Bennett, 2022: 75).
Esto da como resultado por un lado la conciencia de que los cuerpos vitales nunca
están/son/actúan solos, y por otro que los ensamblajes tienen topografías irregulares
a lo largo del mundo material habitado.
Los nuevos materialismos, y particularmente el materialismo vital, me permiten
socializar la materia, y a la vez materializar las relaciones sociales en un intento por
comprender los vínculos entre la materia y el cuerpo en los procesos de aprendizaje,
adquisición y puesta en práctica de un saber-hacer en los contextos agrícolas.
Pequeña nota metodológica
Para profundizar en distintos aspectos ligados al abonado me enfocaré en las
actividades y perspectivas de una persona en particular, con quien construí una
relación de confianza y es reconocido localmente por su trabajo agrícola. Como caso
particular de lo posible (Bourdieu y Wacquant, 1995), a partir de mi interlocutor voy a
ir hilvanando conocimientos y expresiones de otros vecinos de los valles altos. Estos
últimos son producto tanto de un relevamiento a unidades domésticas (realizado
entre 2018 y 2019, para conocer la situación productiva contemporánea de los
valles), como de charlas informales, entrevistas etnográficas y el acompañamiento a
14
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
agricultores en recorridos por sus parcelas y en la realización de tareas específicas,
lo que me ofreció instancias de observación participante.
El carácter prolongado del trabajo de campo, realizado entre 2018 y 2023,
implicó que muchas de estas instancias se superpusieron –charlas que derivaron en
entrevistas o visitas reiteradas a las mismas personas–. Asimismo, por la
continuidad temática, retomé datos del trabajo de campo realizado para mi tesis de
grado, entre 2012-2015 (Taddei Salinas, 2016).
En todos los casos, voy a anonimizar mis interlocutores para protegerlos de
prejuicios involuntarios; para mi interlocutor principal, utilizaré el nombre José.
Partiendo de la premisa de que cada persona es sujeto y actor en sociedad,
que el yo y su capacidad de creación se cruzan y constituyen en lo social, los relatos
de vida expresan la complejidad de las relaciones sociales y cómo estas varían no
sólo con el tiempo sino también contextualmente. De esta forma, los relatos de vida
testimonian los ámbitos sociales en que una persona se desenvuelve. Asimismo
permiten volver sobre los recuerdos del interlocutor, las opciones dejadas de lado en
los testimonios orales y discutir los criterios interpretativos que hacen posible extraer
de dichos relatos un dato relevante (Saltalamacchia, 1992).
Aunque los relatos constituyen construcciones (con selecciones, omisiones,
olvidos y atribución de causalidades y sentidos), es importante destacar que las
formas de narrar responden a estructuras socialmente compartidas, por lo que cada
construcción de relatos responde a significados socialmente preexistentes. Esto
permite que el análisis de los relatos contribuya a comprender ciertos aspectos
colectivos y procesos sociales de atribución de significados (Piña, 1989).
Trabajar desde los relatos de vida de un interlocutor en particular, su mirada del
paisaje campesino y específicamente agrícola, sus experiencias y afectos, me
15
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
permite una lectura más profunda que el despliegue de múltiples interlocutores en
una aproximación más superficial.
Poner linda la tierra (o “Resultados”)
Para referir a un suelo apto para el cultivo, los agricultores de los valles altos
recurren a la noción de una tierra buena/linda. Esto incluye en primera instancia
tanto aquellas tierras productivas naturalmente fértiles –a las que los agricultores no
necesitan ponerle nada, referido a una adenda como fertilizante–, como también
aquellas a las que llaman vírgenes –es decir, tierras que los agricultores y
agricultoras conciben como fértiles pero aún no han sido utilizadas con fines
agrícolas1–, y finalmente aquellas tierras aptas para el cultivo pero que no son
naturalmente fértiles. Es aquí donde entran en juego las prácticas del abonado en
diferentes variables, que enumero y desarrollo a continuación.
“Abonar con hacienda”
Esta es una de las expresiones más utilizadas en los valles altos, y refiere al acto de
enmendar el suelo mediante el uso del guano de animales como fertilizante.
Hacienda hace referencia particularmente a cabras y ovejas (aquí también se
1 Sobre estas últimas, no es posible confirmar que efectivamente nunca hayan estado bajo uso a lo
largo del tiempo, escapando a la memoria de las personas contemporáneas. En Rodeo Gerván,
donde muchas casas con sus correspondientes estructuras productivas se han construido en terrenos
donde hay restos arquitectónicos arqueológicos, no se podría por el momento afirmar o negar el
“palimpsesto” (en términos de uso recurrente) de tierras útiles y utilizadas. Mientras que en el valle de
El Bolsón, los sitios arqueológicos agrícolas no se han registrado sobre el fondo de valle, área donde
actualmente se concentra la actividad agrícola y donde agricultores y agricultoras han señalado la
presencia de tierras vírgenes.
16
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
incluyen a las llamas, según lo conversado especialmente con las personas
mayores, que vivieron momentos de cría de estos animales2), a diferencia del
ganado, que se refiere principalmente a vacas, aunque también a caballos, mulas y
burros.
La expresión “abonar con hacienda” es importante en tanto se refiere a una
práctica que amplía el repertorio de agencias y materiales que se ensamblan en el
paisaje agrario. Ya no se trata solo de suelo en relación con las personas y las
plantas, sino también de los animales que aportan lo propio.
Decir que “abonar con hacienda” es una de las expresiones más utilizadas,
también quiere expresar que los guanos de cabra y oveja son de los más extendidos
en los valles altos actualmente. Hay personas que establecen diferencias entre estos
guanos, prefiriendo uno u otro, además de otras cuestiones como la edad de los
animales: mientras algunas personas expresan que el chivo seca las plantas, otras
destacan que es amargo y aleja las plagas. Sobre la edad de los animales, en
general los agricultores destacan el guano de individuos jóvenes sobre el de
ejemplares mayores (Taddei Salinas, 2016): el cordero es más blandito y calentito.
