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DOI: https://doi.org/10.48160/18517072re61.566
El insistente problema del fetichismo genético
Reflexiones ontológicas y epistemológicas a partir
de El gen egoísta de Richard Dawkins+
Ana Mines Cuenya*
Resumen
El objetivo del artículo es reflexionar sobre los problemas aparejados al fetichismo
genético a partir de algunos postulados de la popular obra de Richard Dawkins, El
gen egoísta. El fetichismo genético refiere a una compresión imprecisa y extendida
de que los genes son algo en sí mismos, es decir, entidades cuya existencia es
independiente, relativamente autónoma y determinante respecto de lo que los seres
vivos son. Para llevar adelante el análisis me enfoco en tres dimensiones de El gen
egoísta: 1) La definición de “gen” y su relación con la evolución biológica; 2) la forma
+ Agradezco al programa de becas posdoctorales en la Universidad Nacional Autónoma de México, al
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) y, en especial, a
mi asesora la doctora Norma Blazquez Graf.
También, extiendo mi agradecimiento al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET), Argentina, por el apoyo brindado.
* Programa de Becas Posdoctorales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Becaria del
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH). Correo
electrónico: anamines@gmail.com.
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de entender a los individuos (y sus cuerpos), y; 3) las formas de definir las relaciones
entre los genes e individuos con el ambiente. Luego, se discutirán las definiciones de
Dawkins a partir de tres discusiones estratégicas: 1) El uso de metáforas en el
abordaje de lo genético; 2) la idea de los genes como entidades autónomas y; 3) los
presupuestos subyacentes en las nociones de conservación/variación en los debates
sobre evolución biológica y la selección natural.
Palabras clave
FETICHISMO GENÉTICO, GENES, DAWKINS, VARIACIÓN, CONSERVACIÓN, EL GEN EGOÍSTA
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Introducción
El propósito del presente trabajo es reflexionar acerca del problema definido por la
bióloga y filósofa estadounidense de la ciencia y la tecnología Donna Haraway como
“fetichismo genético” (2004, 2018), a partir del análisis de El gen egoísta de Richard
Dawkins. El libro de Dawkins, publicado por primera vez en 1976, ha sido reeditado
numerosas veces y ha sido traducido en distintos idiomas, erigiéndose como una de
las obras más populares de biología evolutiva. Asimismo, es una de las obras más
difundidas de la corriente de pensamiento biológico conocida como neodarwinismo o
Teoría Sintética de la Evolución, central en los debates en biología evolutiva de la
segunda mitad del siglo XX, la cual se caracteriza por el rol central y determinante
que otorga a la selección natural como motor de la evolución (Rose, 1976; Dawkins,
1981; Kamin, Lewontin y Rose, 1987; Stengers y Hammer, 2009). Las maneras en
las que Dawkins define a los genes en este libro no sólo han ocupado centralidad en
los debates especializados, sino que han circulado en diversos auditorios no
especialistas de manera duradera. La popularidad de su propuesta y recepción,
sostengo, es lo que hace pertinente el análisis de sus argumentos y sus efectos
ontológicos y epistemológicos a la luz de la idea de fetichismo genético.
Siguiendo a Haraway (2004), la noción de fetichismo genético refiere a una
compresión imprecisa y extendida de que los genes son algo-en-sí-mismos, es decir,
entidades cuya existencia es independiente, autónoma y determinante respecto de
lo que los seres vivos son. En este trabajo se sostiene que el libro de Dawkins lleva
adelante este tipo de abordaje utilizando explicaciones tan eficaces y atractivas
como simplistas, monocausales y abstractas, desconectadas de los procesos
fisiológicos, ambientales y semiótico-materiales en los que los genes son.
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Para desmenuzar la noción de “fetichismo”, Haraway (2004) bucea en los
trabajos de Marx, Freud y Whitehead. Marx utilizó esta noción para referirse a un
fenómeno central del capitalismo: el fetichismo de la mercancía. Este se manifiesta
cuando las mercancías se nos presentan como objetos triviales, de compresión
inmediata, como si sus características emanasen de su naturaleza. En otras
palabras, su carácter fetichista se expresa al obliterar las múltiples relaciones
sociales que hicieron posible su existencia. Según Marx, “su análisis demuestra que
[la mercancía] es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias
teológicas” (2002: 87). Pues, para que las mercancías (y los genes) consigan esa
apariencia simplificada de cosas autoevidentes, son necesarias numerosas
operaciones sociotécnicas; en palabras del Marx, es necesario el ocultamiento del
“reino de la producción”. Haciéndose eco del materialismo analítico marxista,
Haraway afirma que el gen “no es una cosa, mucho menos una ‘molécula principal’ o
un código autocontenido. Por el contrario, el término gen significa un nodo de acción
duradera en el que se encuentran muchos actores, humanos y no humanos” (2004:
169).
El psicoanálisis freudiano ofrece otros elementos para pensar el fetichismo
genético. Para Freud, “fetiche” remite a lo que se utiliza en la complacencia libidinal,
es decir, en la satisfacción o placer derivado del impulso o fuerza vital que nos
constituye. Para pensar lo genético, dice Haraway, la idea psicoanalítica de
fetichismo pone sobre la mesa la satisfacción que producen imágenes poderosas y
seductoras como la de gen, cuyo encanto radica, ni más ni menos, que en su
capacidad de resumir el misterio de la vida. ¿Por qué renunciaríamos a ello? La
simpleza explicativa del fetichismo genético, parafraseando a Haraway, opera como
un hechizo en tanto genera una comprensión general y rápida, asequible y
tranquilizadora. Por el contrario, la complejidad y el carácter contingente, variable e
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inacabado de los mecanismos genómicos asustan y su comprensión resulta
desafiante y trabajosa.