2 Hoy la cría y ganadería asociadas a la llama (Lama glama sp.) se encuentra restringida a pisos
ecológicos más altos, posiblemente debido a cambios tanto ambientales y ecológicos como
antrópicos que condujeron a la introducción de una zoonosis diferente en tiempos coloniales y
republicanos (Arias, 2021). En Rodeo Gerván, así como las zonas septentrionales de LMLC se
conservó la cría de llamas hasta tiempos relativamente recientes (las personas mayores de 60 años
recuerdan que para tiempos de sus infancias y primeras juventudes todavía había criadores,
particularmente en zonas -cotas- altas). Actualmente hay personas tanto en Rodeo Gerván
(observación propia) como en El Bolsón que tienen algunos ejemplares (Agliano et al., 2024), a modo
de mascotas o cría de individuos “waschos”. Ante la falta de ejemplares para la cruza, muchas veces
terminan por carnearlos y/o venderlos.
17
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Otros interlocutores no establecen preferencias por un animal -y su guano- sobre
otro, abonando con cualquiera de los dos o una mezcla de ellos.
Abonar con hacienda conduce a distintos conceptos:
a- La tierra de corral hace referencia directa al material de los lugares de
refugio, guarda y estancia de la hacienda, que incluye principalmente el guano pero
también orín, que va disgregando y, con los pisoteos constantes, compactando el
sustrato. En menor medida incluye otros componentes materiales como aquellos
provenientes de camas de paja, alimentos no digeridos, sangre de los animales3,
agua de lluvia y/o bebederos cercanos; y, finalmente, los materiales que forman el
suelo/sustrato sobre el que se ha construido el corral.
La obtención de este abono es un proceso que puede realizarse en una sola
jornada, implicando una gran inversión de fuerza y gasto energético, o bien
invirtiendo algunos días, dedicándole unas pocas horas (cuando, por ejemplo, las
personas deben cumplir con su trabajo estable remunerado, dedicándose a esta
tarea solo por las tardes). Casi siempre esta práctica está a cargo de los varones
adultos de la familia, uno o dos por jornada.
Luego de extraer el guano de los corrales, se lo extiende durante un tiempo
para que se airee y se seque. Esto puede suceder cerca del corral o bien en un
espacio propio para esta actividad, más cercano a las parcelas y despejado. Unos
días después, ya en un lugar determinado a tal fin, comienza el riego de los panes
de guano para aflojarlos, y luego desarmarlos y disgregarlos manualmente hasta
formar un material más suelto y suave al tacto. La frecuencia de riego depende del
3 Esto en general puede deberse a peleas o riñas entre los animales dentro de estos espacios, pero
también se han registrado casos de sacrificio de estos animales en los corrales (por ejemplo, en Los
Morteritos-Las Cuevas), para luego carnearlos en los patios de casas u otros lugares específicos.
18
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
estado de compactación del material (la oveja compacta más que la cabra con su
pisoteo), qué tan rápido se va disgregando y el estado del clima, que puede variar de
año en año (mayor humedad contribuye a la disgregación).
El disgregado mecánico del material con pico, pala y rastrillo requiere de mayor
fuerza física, por lo que suele estar a cargo de los varones durante los momentos
iniciales en los que el guano todavía está muy compacto. A medida que este
proceso va dando lugar a un material más maleable, suelen participar en algunas
ocasiones las mujeres de la familia y los adolescentes, colaborando con la tarea de
riego y desarmado de los terrones a mano. Si las personas utilizan guano de
diferentes animales, se espera que la tierra de corral esté medianamente disgregada
para poder mezclar con materias orgánicas más sueltas/blandas, como la
proveniente de vacas y aves de corral. Una vez que el material se encuentra lo
suficientemente disgregado (y en el caso de aplicar otras materias orgánicas, bien
integrados), la tierra de corral se constituye como tierra de abono.
Estos procesos de preparación de la tierra de abono suelen iniciar luego de las
pariciones de los animales en verano, hasta avanzado el mes de marzo e incluso
iniciado abril, y pueden llevar varios meses si se considera que los inicios de
preparación de las camas de siembra se realizan para fines de julio-inicios de
agosto. Una vez que el abono está listo, y acercándose el momento de preparar la
cama de siembra, se esparce el mismo sobre la superficie del suelo de la parcela, se
riega y se da vuelta la tierra. Desde un par de días hasta varias semanas después,
se procede al arado y posteriormente a la siembra.
Otros vecinos de los valles abonan directamente esparciendo el guano suelto
sobre la superficie del suelo de la parcela y riegan sistemáticamente, para luego dar
vuelta la tierra.
19
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
b- Las expresiones tierra abonada y de hacienda, por otro lado, no implican
preparación alguna por parte de las personas, sino que el abonado es consecuencia
de otras agencias, de las cuales las personas se benefician. Estos conceptos se
pueden utilizar como sinónimos e incluye tres posibles casos: 1) dejar entrar a la
hacienda y al ganado a las parcelas luego de las cosechas, para que se alimenten y
refugien durante la época invernal (que coincide con los períodos de descanso de la
tierra); de esta forma, los animales generan un abonado directo4. Esta práctica
requiere menos inversión de trabajo, de esfuerzo y energía, y pueden participar
incluso niñeces (por ejemplo, controlando la hacienda dentro de las parcelas). 2)
reutilizar viejos corrales como espacios de cultivo, principalmente como huertas, lo
que implica aprovechar un sustrato que fue abonado constantemente por los
animales mientras la estructura cumpliera su ciclo como corral, así como la pirca
(muro de piedra seca, construido sin emplear argamasa) que circunscribe el espacio.
Esto requiere gran inversión de trabajo para generar una cama de siembra mullida a
partir de un sustrato normalmente de alta compactación. 3) tierra abonada o tierra de
hacienda que llega al área circum-parcelas por la dinámica propia del paisaje, siendo
los principales agentes el agua (lluvia, crecidas) y el viento. Los relatos locales de
algunas personas enuncian estas agencias: “tenía un corral más arriba [de la
parcela], entonces el viento movía la hacienda para el rastrojo… así ya estaba
abonado”. Don José, en ocasión de comparar la tierra del sur y norte del valle de El
Bolsón, me explicó: [En el sur] la tierra que va cayendo con la lluvia por los jasi es
toda tierra abonada… tierra con hacienda. Y queda entrampada en los lugares con
4 Esta práctica es común en todo el Noroeste argentino (Korstanje, 2005; Califano, 2020; Arzeno,
2008; Jäkel y Marinangeli, 2022), y de una forma general en todo sistema productivo que combine
agricultura con cría de animales.
20
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
jasi, “hay mucho viento para ahí [en el norte]… les ayuda [a las personas] a abonar
la tierra”.