Por último, Haraway toma de Whitehead la idea de “falacia de la ubicación
simple”, es decir, la creencia errónea de que los objetos físicos existen en un punto
específico del espacio y tiempo, sin considerar sus relaciones con otros objetos y
procesos. Esta falacia supone un error filosófico-cognitivo por el que se confunden
entidades concretas con categorías abstractas. Haciéndose eco de las ideas de
Whitehead, Haraway señala el error y las implicancias que supone equiparar la
noción de gen como concepto abstracto con entidades fisiológicas concretas.
En un texto de hace algunas décadas Nelkin y Lindee (1995) señalaron que,
más allá de sus propiedades biológicas, el gen supo asumir la forma de un “ícono
cultural”. La vigencia de este postulado es lo que impulsa a este artículo. Para
analizar el problema del fetichismo genético, primero, hago un breve repaso de la
historia del gen revisitando los momentos en los que este conformó un supuesto,
una entidad y un interrogante. Luego, llevo adelante el análisis de tres dimensiones
centrales de El gen egoísta de Dawkins, a saber: 1) La definición de gen y su
relación con la evolución biológica; 2) la forma de entender las relaciones entre
genes, individuos (y sus cuerpos), es decir, las relaciones entre genotipo y fenotipo,
y; 3) las formas en las que Dawkins define los vínculos entre genes, individuos y
ambiente. Luego, considerando identificación de problemas clave en los
antecedentes bibliográficos, organizo la discusión de los principales postulados de El
gen egoísta a partir de tres dimensiones que entiendo estratégicas para el análisis
del fetichismo genético, a saber: 1) El uso de metáforas en el abordaje de lo
genético (y lo vivo); 2) el problema de la autonomía de los genes, y; 3) los
presupuestos subyacentes en las nociones de conservación/variación en los debates
sobre selección natural y evolución biológica. Con este trabajo pretendo contribuir a
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los debates interdisciplinarios respecto de las ontologías y epistemologías de lo
biológico, lo genético y lo genómico, es decir, al ejercicio de pensar y definir
problemas clave para estos campos, sus formas de abordaje y efectos a partir del
trazado de diálogos constructivos entre ciencias sociales y biológicas.
Breve genealogía: los genes como supuestos, como
entidades e interrogantes
La historia de los genes nos muestra muchas cosas, entre ellas, cuán fructífera
puede ser una pregunta en la producción de conocimientos. Si bien sus raíces se
remontan al siglo XVII, qué son los genes y cómo funcionan son interrogantes que
cristalizaron como tales en el siglo XX, período llamado por la historiadora
estadounidense de la ciencia Evelyn Fox Keller (2002) como “el siglo del gen”. Estas
preguntas guardan consigo el supuesto de que los genes son, en efecto, algo; una
especie de unidad material y funcionalmente diferenciada. Además de su innegable
productividad, esta forma de pensar a los genes trajo consigo dificultades y desafíos
al naciente campo de la genética científica.
El “siglo del gen” supuso un período activo en términos de investigación
genética, principalmente en Europa occidental. En 1906, William Bateson acuñó la
palabra “genética” para referirse a la incipiente rama de la fisiología encargada de
investigar los mecanismos de la herencia y del desarrollo. Apenas tres años
después, Wilhelm Johannsen propuso la palabra “gen” intentando representar
intuiciones, fundamentadas a lo largo de siglos, que indicaban la existencia de algo
que pasaba entre individuos de una generación a otra, responsable de las
continuidades y parecidos en el desarrollo de los organismos. Esta intuición operó
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como una especie de directriz abstracta que guio la investigación genética durante
las décadas subsiguientes, abriendo paso a los hitos científicos que tuvieron lugar
en la segunda parte del siglo (Fox Keller, 2002; El-Hani, 2022).
En 1953, James Watson y Francis Crick, con la colaboración fundamental del trabajo
de Rosalind Franklin (Madoxx, 2002), describieron la composición de los genes
(ácido desoxirribonucleico, o sea, ADN) y su estructura: la famosa doble hélice
(Watson, 2000). Algunos años después, Crick (1970) describió aquello que llamó el
“dogma central de la biología molecular”, una explicación sintética y eficaz de los
genes según su función. Este dogma reza del siguiente modo: los genes se
transcriben en ácido ribonucleico (ARN) y este último se traduce en proteínas. Así, el
dogma central de la biología molecular definía a los genes como las secuencias
codificantes del ADN.
Hasta aquí la idea de que los genes conformaban una unidad funcional
fundamental, localizable y relativamente autónoma ganaba fuerza y sustento. Sin
embargo, la sofisticación y creciente precisión en los conocimientos sobre el
funcionamiento del genoma (compuesto por los segmentos codificantes —genes— y
los no codificantes del ADN), los mecanismos de transcripción (junto con los
múltiples tipos y funciones del ARN), la síntesis de proteínas y la epigenética fueron
sembrando interrogantes en la eficacia explicativa del dogma central (Fox Keller,
2002; Haraway, 2004; Fox Keller y Harel, 2007; Boza-Cordero, 2023). Mientras más
se fue (y va) conociendo sobre el genoma, más complejos, múltiples y hasta
enigmáticos parecen ser sus mecanismos. Pues, cada avance también supone un
nuevo conocimiento respecto de lo que aún no se conoce.