Resulta complicado y hasta forzado incluir estas categorías y sus descripciones
en tanto práctica de abonado; sin embargo, se puede ver que, además de los
animales de hacienda y/o ganado, comienzan a entrar en juego agencias tales como
los vientos, el agua, incluso la misma gravedad que genera procesos de remoción en
masa y depositación, acercando los materiales abonados por los animales a las
parcelas de cultivo. Es un acto de abonado casi sin injerencia de las personas (un
dustscape si se quiere), quienes son más bien agentes que se aprovechan de las
dinámicas vitales propias del paisaje agrario y agropecuario de los valles altos.
“Dar vuelta la tierra
Esta práctica implica utilizar los restos de las cosechas para poner linda/bonita la
tierra de las parcelas. Bajo ningún aspecto, estos restos son considerados rastrojos,
como sucede en agronomía y ciencias afines. Al igual que sucede con la
categorización de guanos, las personas también distinguen entre los restos de
cosechas, siendo preferidos los cereales, principalmente maíz; los de verduras y
hortalizas prácticamente no se utilizan, habiendo solo algunas excepciones (por
ejemplo, zapallos).
Este proceso de abonado no implica operaciones complejas y no suele tomar
demasiado tiempo: luego de las cosechas, alrededor de mediados-finales de abril
(se puede extender hasta los primeros días de mayo), se corta cada planta casi al
punto donde brota de la tierra y se la deja tendida sobre la superficie, extrayendo y
descartando las raíces. Machetes y tijeras de podar son utilizadas para este trabajo,
donde participan tanto hombres como mujeres, jóvenes y adultos. Mientras algunas
21
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
personas inmediatamente “dan vuelta la tierra” –lo cual implica enterrar estos restos
vegetales en los primeros centímetros del suelo–, otros dejan que pasen las
primeras heladas (a principios de mayo) y recién entonces proceden a ello.
Esta práctica tiene como consecuencia positiva inmediata el mantener a
resguardo la superficie del suelo mientras está desnudo de cubierta vegetal,
protegiéndolo de las condiciones ambientales y climáticas de la época invernal
(Jaramillo, 2002).
Al encontrarse generalizada esta práctica y no referirse a ella como abonado o
enmienda, pienso en la posibilidad de que estos restos vegetales pueden no ser
tenidos en cuenta como abono, por lo que “dar vuelta la tierra” implicaría, más bien,
una parte del mismo proceso y ciclo de vida de la planta. Lo que el suelo le dio a las
personas (los frutos para su alimentación y la de la hacienda en el caso del alfa, por
ejemplo), lo que nació del suelo, cuando cumple un ciclo, debe volver donde
pertenece: al suelo mismo. Diferente es lo que sucede con el abonado con guano,
que es un complemento que se agrega y aporta a que la tierra “se ponga linda".
Por otro lado, el hecho de que las personas no reconozcan expresamente “dar
vuelta la tierra” como una práctica de abonado implicó que no se tratara en
profundidad este tema en las conversaciones mantenidas. Por tanto, resulta difícil
conocer qué tan extendida se encuentra entre los pobladores locales y detallar
diferencias en las formas de hacer y el saber-hacer que la misma implica en los tres
valles bajo estudio.
“Aquí tenemos el cazo”
Al sur del valle de El Bolsón, en una zona conocida como Cotagua, la llanura de
inundación se ensancha y sobre ella se desarrollan pastizales y pajonales. Una de
22
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
las plantas que crece ahí es el cazo, nombrada por varios habitantes del área como
un abono excepcional.
Don José, que vivió –y cultivó– gran parte de su vida en Cotagua, me lo reiteró
en varias ocasiones: "la raíz [del cazo] atrae un gusanito que hace que la tierra se
haga bien negra”; “En el cazo crece un gusano grande negro que se mete en la raíz
de esa planta… algo hace en la tierra que la hace bien negra”.
La utilización de esa tierra abonada comienza por la quema de las plantas de la
llanura de inundación, ya que, sin quemar, el cazo es prácticamente imposible de
retirar, por la fuerza con la que enraiza. Al quemar la planta, todo el sistema se
vuelve más blando, por lo que con pala y –aun– aplicando una fuerza considerable,
se puede extraer. Las cortaderas, pastos y otras pajas que crecen en el área se
queman junto con el cazo, pero a diferencia de esta última, no se extraen, sino que
la quema promueve el crecimiento de nuevas hojas que sirven de forraje (aunque de
baja calidad, por ejemplo en comparación con la alfalfa).
La quema y extracción del cazo deja a la vista un sedimento negro y fino, que
es el que se usa como abono. Se suele cargar en costales o en carretilla y
trasladarlo hasta la zona de las parcelas, agregándolo directamente al sustrato o
mezclado con el preparado de tierra de corral. Solo en una oportunidad José quemó
todas las plantas de la terraza fluvial frente a su casa, donde el cazo predominaba,
dio vuelta la tierra y sembró. Sin embargo, en años subsiguientes volvió a su práctica
habitual de trasladar tierra a sus parcelas peridomésticas.
El reconocimiento taxonómico de esta planta, me llevó a reducirlo a dos
posibilidades: Sporobolus maximus sp y Phragmites australis sp (Clayton y
Renvoise, 1986; Negritto et al., 2003; Videla y Fioretti, 2019). Respecto al “gusano”,
23
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
podría tratarse de una larva de coleóptero, posiblemente un coprófago5, aunque no
pude precisar más detalles. El estado larval del coleóptero podría contribuir a
procesar la MO fresca, tanto vegetal como deyecciones animales (cabe destacar que
esta área y particularmente las últimas estribaciones de terrazas fluviales y su
transición a fondo de cuenca, se utilizan como espacios de pastoreo).
Provisoriamente puedo conjeturar alguna suerte de simbiosis y/o proceso de
descomposición de las inflorescencias que el cazo pierde con cada temporada
invernal y del guano de ganado, generando cierta actividad biológica y/o
microbiológica en el área circum-raíz, promovida por el gusano pero también por
otros microorganismos descomponedores que, de alguna forma, catalizan el ciclo de
la materia orgánica y otros procesos propios del suelo.
En las explicaciones de José, de pocas palabras pero justas y claras, veo lo
consciente que es de ese ensamblaje particular de materiales y agencias que se
desarrollan en un locus muy preciso (área radicular y alrededores) y que da como
resultado ese sedimento que, siguiendo las características de lo que las personas
locales consideran una tierra linda, es negro y fino, y por lo tanto plausible de
utilizarse como abono o directamente como cama de siembra. Esto refiere a una
observación atenta al comportamiento de todo el conjunto, un estado reflexivo y una
práctica particular derivada de ello.
“La tierra no es buena por más que se le pone abono”
Hay sectores de EB donde por más hacienda que se agregue, la tierra sigue sin ser
buena y tampoco se puede “dar vuelta la tierra” porque prácticamente no hay resto
5 El reconocimiento del “gusano” fue posible por orientaciones de la entomóloga Alejandra Soria
(Cátedra de Diversidad Animal II, FCNeIML - UNT).
24
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
de cosecha sustentable (maíz, zapallo, etc.). Son tierras que no negocian su
fertilidad con las personas a través de prácticas de abonado, porque simplemente no
tienen fertilidad que ofrecer.
Sin embargo, éstas se desarrollan en sectores donde hay agua disponible para
riego, o son lo suficientemente parejas (sin microtopografías o de baja pendiente),
por lo que las personas buscan un uso que puedan afrontar. Entre ellos, el cultivo de
alfalfa o alfa (Medicago sativa sp, forrajera introducida por los europeos) es de los
más extendidos. Según los agricultores y agricultoras, el alfa crece sola, no le quita
fuerzas a la tierra (algunos incluso expresan que le otorga). Esto les permite
alimentar la hacienda y el ganado, particularmente en épocas frías y secas de
invierno, cuando disminuye la cobertura vegetal y no hay pasturas naturales.
Comentario sobre los ciclos de abonado
Ya que los agricultores y agricultoras del área consideran abonado propiamente
dicho casi exclusivamente a la enmienda con guano animal, se puede decir que
estos eventos tienen lugar de manera periódica sin ser prácticas necesariamente
anuales, ni que se den en ciclos totalmente estables.
En marzo de 2020, cuando conversé con Roberto en su parcela en Los
Morteritos, comentó que hacía dos años había abonado por última vez, pero ya
estaba notando cómo la chacra no estaba creciendo como debía ni dando sus frutos
como se esperaba, por lo que prontamente iba a tener que abonar de nuevo.
Otros vecinos de EB expresaron que se abona “cuando la tierra está flaca”.
Esta caracterización refiere a una tierra poco fértil, cualidad que puede ser
permanente o transitoria. En el primer caso, la tierra se expresa a través de
características y cualidades propias: es seca, de colores claros, con mucho médano
(arena). En el segundo caso, hay una expresión indirecta: las tierras que están flacas
25
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
pueden ser normalmente de colores más oscuros, ser más finas, retener mejor el
agua, pero se expresan a través de lo que crece de ella, es decir plantas pequeñas,
que no dan buenas semillas o frutos, o estos se dan en baja proporción a lo
esperable. En esos casos, el monte (vegetación natural propia de la zona que
compite con los cultivos) invade las parcelas con más facilidad, y las plagas
(diferentes insectos y otros componentes de la mesofauna que atacan distintos
cultivos) se ven con mayor frecuencia. Esto indica a los agricultores cuándo prestar
atención al estado del suelo y tomar los recaudos necesarios para mejorar la calidad
del mismo.
Los períodos de descanso pueden extenderse por 1-2 años en los casos de las
parcelas más jóvenes (que han sido labradas hasta unos diez años), a 3-4 años en
la mayoría de los casos (para parcelas que han sido cultivadas por más tiempo).
Aquellas tierras de estructuras productivas relativamente nuevas pueden utilizarse
varios años seguidos, con algunos eventos de abonado simples (esparcir hacienda
sobre el sustrato y dar vuelta la tierra). De cualquier forma, el período de descanso
se inicia con el último cultivo que se rota, comúnmente la alfalfa, y concluye con un
gran evento de abonado con tierra de corral, que da inicio a un nuevo ciclo de
cultivo, normalmente formalizado con siembra de papa.
De lo anterior es posible concluir que en los valles altos no hay un ciclo estricto
de abonado, sino una conversación con el suelo a través de las plantas. Según
como los agricultores/las agricultoras vean esta relación entre las tierras y las
plantas que crecen de ella, deciden hacer descansar la tierra más o menos tiempo.
En algunos casos, la tierra está tan flaca que abonan al inicio y al final del período
de descanso (por ejemplo, para curar las tierras de la plagas, recordando que la
hacienda tiene la cualidad de ser amarga y alejar a los insectos); pero en todos los
casos, este reposo concluye con un abonado. Los años necesarios para que la tierra
26
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
de una parcela pueda descansar se consideran conforme pasa el tiempo: los colores
del suelo, el crecimiento de ciertas plantas sobre él, cómo reacciona al riego y las
variaciones climáticas anuales que hacen más o menos propicio el volver a sembrar
una parcela.
Buscar el equilibrio con la tierra en Pachamama
Ya sea que el abonado con hacienda tenga lugar cada dos, cuatro o más años, esta
práctica tiene lugar en un momento particular del ciclo agrícola. Numerosos
agricultores y agricultoras me han expresado que abonan para agosto o septiembre,
que corresponde anualmente, al período en que la tierra está más flaca: el momento
más crudo del invierno. Algunas personas incluso han especificado hacerlo “para la
Pachamama”, que en algunos casos se refiere exactamente a los dos primeros días
de agosto, o bien a todo el mes.
Esta práctica coexiste con otras, que las personas nombran de diferentes
formas: alimentar, convidar, ofrendar, que se realizan en lugares particulares,
diferente de los espacios productivos en términos agrícolas, y se repiten año a año,
como loci de la práctica. Algunas son familiares y comunitarias, y otras son
individuales y privadas.
Mientras para alimentar a la tierra se cavan pozos profundos en el suelo (más
de 50 cm de profundidad, y aproximadamente 30-50 cm de diámetro), mucho más
allá de lo removido para preparar las camas de siembra, convidar implica una
práctica más bien superficial o algo somera.
Aunque hay mucha bibliografía referida a agosto en el mundo andino y
particularmente en el noroeste argentino (López Campeny, 2006-2007; Martínez,
2020; García y Rolandi, 2000; Bugallo, 2009), es importante destacar que las
27
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
personas de los valles altos han expresado la privacidad e intimidad de esta práctica,
apelando a una relación primordial entre la persona y la tierra-pacha.