Las investigaciones desarrolladas en las décadas siguientes, como la puesta a
punto de la técnica de ADN recombinante y la descripción de los mecanismos de
expresión génica conocidos como alternative splicing en los ’70, fueron mostrando lo
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poroso e inestable de las fronteras de los segmentos de ADN identificados como
genes, así como detalles de su participación en mecanismos variables en los que
confluyen procesos biológicos de distinto orden y escala (Pearson, 2006).
En 1990 se inició el Proyecto Genoma Humano (PGH), evento que supuso u
parteaguas para las ciencias biológicas (Fox Keller, 2002; Richardson y Stevens,
2015). Sus resultados fueron publicados en 2003, mostrando cuantiosos datos sobre
el funcionamiento genómico. Estos datos supusieron avances significativos en el
conocimiento sobre los genes y el genoma, así como la puesta en cuestión de los
postulados que sostenían que los genes conformaban unidades material y
funcionalmente diferenciadas. Si bien en los inicios del PGH se imaginó que la
secuenciación completa del genoma significaría la conquista de una nueva cima en
el conocimiento de los genes, más que un punto de llegada, sus resultados
configuraron un nuevo punto de partida signado por la emergencia de nuevos
interrogantes. En otras palabras, el PGH supuso la vuelta de página del siglo del gen
y el inicio de los tiempos “postgenómicos” (Fox Keller, 2002; Richardson y Stevens,
2015).
Según Fox Keller (2014) y Richardson y Stevens (2015), los tiempos
postgenómicos se caracterizan por el abandono de esquemas explicativos estáticos
y de corte mecanicista, así como por la emergencia de marcos de pensamiento
vivos, complejos y en constante evolución. Estas transformaciones ontológicas y
epistemológicas respecto del genoma suceden al mismo tiempo en que los datos
sobre el mismo y sobre su funcionamiento se multiplican exponencialmente gracias
a la creciente eficiencia y accesibilidad a las tecnologías de secuenciación, como los
estudios de asociación del genoma completo (GWAS, por su sigla en inglés)
(Richardson, 2011).
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Las investigaciones genómicas han cuestionado la idea de que los genes sean
una unidad discreta, funcionalmente autónoma y materialmente distinta del resto del
ADN (El-Hani, 2022; Keller y Harel, 2007; Pearson, 2006). Lo que difícilmente pueda
discutirse es que los genes continúan ocupando un lugar protagónico en esquemas
explicativos extendidos respecto de qué es la vida, cómo funciona y cómo podría
funcionar si interviniésemos en su estructura. Parafraseando a Fox Keller (2002), en
tanto imagen capaz de traducir de manera relativamente simple mecanismos
biológicos fundamentales, los genes nombran, revelan y gustan. Su poder
explicativo rebasa los límites de la investigación científica haciendo de los genes
entidades autotélicas y herramientas argumentativas utilizadas de manera extendida
y recurrente para hablar de quienes somos en ámbitos de distinto tipo.
La complejidad creciente que aportan numerosas investigaciones en genómica
y biología molecular convive con la vigencia de nociones fetichistas de los genes
utilizadas ampliamente en medios de comunicación y en la opinión pública, en
ámbitos judiciales (Nussbaum, 2002; Attias y Peralta, 2020), políticos y médicos
(Faúndes Morán, 2014). Algunos de los mayores problemas que suponen los usos
fetichistas de los genes son la reificación de lo genético, el reduccionismo de
problemáticas que son simultáneamente biológicas, técnicas, políticas y sociales y la
obturación de discusiones participativas y plurales respecto de los desarrollos de la
genética y la genómica.
Análisis: mapeando dimensiones fetichistas de El gen
egoísta
Nacido en 1941, Richard Dawkins es un biólogo evolutivo y comunicador que desde
joven se construyó como referencia en las discusiones sobre biología evolutiva,
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especialmente en Estados Unidos. Su trabajo se inscribe en una corriente de
pensamiento conocida como neodarwinismo, la cual reclama un lugar protagónico
en la herencia del legado Charles Darwin. Una característica distintiva del
neodarwinismo es el peso otorgado a la selección natural en tanto mecanismo rector
de la evolución. El aporte de Dawkins en estas discusiones es el haber destacado el
papel de los genes como unidad protagónica de ese proceso selectivo.
El gen egoísta es un libro que demuestra una indudable vocación
comunicacional. Se dirige a un público experto y no experto (Ridley, 2016) con un
lenguaje directo y simple, incurriendo en abstracciones, generalizaciones y
adjetivaciones de manera permanente. Para analizarlo, he trabajado con su novena
edición en español, publicada en el marco de su 40º aniversario. En esta, se
agregaron notas aclaratorias, prefacios y prólogos de ediciones previas, además de
los dos capítulos de El fenotipo extendido, libro publicado por Dawkins seis años de
El gen egoísta como respuesta a las numerosas críticas recibidas. Salvo el prólogo
de la primera edición, escrito por Robert Trivers, el resto son prosa de Dawkins. En
uno de esos textos añadidos el autor manifiesta que, a pesar de los esfuerzos
realizados durante décadas, nunca pudo liberarse de la fama de El gen egoísta, su
primer libro. Otro tipo de textos que se incluyeron en la edición analizada fueron
reseñas escritas por colegas de Dawkins, como John Maynard Smith, quien en su
texto subraya que El gen egoísta es “un libro sobre el proceso evolutivo —no es
sobre moral, ni sobre política, ni sobre las ciencias humanas” ( Maynard Smith, 2017:
506).