Agosto coincide con un momento crítico del ciclo vital anual: para entonces, la
tierra está abierta, tiene hambre (Van Kessel y Condorí Cruz, 1992: 86), por lo que,
cuando se le da de comer a través de un pozo, estamos ante la acción de abrir la
boca de la tierra y alimentarla directamente en sus entrañas para restablecer un
equilibrio.
La tierra ha dado lo propio a lo largo del ciclo agrícola, que ha culminado con
las últimas cosechas y pariciones, por lo que necesita el aporte recíproco de
aquellos que han sabido aprovechar sus frutos. Si esa relación no es correspondida,
sino se contesta, la tierra misma tiene la capacidad y está en su derecho de reclamar
(Morgante, 2004; Bugallo, 2009). Cuando se da de comer/convida/ofrenda a la tierra,
se restablece un balance: una tierra bien alimentada es una tierra sana, y por lo
tanto va a dar semillas sanas, buenos pastos para el engorde de la hacienda y esta
última también va a permanecer sana y a salvo.
Esta práctica se relaciona con la fertilidad de la tierra más allá los cultivos, más
allá de un sustrato agronómico. Es una práctica propiciatoria de la fecundidad de la
tierra y de restablecimiento de vínculos de reciprocidad con la misma.
Discusión y apuntes conclusivos
Aclaraciones terminológicas situadas en un diálogo de saberes
Considero importante realizar algunas aclaraciones terminológicas y pragmáticas
sobre el abonado, ya que los conceptos utilizados por las agricultoras y agricultores
de los valles altos, así como expresiones detalladas de las prácticas, pueden ser en
28
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
ocasiones coincidentes o divergentes respecto de aquellas que son de uso más
corriente en las Ciencias de la Tierra (Pedología, Edafología y Agronomía).
Comprender el significado de los conceptos y conceptualizaciones locales, sus
equivalentes y/o la inexistencia de sinónimos es lo que habilitó el diálogo de
saberes. Aquí retomo particularmente los términos y conceptos asociados a la
práctica de abonado (para otras prácticas y conceptualizaciones, Taddei Salinas
2016, 2020, 2024, 2025).
En primer lugar, la preparación de abonos a partir de guano de origen animal,
que en Agronomía se conoce como estercolado (Porta et al., 2003; Jaramillo, 2002),
no lleva un nombre específico en las traducciones basadas en la experiencia
(Padawer, 2013) de los vecinos de los valles altos. Esta palabra y semejantes (por
ejemplo, estiércol) no es mencionada por las personas de los valles altos, quienes,
en cambio refieren al abonado como la práctica de nutrir el sustrato que constituirá la
cama de siembra.
Los restos de la cosecha se conocen como rastrojo en las Ciencias del Suelo,
mientras el descanso del suelo de la parcela para su recuperación (junto con o
cubierto por el rastrojo) es conocido como barbecho. Los campesinos de los valles,
por su parte, utilizan el término rastrojo para referirse a una parcela productiva en
particular (Taddei Salinas, 2022), mientras que no he podido registrar el término
barbecho hasta el momento.
Una de las formas más comunes en las Ciencias del Suelo para tratar la
práctica de abonado se asocia con el uso de conceptos como fertilidad (propiedad
pedológica) y fertilizante (adenda al suelo para mejorar tal propiedad, en sentido
amplio, abarcando abonos de diferente composiciones y orígenes). La primera
prácticamente no es utilizada por las personas del valle, mientras que cuando hablan
de fertilizantes se refieren específicamente a enmiendas químicas (prácticamente sin
29
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
discriminar entre fertilizantes, herbicidas, pesticidas y plaguicidas). Eventualmente
he registrado el uso de tales enmiendas; sin embargo, o bien por decisión propia,
para mantener cultivos “naturales”, o bien por no poder acceder económicamente a
ellos, su uso no está extendido.
Asimismo, no registré el uso de abonos elaborados a partir de desechos
orgánicos de alimentos, prácticas de compostaje, ni el empleo de lombricarios,
asociados a enfoques agroecológicos que, si bien se han difundido en otros
contextos rurales contemporáneos, no forman parte de los repertorios locales de
manejo del suelo.
La quema (con la consecuente integración de carbones y cenizas), está
presente, pero es poco habitual y tiene el fin primero de limpiar la tierra de monte
para iniciar la preparación de la cama de siembra.
Como detallé previamente, los habitantes de los valles altos refieren a abonado
como aquella práctica que implica la incorporación de guano, mientras que “dar
vuelta la tierra” no está indicada explícitamente como tal. Respecto de esto,
podemos decir que los estudios agronómicos indican que, a un nivel general, los
abonos a base guano de animales se caracterizan por una baja relación
Carbono/Nitrógeno (C/N en adelante) (Jaramillo, 2002), lo cual radicaría en facilitar
la mineralización rápida, con liberación de elementos nutricios inmediatos, mientras
el proceso de humificación es poco importante, generando bajos contenidos de
sustancias húmicas. Mientras tanto, el uso de los restos de la cosecha aporta una
alta relación C/N, lo que implica un bajo nivel de mineralización rápida y alto grado
de humificación. Los procesos son lentos, pero aseguran a largo plazo mayor
retención de agua y mejor estructuración del suelo. Sin embargo, este proceso
aporta pocos nutrientes inmediatamente disponibles para las plantas.
30
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
De esta forma, aunque los habitantes de los valles altos no lo expresen
explícitamente, la combinación del guano animal y “dar vuelta la tierra” están
equilibrando las relaciones negativas y positivas C/N, y con ello promoviendo un
balance entre la mineralización y la humificación, asegurando la nutrición vegetal, la
mejora de reservas nutricias en suelo y a la salud del mismo.
Aprender a abonar: saber-hacer, trayectorias y participación
Del abordaje del abonado, como actos variables de enmienda del suelo para la
crianza de plantas, podemos leer un esfuerzo de las personas para explorar y hacer
brotar los potenciales de la tierra de cada parcela.
El trabajo etnográfico me permitió reconstruir el complejo proceso de la
preparación de la tierra de abono. El detalle alcanzado (la intervención de varones y
mujeres de distintas edades, y la utilización de diferentes herramientas) es reflejo de
la importancia de esta práctica para los agricultores de los valles altos, donde los
suelos son poco fértiles y de débil desarrollo. Las experiencias que con el tiempo
derivan en los conocimientos prácticos y saber-hacer aceptados socialmente, que
cada persona posee y pone en práctica a la hora abonar el suelo, se va gestando a
lo largo de su trayectoria de vida, a través de la participación periférica legítima
(Lave y Wenger, 1991).
Los niños comienzan por acompañar a sus padres y abuelos a las parcelas, lo
que les permite una agudización perceptual progresiva y un entendimiento de lo que
acontece; con el tiempo comienzan a participar, en términos de abonado, en la
disgregación del guano y experimentar con la manipulación de herramientas, hasta
lograr una participación completa en todo lo que compete a esta práctica, ya con
cierto dominio del conocimiento práctico (Lave y Wenger, 1991; Padawer, 2010).
31
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Vemos entonces que el abonado como se practica hoy en los valles altos es el
resultado de sedimentaciones de tradiciones, técnicas, saber-hacer, sentido común
individual y compartido.
Ensamblajes materiales, crianza mutua y sentidos ampliados del
abonado
El abonado implica vínculos entre lugares particulares: el espacio para preparar el
abono -normalmente cercano a los rastrojos-; los corrales, bosteaderos y espacios
de refugio de animales en general -con una multiplicidad de materialidades-; los
rastrojos donde se da vuelta la tierra, los restos de la cosecha anterior. Espacios
aparentemente internodales y lugares que a primera vista no parecieran constituir
loci de importancia para la producción agrícola, como las llanuras de inundación
donde crece el cazo (y el ensamblaje a su alrededor). Estas diferentes materias con
vitalidad propia (Bennett, 2022) tienen cualidades distintivas (ej. colores oscuros o
claros, olores fuertes o suaves; guanos cálidos/amargos, texturas finas y gruesas),
que les otorgan un carácter propio y les permiten a las personas conocerlas y
reconocerlas, explorando sus propiedades y utilidades para la agricultura, a través
de un saber-hacer situado (Padawer, 2022).
En la reconstrucción etnográfica de la práctica de abonado consistente en dejar
pasar la hacienda a los rastrojos luego de terminada la cosecha, para que se
resguarde durante el invierno, se puede ver un mutualismo entre los animales y el
suelo: los primeros se alimentan de partes de las plantas diferentes de aquellas que
constituyen el alimento de las personas (otra cosecha, de cierta forma), mientras el
suelo recibe lo que aporta la hacienda en términos de guano.
32
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Entonces, el abono, el guano es una adición intencional al sistema; una
materialidad vital, urgente y necesaria de adicionar, sea que lo hagan las personas o
los animales. Mientras tanto, los retos de cosecha, que en un momento de su ciclo
vital fueron resguardados en el suelo (como semillas), que le pertenecen de cierta
forma, no constituyen un abono, sino que simplemente vuelven al lugar del que
brotaron.
Las prácticas de abonado, basadas en un saber-hacer particular, propio del
agricultor, sumado a la vitalidad de los múltiples materiales ensamblados, hace
posible que el suelo se comporte como soporte y proveedor propicio para el
crecimiento de plantas y, a través de ello, de animales y de las personas, en un
ambiente de crianza mutua (Lema, 2013, 2014).
A lo anterior debemos sumar las múltiples formas de alimentar la tierra, que
trascienden el acto agronómico de reponer nutrientes orgánicos y restablecer un
balance. Las prácticas de alimentar, convidar y ofrendar permiten reflexionar sobre
una tierra, que es más que un suelo que produce alimento para las personas. De
esta forma, todos los materiales y agencias vitales ensamblados en las múltiples
formas que toma la práctica de abonado en un sentido amplio, colaboran entre sí
para lograr una tierra linda y buena, manteniendo su cualidad como madre, paridora
y protectora.
Lejos de establecer comparaciones directas o de proponer lecturas
esencializadas o romantizadas, el análisis busca situar estas prácticas en
trayectorias históricas específicas, atravesadas por transformaciones productivas,
desigualdades y negociaciones cotidianas.
En este sentido, el análisis del abonado como práctica orientada a devolver,
mantener y emular la fertilidad de la tierra abre interrogantes más amplios sobre qué
se considera “abono” en distintos contextos andinos. Entre algunos grupos
33
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
campesinos de Ayacucho (Perú), por ejemplo, se suele hablar del agua como “el
guano” del maíz (Calderón, 2000: 233), lo que desplaza la atención hacia prácticas
como el riego y señala una línea de indagación que permite explorar su vínculo con
el abonado.
Pero eso ya es tema de otro artículo.
34
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Referencias bibliográficas
Agliano F., C. Neveu Collado y D. G. Coll (2024), “Relevamiento de prácticas
agropastoriles actuales en el valle de El Bolsón (Catamarca): un enfoque
etnobiológico y paleoambiental”, Libro de resúmenes XIII Jornadas de Jóvenes
Investigadores en Ciencias Antropológicas, pp. 49-50.
Arias, M. F. (2021), “Recursos animales y subsistencia humana en los valles de altura
del Noroeste argentino: el caso del Alero Los Viscos durante los períodos Tardío
e Hispano-Indígena”, La Zaranda de Ideas: Revista de Jóvenes Investigadores
en Arqueología, 18 (2), pp. 101-121.
Arzeno, M.B. (2008), Pequeños productores campesinos y transformaciones
socioespaciales. El cambio agrario en la Quebrada de Humahuaca, Tesis de
Doctorado inédita, Universidad de Buenos Aires.
Bennett, J. (2022), Materia vibrante. Una ecología política de las cosas, CABA, Caja
Negra.
Bourdieu, P. y L.J.D. Wacquant (1995), Respuestas. Por una antropología reflexiva,
México, Grijalbo.
Brown, A. (2025), “Con la minería, ¿de qué vamos a vivir nosotros?”. Negociación,
aceptación y/u oposición indígena frente al modelo de desarrollo minero. El caso
del Municipio Termas de Villa Vil (Catamarca), Tesis de Doctorado Inédita.
Universidad de Buenos Aires.
Bugallo, L. (2009), “Quipildores: Marcas del rayo en el espacio de la Puna jujeña”,
Cuadernos de la FHyCS, 36, pp. 177-202.