El volumen y los contenidos de los textos añadidos denotan esfuerzos por
separar lo que el libro original une, una y otra vez, mediante el uso permanente de
metáforas belicistas, individualistas y competitivas utilizadas para describir los
procesos que se delinean. En esos textos aclaratorios, Dawkins se excusa
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afirmando que las adjetivaciones utilizadas son “sólo metáforas”. Sin embargo, tanto
el énfasis de las críticas, como los esfuerzos volcados en las explicaciones
realizadas a posteriori de la publicación del libro, denotan que lo expresado en El
gen egoísta no fue inocuo, sino que provocó consecuencias costosas en términos
políticos y científicos (Dawkins, 1981). Entre ellas, se destacó el pronunciamiento del
partido político Frente Nacional Británico de 1980 en el que se afirmó que el racismo
sería producto de nuestros genes egoístas (Kamin, Lewontin y Rose, 1987).
Evidentemente, Dawkins subestimó las consecuencias aparejadas a las formas en
las que se cuentan las relaciones entre los genes y la evolución (Stengers y
Hammer, 2009).
Egoísta e inmortal: La definición de “gen” y de su papel en los
procesos evolutivos
El gen egoísta presenta un relato sobre la historia de la vida y la evolución que va
desde el surgimiento de las moléculas biológicas que antecedieron al ADN, hasta
aquello que Dawkins denomina “el fenotipo extendido”. Desde el inicio, su abordaje se
tiñe de las pretensiones universalistas, ahistóricas y neutrales propias de un
positivismo ingenuo (Haraway, 1995).
En un libro titulado El blogo dialéctico, los blogos Richard Lewontin y Richard
Levins (2015) describieron las implicancias de una “tradición dialéctica” para pensar la
evolución biológica. Esta consiste en el ejercicio de pensar simultáneamente el
carácter histórico de los procesos biológicos y la dimensión histórica de la biología
como disciplina. En el libro de Dawkins no se identifican gestos vinculados a la
particularización histórica de su abordaje. Por el contrario, su prosa abunda en
supuestos y generalizaciones que no se explican, sino que se repiten e ilustran con
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ejemplos. En relación con el análisis de su objeto, los genes, su gesto es parcialmente
distinto, puesto que le confiere historia y antecedentes: “los primeros replicadores”. Sin
embargo, una vez constituidos, los genes de Dawkins pierden ese carácter contingente
para convertirse en la unidad ontológica transcendental de la evolución biológica.
Dawkins señala que los primeros “replicadores” fueron los antecedentes de lo que
en el siglo XX fue conocido como genes. Estos replicadores surgieron de las
combinaciones químicas azarosas que tuvieron lugar en los tiempos geológicos de los
caldos primordiales. Los caldos eran una especie de laboratorio a ciegas en los que
surgían composiciones incesantes, resultado de las interacciones entre los elementos
químicos disponibles sujetas a las condiciones físicas de esos tiempos. Esa producción
continua tuvo como punto de inflexión la emergencia de los replicadores, “una molécula
especialmente notable que se formó por accidente […] [y que] tenía la extraordinaria
propiedad de poder crear copias de misma”. Esa novedosa capacidad supuso “un
nuevo tipo deestabilidad’” a través de la generación de “una gran población de
réplicas idénticas” (Dawkins, 2017: 22).
Según este relato, los primordios de la vida fueron posibles gracias al azar y la
variación, pero su posibilidad de perdurar estuvo sujeta a la emergencia de una nueva
capacidad vinculada a la conservación. O sea, si bien son los errores –o la variacn–
“los que hacen posible la evolución”, su valor radica en la posibilidad de generar
entidades con capacidades de perduración (Dawkins, 2017).
Según Dawkins, para ser efectiva en términos evolutivos, “la unidad práctica” de
la seleccn natural debe tener las siguientes propiedades: “longevidad, fecundidad y
fidelidad en la copia. Entonces, dice el autor,nos limitaremos a definir al ‘gen’ como la
unidads grande que, al menos potencialmente, posee dichas propiedades
(Dawkins, 2017: 48). Las tres características señaladas se relacionan con la supuesta
capacidad de los genes para perdurar en el acervo génico de futuras generaciones,
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aspecto central de la naturaleza –teleológica– de los genes. Esta idea ya estaba
presente en los postulados de Johannsen, quien en 1909 sostenía que los genes eran
“una unidad hereditaria no observable(El-Hani, 2022: 263). Setenta años más tarde,
Dawkins insistía en que “la unidad fundamental de selección […] no es la especie ni el
grupo, ni siquiera estrictamente hablando el individuo. Es el gen, la unidad de la
herencia” (2017: 15).
Según los postulados neodarwinistas a los que El gen egoísta suscribe, la
selección natural es el principio que regula la evolución biológica (Stengers y
Hammer, 2009). La presión ejercida por las circunstancias ambientales (clima,
disponibilidad de alimentos, el peligro que supone el ataque de otras especies, entre
otros), externas al individuo y a los genes, supone el desafío a ser sorteado en pos
de sobrevivir y dejar la mayor cantidad de descendencia posible. En otras palabras,
la presión selectiva actúa favoreciendo o no a determinados organismos de una
población, los cuales subsisten según su “eficacia biológica” diferencial para
adaptarse a determinado medio. Algunos individuos de poblaciones específicas
presentan variaciones asociadas a ciertos genes que incrementarán su “fitness” o
aptitud biológica, dándoles la posibilidad de vivir más y mejor y de dejar una
descendencia más cuantiosa y, por lo tanto, mayor cantidad de los genes asociados
a esas variaciones en el acervo génico. Para explicar esto, Dawkins apela a modelos
matemáticos, abstractos, de causalidad directa y conceptualmente simples, que le
permiten trazar especulaciones sobre el número de genes que podrían perdurar en
el futuro de las siguientes generaciones en caso de ser exitoso (Sterelny, 2020).
Para perdurar, según Dawkins, los genes compiten entre sí y, en esa
competencia, el egoísmo supone una cualidad intrínseca altamente valorada:
(…) a nivel gen, el altruismo tiene que ser malo, y el egoísmo, bueno. (…). Los genes
compiten directamente con sus alelos por la supervivencia, ya que sus alelos en el acervo
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nico son rivales que podrán ocupar su puesto en los cromosomas de futuras generaciones.
Cualquier gen que se comporte de tal manera que tienda a incrementar sus propias
oportunidades de supervivencia en el acervo génico a expensas de sus alelos tenderá por
definición y tautológicamente, a sobrevivir. El gen es la unidad sica del egoísmo (Dawkins,
2017: 50).
Puesto que en este planteo la supervivencia de unos es en detrimento de otros, los
genes de Dawkins son protagonistas de una competencia por sobrevivir signada por
la escasez. Su carácter egoísta orienta las acciones necesarias para su perduración
al mismo tiempo que la conservación como fin da sentido al egoísmo. Siguiendo a
Sterelny, para Dawkins la historia de la vida se reduce, en última instancia, “a la
guerra entre linajes de genes” (Dawkins, 2020: 41).
El carácter egoísta de los genes conforma un aspecto central de la propuesta
de Dawkins, un metaprincipio moral y con tintes metafísicos. Aunque se trata de una
noción que difícilmente pueda ser examinada y probada, el egoísmo de los genes es
asumido como una proposición fundamental en la explicación de su naturaleza. En
tanto metaprincipio, el carácter egoísta subyacente en los genes organiza, dirige y
da sentido a las conductas de individuos y grupos, sean estas evidentemente
egoístas o de apariencia altruista. En efecto, los comportamientos altruistas serían
un mero medio para la realización de la naturaleza egoísta de los genes, vinculada
con su preservación. En palabras de Dawkins, la cualidad egoísta de los genes
“dará, normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano. Sin embargo,
[…] hay circunstancias especiales en las cuales los genes pueden alcanzar mejor
sus objetivos egoístas fomentando una forma limitada de altruismo” (Dawkins, 2017:
3).
Ahora bien, ¿el carácter egoísta de los genes abona concepciones biológicas
deterministas? Siguiendo a Kamin et al., el “determinismo biológico” supone que las
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“acciones humanas son consecuencias inevitables de las propiedades bioquímicas
de las células que constituyen al individuo y que estas características están a su vez
determinadas únicamente por los constituyentes de los genes que posee cada
individuo (1987: 16). No son pocos los pasajes en los que Dawkins explica de
manera taxativa los comportamientos de los seres vivos, incluyendo humanos, a
partir de las características de los genes, sin mediación alguna.
Este tipo de afirmaciones son las que levantaron mayor polvareda luego de
publicado el libro. Frente a las críticas recibidas, la defensa de Dawkins respecto del
egoísmo de los genes se basó en la afirmación de que sólo se trataba de una
metáfora utilizada para explicar, quizás de manera demasiado vehemente, el
funcionamiento de la naturaleza de los procesos evolutivos. En numerosas
oportunidades, Dawkins lamentó haber hablado de genes “egoístas” en vez de
“inmortales”. A pesar de que ambas palabras eran “igual de fascinantes”, la idea de
egoísmo supone características negativas, mientras que la de inmortalidad, no
(Dawkins, 2017). Según Ridley, la noción de “inmortalidad”, menos cargada de tintes
morales, podría haberle evitado “interminables discusiones, tan queridas por sus
críticos y tan evocadoras de la postura intencional […]. Incluso podría haber evitado
la idea errónea de que Dawkins defendía el egoísmo individual” (2016: 463).
Los cuerpos/individuos como máquinas de supervivencia
En el apartado anterior dijimos que El gen egoísta presenta a los genes como
unidades estables y autónomas capaces de competir por perdurar a lo largo del
tiempo. Esta definición hace de los genes una sustancia trascendente, al mismo
tiempo que un principio metafísico y ontológico que, si bien es rector en la obra de
Dawkins, no se explicita ni explica; simplemente se insiste con él.
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En este marco, los cuerpos de los organismos y/o los individuos1 suponen
meros agregados, “máquinas de supervivencia”, al servicio de la perduración de los
genes. En palabras del propio Dawkins,
[E]llos [los genes] son los replicadores y nosotros somos sus máquinas de
supervivencia. Cuando hemos servido nuestro propósito somos descartados. Pero los
genes son los habitantes del tiempo geológico: los genes permanecerán siempre
(Dawkins, 2017: 48).
En El gen egoísta los individuos y sus cuerpos son relevantes, pero en tanto medio o
accesorio dispuesto en relación con la perduración de los genes, o sea, “como un
arma de lucha entre linajes genéticos” (Sterelny, 2020: 41).