Cáceres, E. (1984), “Agua y Tecnología Andina: Indicadores de Predicción
Meteorológicos”, Boletín IDEA, 18, pp. 54-64.
35
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Cáceres, E. (2000), “Contexto mitológico y ritual de la crianza del agua en el sur andino
(Musuq Llaqta y Acopía)”, en van Kessel, J. y H. Larraín Barros (eds.), Manos
sabias para criar la vida. Tecnología andina, pp. 129-146.
Calderón, C. (2000), “Retos en la concepción del agua en el mundo”, en van Kessel,
J. y H. Larraín Barros (eds.), Manos sabias para criar la vida. Tecnología andina,
pp. 231-246.
Califano, L. M. (2020), “Percepción y manejo del paisaje y de los recursos vegetales
por campesinos trashumantes de Iruya (Salta, Argentina)”, Bonplandia, 29(1),
pp. 101-118. http://dx.doi.org/10.30972/bon.2914112
Chaiklin, S. y J. Lave (2001), Estudiar las prácticas, España, Amorrortu.
Chevallier, D. et I. Chiva (1996), L’introuvable objet de la transmission, en Chevallier,
D. (ed.). Savoir-faire et pouvoir transmettre: Transmission et apprentissage des
savoir-faire et des techniques, pp. 1-11.
https://doi.org/10.4000/books.editionsmsh.3818
Clayton, D. y S. A. Renvoize (1986), “Genera Graminum. Grasses of the World, Kew
Bull”, Addit. Ser. 13, pp. 1-389, f. 1-24.
Coupaye, L. y L. Douny (2009), “Dans la Trajectoire des Choses”, Techniques &
Culture, 52-53, pp. 12-39. https://doi.org/10.4000/tc.4770
Deleuze, G. y F. Guattari (1988), Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia,
Pre-textos.
García, S.P. y D.S. Rolandi (2000), “Relatos y ritual referidos a la Pachamama en
Antofagasta de la Sierra, Puna Meridional argentina”, Relaciones de la Sociedad
Argentina de Antropología, 25, pp. 7-25.
Hodder, I. (2011), “Human-thing entanglement: towards an integrated archaeological
perspective”, Journal of the Royal Anthropological Institute, 17, pp. 154-177.
36
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Ingold, T. (1990), “Society, Nature and the Concept of Technology”, Archaeological
Review from Cambridge, 9, pp. 5-17.
Ingold, T. (1993), “The Temporality of the landscapes”, World Archaeology:
conceptions of time and ancient society, 25, pp. 189-208.
Ingold, T. (2000), The perception of the environment. Essays on livelihood, dwelling
and skill, London, Routledge.
Ingold, T. (2015), Líneas. Una breve historia, Barcelona, Gedisa.
Jäkel, A. y G.A. Marinangeli (2022), Agricultura y actividades pastoriles en el Valle
Calchaquí Norte (Salta, Argentina). Exploraciones en torno a la etnografía y la
materialidad, Arqueología, 28(3) Dossier, 10304, pp. 1-22.
https://doi.org/10.34096/arqueologia.t28.n3.10304
Jaramillo, D. F. (2002), Introducción a la Ciencia del Suelo. Medellín, Universidad
Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias.
Korstanje, M.A. (2005), La Organización del Trabajo en torno a la Producción de
Alimentos en Sociedades Formativas (provincia de Catamarca, República
Argentina), Tesis de Doctorado inédita, Universidad Nacional de Tucumán.
Korstanje, M.A. (2010), Producción y consumo agrícola en el Valle del Bolsón (1991-
2005), en. M.A. Korstanje y M. Quesada (eds.), Arqueología de la Agricultura.
Casos de estudio en la región andina argentina, pp. 48-75.
Korstanje, M.A. y P. Cuenya (2008), Arqueología de la agricultura: suelos y
microfósiles en campos de cultivo del Valle del Bolsón, Catamarca, Argentina,
en M.A. Korstanje y P. Babot (eds.), Matices interdisciplinarios en estudios
fitolíticos y de otros microfósiles, pp. 133-147.
Korstanje, M.A. y P. Cuenya. (2010), Ancient agriculture and domestic activities in
north western Argentina: a contextual approach studying silicaphytoliths and
37
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
other microfossils in soils. Environmental Archaeology, The Journal of Human
Paleoecology, 15, pp. 43-63.
Lane, K. (2009), Engineered highlands: the social organization of water in the ancient
northcentral Andes (AD 1000-1480), World Archaeology, 41(1), pp. 169-190.
http://dx.doi.org/10.1080/00438240802655245
Latour, B. (2008), Reensamblar lo social. Una introducción a la teoría del actor-red,
CABA, Manantial.
Lave, J. (1991), Situating learning in communities of practice, en Resnick, L. B.; J.
Levine y S.D. Teasley (eds.), Perspectives on socially shared cognition, pp. 63-
82. https://doi.org/10.1037/10096-003
Lave, J. y E. Wenger (1991), Situated Learning: Legitimate peripheral participation.
Cambridge, Cambridge University Press.
https://psycnet.apa.org/doi/10.1017/CBO9780511815355
Lema, V.S. (2013), Crianza mutua: una gramática de la sociabilidad andina. Actas de
la X Reunión de Antropología del Mercosur, Córdoba, Argentina.
Lema, V.S. (2014), Hacia una cartografía de la crianza: domesticidad y domesticación
en comunidades andinas, Espaço Ameríndio, 8(1), pp. 59-82.
López Campeny, S.M.L. (2006-2007), El poder de torcer, anudar y trenzar a través de
los siglos. Textiles y ritual funerario en la Puna Meridional Argentina. Cuadernos
del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, 21, pp.
143-155.
Maloberti, M. (2020), El paisaje agrario y las prácticas campesinas en el valle de El
Bolsón (departamento Belén, Catamarca). Cambios y continuidades en la larga
duración, Tesis de Doctorado inédita, Universidad Nacional de Córdoba.
Manccioni, F. y J. Jorge (2022), Aproximaciones al materialismo vibrante de Jane
Bennet. Cuadernos del Sur - Letras, 52, pp. 167-176.
38
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Martínez, M.S. (2020), De historias entrelazadas. Los textiles y las memorias en
Antofagasta de la Sierra, Catamarca, Noroeste Argentino, Relaciones de la
Sociedad Argentina de Antropología, XLV (1), pp. 89-110.