Esta concepción instrumental y accesoria de los individuos y sus cuerpos
podría ser discutida desde varios puntos de vista. Uno podría ser el moral, pues la
idea de “descarte” o prescindencia de los cuerpos en relación con genes
fundamentales, más o menos eficaces para perdurar, abona maneras peligrosas y
diferenciales de entender la importancia de la vida de los individuos. La propuesta de
Dawkins también podría analizarse atendiendo a los supuestos tácitos presentes en
la descripción de las relaciones entre genes y cuerpos/individuos. Pues Dawkins da
por sobreentendida —al mismo tiempo que establece— una relación causal y
transparente entre genes y cuerpos o entre genotipos y fenotipos.
Según Dawkins, “la selección natural favorece a algunos genes más que otros,
no por la misma naturaleza de estos, sino por sus consecuencias, es decir, por sus
efectos fenotípicos” (Dawkins, 2017: 325). Los genes no tienen una relación directa
con el entorno ni con las presiones que este ejerce a los individuos para sobrevivir;
1 Sostengo la ambigüedad con la que estos términos aparecen en El gen egoísta. Allí, las máquinas
de guerra a veces somos “nosotros”, a veces son los cuerpos y otras veces los individuos.
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esta relación está mediada por sus efectos fenotípicos, es decir, por los cuerpos o
“máquinas de supervivencia”. En un prólogo escrito con posterioridad a la primera
edición del libro, Dawkins afirma que “somos máquinas de supervivencia, vehículos
autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas
conocidas con el nombre de genes” (Dawkins, 2017: xxix). La idea de programación
“a ciegas” fue la forma que Dawkins encontró para eludir las críticas que le
cuestionaban el otorgamiento de intencionalidad a los genes.
Intencional o no, quiero detenerme en las características lineales que Dawkins
otorga a las relaciones entre genotipos y fenotipos. Pues según él, los genes se
asocian a ciertas características fenotípicas, mejor o peor adaptadas para sobrevivir
en determinados contextos. Sin embargo, desde hace décadas existe consenso
respecto de que los caracteres fenotípicos de los seres vivos, especialmente los que
se reproducen de manera sexual, no se encuentran preformados en los gametos,
sino que se producen durante un proceso de epigénesis, es decir, durante el
desarrollo (El-Hani, 2022). Los aportes de la rama de la biología evolutiva del
desarrollo, también conocida como evo-devo (Martínez, 2022), señalan que las
características fenotípicas de un organismo no deben ser entendidas como el mero
reflejo del designio de los genes, sino como resultados de procesos complejos en los
que intervienen factores de diversa índole que exceden a las características
morfológicas de determinados genes.
Sin embargo, la idea de “máquinas de supervivencia” de Dawkins resalta la
supuesta naturaleza fundacional de los genes. Según su definición, los cuerpos
conforman vehículos, accesorios y descartables, que mientras mejor pertrechados
se encuentren, más posibilidades les darán a los genes de perpetrarse. La
heterogeneidad de las máquinas de supervivencia se vinculada con las
características heterogéneas de los genes, exitosas o no según su eficacia biológica,
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es decir, con sus posibilidades diferenciales para producir cuerpos que los hagan
perdurar en contextos específicos. En efecto, Dawkins (2017) resalta que, en tanto
vehículos de los genes, las máquinas de supervivencia no suponen ningún tipo de
controversia respecto del rol fundamental de los genes como unidad de la evolución
biológica.
Las relaciones entre genes y ambiente: El brazo largo del gen
Para demostrar que su análisis no era reduccionista, Dawkins focalizó en el análisis
de los entornos. Su propuesta puede resumirse de la siguiente forma: así como los
genes no son indiferentes respecto de sus vehículos más inmediatos —los
cuerpos—, tampoco lo son de los entornos en los que estos se desenvuelven,
sobreviven y se reproducen. Por el contrario, participan de su diseño y creación.
Los genes intervienen en los entornos provocando la generación de
condiciones que favorezcan su proliferación en el acervo génico. Las máquinas de
supervivencia —“fenotipo”— y los ambientes —“fenotipos extendidos”— son
variables, perecederos y anexos; su existencia y forma cobran sentido en cuanto
favorecen la perdurabilidad de los replicadores:
Los efectos fenotípicos de un gen se ven normalmente […] sobre el cuerpo en que se
encuentra. […]. Pero […] los efectos fenotípicos de un gen deben considerarse como todos
los efectos que tienen sobre el mundo […]; son las herramientas con las que se catapulta a
mismo hasta la siguiente generación. Y adisolamente que las herramientas pueden
alargar su brazos allá de la pared individual del cuerpo. […]. Vienen a la mente ejemplos
de artefactos como los diques de castor, los nidos de las aves y las cápsulas de los tricópteros
(Dawkins, 2017: 329).
La idea de “brazo largo del gen” remite a su capacidad para intervenir más allá de
las características fenotípicas de los cuerpos. Refiere a su capacidad para incidir en
el ambiente, implementada a través de las máquinas de supervivencia, produciendo
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condiciones que les permitan “catapultarse” hacia generaciones subsiguientes. La
adecuación del entorno forma parte del “fenotipo ampliado” en tanto es resultado de
la intervención de los genes en pos de su propia perdurabilidad. De esta manera,
cualquier comportamiento de cualquier ser de cualquier especie puede ser
interpretado a través del prisma de la maximización de la transmisión de genes.
En la propuesta de Dawkins, los genes ocupan un lugar central y causal.
Intervienen en la generación de cuerpos y entornos sin que éstos incidan en su
naturaleza. Lo circundante, es en parte obra de los genes, orbita alrededor de estos,
los cuales no le deben nada a nadie. En tal caso, es su propia perdurabilidad la que
está en riesgo. Esto es lo que Dawkins llama “el teorema central del fenotipo
extendido”, es decir, el favorecimiento de la selección natural “a aquellos genes que
manipulan el mundo para garantizar su propia propagación” (Dawkins, 2017: 349).
Discusión
La realidad y las metáforas
En Toward a Speculative Approach to Biological Evolution, Stengers distingue entre
dos grandes modos de narrar la evolución biológica en la literatura científica. Por un
lado, dice, están los que celebran la “grandeza de la vida” insistiendo en la
necesidad de aprender de la multiplicidad y de lo desconocido, enriqueciendo el
proceso de aprendizaje. Por otro, están los que “celebran el poder de la ciencia”, es
decir, el poder que se ejerce cuando, de antemano, se discierne y juzga entre
aquello que sería importante y lo que sería anecdótico. Esta narración asume que la
multiplicidad de las manifestaciones de lo vivo manifiestan siempre, de una forma u
otra, un principio subyacente conocido por la ciencia (Stengers y Hammer, 2009).
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La propuesta de El gen egoísta se encaja bastante bien con el segundo modo
narrativo descrito por Stengers; su descripción —performativa— de la realidad de los
genes se ciñe a postulados ontológicos que han sido definidos de antemano y que
no se van a revisar. La lectura del texto original y de los textos añadidos en la
edición analizada, permite identificar la sincronía entre el análisis de numerosos
ejemplos y el despliegue omnipresente de explicaciones de un orden oculto y regular
detrás de estos. En efecto, el análisis del comportamiento de individuos de diversas
especies es utilizado para ilustrar las manifestaciones del postulado principal: los
genes egoístas como unidades del proceso evolutivo. Con aires maquiavélicos, el
análisis de casos empíricos de Dawkins se utiliza como medio para dar cuenta de la
naturaleza ya conocida de los genes y sus relaciones con los cuerpos, el ambiente y
la selección natural.
En los textos escritos con posterioridad, Dawkins se defiende de las críticas
que suscitó el libro señalando que, posiblemente, en la elección de las metáforas
utilizadas hubo ciertas imprecisiones y hasta exabruptos que no permitieron ver la
realidad que él pretendía meramente describir. Es más, tanto Dawkins como sus
colegas afirman que el problema de las metáforas no debería empañar lo que
realmente importa y lo que realmente es —que coincide con lo que sus críticos no
pueden ver—, es decir, el papel de los genes en la evolución biológica. Según
Dawkins, las explicaciones, que asume como perfectibles, volcadas en el libro, no
quitan veracidad a la naturaleza del fenómeno descrito.
Sin embargo, la recepción conflictiva de El gen egoísta puso de manifiesto lo
ingenuo, cuando no de presuntuoso, de un empirismo que se arroga la posibilidad
de acceder a la naturaleza de los fenómenos obviando las mediaciones que esta
acción conlleva (Dawkins, 1981; Haraway, 1995; Latour, 2001; Ridley, 2016). Parte
de esa “ingenuidad” se relaciona con el no reconocimiento de la naturaleza histórica
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y contingente de los procesos que describe, así como de los efectos semiótico-
materiales de su propio abordaje.
El menosprecio respecto de las formas de narrar y la falta de cuidado en el uso
de metáforas podrían relacionarse con las modalidades del fetichismo cognitivo
descrito por Whitehead (citado en Haraway, 2004). Desde el inicio, en El gen egoísta
se presupone que es posible acceder a las características de las entidades
materiales y conocerlas de manera directa, sin ningún tipo de mediación. Dawkins
asume que las formas en las que se representan los fenómenos no tienen mayor
importancia ya que, de alguna manera, siempre traslucen cómo son las cosas. En
efecto, con la idea de gen egoísta Dawkins pretende enunciar lo que son y cómo son
las entidades naturales.
Ahora bien, la resonancia extendida del libro y sus impactos tanto entre
quienes lo apoyaron (Maynard Smith, 2012; Cooke, 2025, entre otros) como entre
quienes lo criticaron, habla también de su poder y encanto explicativo. Posiblemente,
los postulados de Dawkins supieron hacer sinergia con la “complacencia libidinal”
que supuso la noción de gen del siglo XX para explicarnos en qué consiste eso
llamado evolución biológica.
Sin embargo, no son pocas las propuestas que discuten los supuestos del
trabajo de Dawkins. Uno de ellos es el de Richard Lewontin, quien sostiene que “no
hay una única manera de describir o estudiar un objeto natural. Siempre empezamos
con un problema que fija las condiciones de nuestra descripción” (Lewontin, 2001:
93). En tanto define, circunscribe, modela a los fenómenos que se va a analizar, las
maneras en las que se define un asunto relevante para la investigación, sea
biológica o de otro campo, no es inocua. De la misma manera, las categorías —
incluyendo a las metáforas— que se utilizan en una descripción, lejos de ser simples
ornamentos, conforman instrumentos con poder performativo (Fox Keller, 2000).
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En sintonía con lo recién señalado, Haraway (1995) sostiene que el mundo
biológico no está compuesto por materia pasiva dispuesta a la espera de su
descubrimiento por parte de un “amo codificador” como la ciencia. Por el contrario,
conforma un “recurso inagotable” del que pueden surgir muchos relatos; en efecto,
“entender el mundo consiste en vivir inmersos en relatos” (Haraway, 2018: 130).