Molina Pico, Á. (2015), Prácticas de movilidad espacial en el valle de El Bolsón, Depto.
de Belén (Catamarca). Los tiempos de la zafra azucarera desde el presente de
sus pobladores, Tesis de Grado inédita, Universidad de Buenos Aires.
Morgante, M. (2004), Malos sitios, malos pasos, mala vida y mala muerte. La
percepción del mal en las comunidades susqueñas, Buenos Aires, Archivos II,
Departamento de Antropología Cultural, Centro de Estudios en Antropología
Filosófica y Cultural.
Negritto, M. A., L. R. Scrivanti, and A. M. Anton (2003), “19. Poaceae, parte 5: tribu
16. Eragrostideae: subtribu a. Monanthochloinae”, Flora Fanerogámica
Argentina, 86, pp.1-11.
Padawer, A. (2010), “Tiempo de estudiar, tiempo de trabajar: la conceptualización de
la infancia y la participación de los niños en la vida productiva como experiencia
formativa”, Horizontes Antropológicos, 16(34), pp. 349-375.
Padawer, A. (2013), “El conocimiento práctico en poblaciones rurales del sudoeste
misionero: habilidades y explicaciones”, Astrolabio-Nueva Época, 10, pp. 156-
187.
Padawer, A. (2014), “Mis hijos caen cualquier día en una chacra y no van a pasar
hambre, porque ellos saben”: Oportunidades formativas y trabajo predial de los
jóvenes en el sudoeste de Misiones-Argentina”, Trabajo y Sociedad, 22, pp. 87-
101.
Padawer, A. (2020), “Estudios sociales sobre la producción de conocimiento en la
agricultura familiar, la capitalización mediana, la agroindustria y sus agendas
públicas”, en Padawer, A. (comp.), El mundo rural y sus técnicas, pp. 11-43.
39
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Padawer, A. (2022), “Sobre lo que implica aprender de los otros para la antropología”,
Revista Colombiana De Antropología, 58(1), pp. 197–199.
Padawer, A., L. Canciani, J. Greco, L. Rodrígues Celin y A. Soto (2017), “Saber Hacer.
La participación en actividades de reproducción social, en las dimensiones
expresivas de la vida social y en la escuela”, Boletín de Antropología y
Educación, 8(11), pp. 41-45.
Pálsson, G. (1994), “Enskilment at sea”. Man, 29, pp. 901-927.
https://doi.org/10.2307/3033974
Piña, C. (1989), “Aproximaciones metodológicas al relato autobiográfico”. Revista
Opiniones, 16, pp. 107-124.
Porta C., J., A. R. López, y C. Roquero de L (2003), Edafología para la agricultura y el
medio ambiente. España, Mundi Prensa.
Quiroga, L. (2002), Paisaje y relaciones coloniales en el Valle de Cotahau. Del Tardío
a la ocupación colonial, Tesis doctoral inédita, Universidad Internacional de
Andalucía.
Rengifo V., G. (1994), “El suelo agropecuario en las Cultura Andina y en Occidente
Moderno”, en Grillo, E., V. Quiso, G. Rengifo y J. Valladolid (comps.), La Crianza
Andina de la Chacra, pp. 47-130.
Rengifo V., G. (1995), “La crianza recíproca: Biodiversidad en los Andes”,
Biodiversidad, Compendio 2 “Transgénicos”, pp. 34-39.
Rockwell, E. (1980), Antropología y educación: problemas del concepto de cultura.
México, Departamento de Investigaciones Educativas, Centro de Investigación y
Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional.
Rogoff, B., R. Paradise Loring, A. R. Mejía, M. Correa Chávez y C. Angelillo. (2010),
“El aprendizaje por medio de la participación intensa en comunidades”, en
40
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Pasquel, L. (ed.), Socialización, lenguajes y culturas infantiles estudios
interdisciplinarios, pp.: 95-134.
Salinas, B. y A. López. (2012), “Los saberes campesinos y la universidad: ¿vía para
el desarrollo sostenible, la independencia intelectual y la interculturalidad?”,
Revista Congreso Universidad, I(1), pp. 1-11.
Saltalamacchia, H.R. (1992), La historia de vida. San Juan, Ediciones CIJUP.
Sigaut, F. (2009), “Techniques, technologies, apprentissage et plaisir au travail... “,
Techniques & Culture, 52-53, pp. 40-49. https://doi.org/10.4000/tc.4770
Taddei Salinas, M. L. (2016), Los suelos del valle de El Bolsón: entre el saber
campesino y el conocimiento científico. Una aproximación etnopedológica (Dpto.
Belén, Catamarca), Tesis de grado inédita, Universidad Nacional de Tucumán.
Taddei Salinas, M. L. (2020), “Etnografía como estrategia teórico-metodológica para
una Arqueología colaborativa. El caso de los valles altos del oeste de Catamarca
(Argentina)”, Memorias VI Congreso ALA. Desafíos emergentes Antropologías
desde América Latina y El Caribe, Volumen VII, Asociación Latinoamericana de
Antropología, pp. 489-497.
Taddei Salinas, M. L. (2022), “Apuntes para una etnoarqueología de las técnicas y la
práctica agrícola de los valles altos (NOA) como caso de estudio”, Espaço
Ameríndio, 16(3), pp. 334-354.
Taddei Salinas, M. L. (2024), Arqueología de los suelos en los valles altos del oeste
de Catamarca: materialidad y saberes en diálogo para el conocimiento de
paisajes agrícolas campesinos, Tesis de Doctorado Inédita, Universidad de
Buenos Aires.
Taddei Salinas, M. L. (2025), “In defense of the soils. A hybrid perspective of
archaeology of agriculture in the Andean high valleys (Catamarca, Argentina)”,
41
Revista Redes 61 – ISSN 1851-7072
Frontiers Environmental Archaeology, 4, pp. 1622077.
https://doi.org/10.3389/fearc.2025.1622077
Van Kessel, J. y D. Condorí Cruz. (1992), Criar la vida: trabajo y tecnología en el
mundo andino. Santiago de Chile, Vivarium.
Videla, E. y S. Fioretti. (2019), “Fichas Coleccionables paisajismo de zonas áridas”,
Revista de Divulgación Científica, 10.
Artículo recibido el 4 de agosto de 2025
Aprobado para su publicación el 27 de diciembre de 2025