A través de las metáforas elegidas, Dawkins hace de la evolución biológica un
proceso belicista e individualista, signado por la competencia de unidades egoístas
capaces de organizar su entorno (cuerpos y ambiente) en función de su
trascendencia. Haraway señala continuidades entre estas aproximaciones y las de
las teorías capitalistas de fines del siglo XX:
(..) la teoría formal de la naturaleza encarnada en la sociobiología [de la que Dawkins es
referente] es estructuralmente igual que las teorías capitalistas avanzadas de gestión de
inversiones, de sistemas de control del trabajo y de las prácticas de seguros basadas en
disciplinas de la población. Más aún, el principal objeto de la sociobiología, (…) es el
control de las máquinas. (…). La naturaleza ha sido constituida sistemáticamente en
términos de máquina capitalista y de mercado (Haraway, 1991: 97).
Desde trayectorias distintas, autores/as como Lewontin, Fox Keller y Haraway
coinciden en que la rigurosidad de los conocimientos no tiene que ver con el
menosprecio de las categorías elegidas y utilizadas, sino con la comprensión de que
aquello que conocemos y cómo lo conocemos se afectan mutuamente. En efecto, la
potencia revolucionaria de los postulados de Darwin para el conocimiento biológico
se relaciona con su salto imaginativo en la descripción de procesos que hasta
entonces eran inimaginados, y que fueron cruciales para avanzar en el conocimiento
de la evolución biológica (Lewontin, 2001; Stengers y Hammer, 2009). Ese salto,
cabe señalar, solo fue posible a partir de aprendizaje obtenido de observaciones
situadas, rigurosas y creativas de diversos seres vivos y de sus relaciones con
territorios específicos en los que viven y mueren, al mismo tiempo que transforman.
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Genes: ¿entidades autónomas o codependientes?
Dawkins no elaboró los postulados de El gen egoísta en soledad. Como señala
Haraway, su propuesta es resultado de los diálogos con el pensamiento biológico del
siglo XX que asume la existencia de unidades ontológicas a las que se le debe, en
última instancia, el fundamento de lo vivo.
El objeto noúmeno [la cosa en-sí], dentro del patrimonio genético, es el gen, llamado por
Richard Dawkins el “replicador”. La sociobiología analiza todas las conductas a la
búsqueda del último nivel de explicación, el mercado genético. Los cuerpos y las
sociedades son únicamente las estrategias de los “replicadores” para maximizar su
propio beneficio reproductivo (Haraway, 1991: 99).
En una línea de pensamiento que dialoga con las propuestas de Haraway, Kamin et.
al señalaron que los postulados de Dawkins son reduccionistas en tanto parten y
promueven la idea de que “las unidades y sus propiedades existen antes que el
conjunto y que hay una cadena de causalidad que va de las unidades al conjunto”
(1987: 16 destacadas en el original).
A lo largo de este texto se viene sosteniendo que en El gen egoísta se defiende
la naturaleza de los genes como unidades autónomas y trascendentales en las
cuales se lleva adelante el proceso de evolución biológica obviando, como en el
fetichismo de la mercancía, a los mecanismos de diversa índole en los que esta idea
de genes se sostiene. Durante décadas, la investigación genética estuvo
provechosamente orientada por la idea de que los genes conformaban una unidad
funcional y materialmente diferenciada del ADN. Sin embargo, en los ’70, la
creciente rigurosidad de las investigaciones en biología molecular, facilitada por el
desarrollo de tecnologías de secuenciación de mayor velocidad y precisión,
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desembocó en un punto de inflexión respecto de las concepciones de la naturaleza y
funcionamiento de los genes.
Retomando las palabras de Lewontin (2001), esa rigurosidad, acompañada por
una necesaria actitud epistemológica de apertura a lo incierto, supone una forma
materialista de investigar, una predisposición a tomar en serio los desafíos
aparejados a la investigación empírica y la complejidad de los procesos fisiológicos
de lo vivo. Pues, al fin y al cabo, no hay “nada más antimaterialista que proclamar la
unicidad de la vida” (Lewontin, 2001: 109).
Los conocimientos vinculados a la estructura y el funcionamiento de los genes
han crecido sin pausa. La idea de que éstos conformaban la unidad funcional del
genoma, mientras que el resto era “ADN basura” fue abandonada hace al menos
cinco décadas a la luz de los crecientes conocimientos —y consciencia de los
desconocimientos— respecto de los mecanismos de regulación en los que participa
esa “otra parte” del ADN (Fox Keller, 2002, 2015; Haraway, 2004; Alberts et al.,
2016). Además de la puesta en cuestión de la naturaleza material y funcionalmente
diferenciada de los genes, la estabilidad y regularidad de su funcionamiento dejó de
ser pensada como algo inherente al gen, para ser entendida como un resultado,
como un punto de llegada, en el que participan diversos procesos bioquímicos (Fox
Keller, 2001). En la síntesis de proteínas, función que históricamente fue asignada a
los genes, participan distintos segmentos del ADN, codificantes —exones— y no
codificantes —intrones— según se vaya determinando a través del proceso
conocido como alternative splicing o empalme alternativo (mecanismo que resulta
especialmente sofisticado en humanos). También son necesarias distinto tipo de
enzimas, componentes y mecanismos que tienen lugar en el núcleo de la célula y en
el citoplasma, además de distintos orgánulos celulares como el ribosoma. Siguiendo
a Pearson (2006), el avance de los conocimientos que demuestran la naturaleza
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relativa de los genes sugiere el uso de palabras no tan cargadas de efectos
sustancialistas, más ambiguas y descriptivas de una función como “exones” o
“transcriptores”.
Este cambio de perspectiva también alcanzó a la compresión del papel de los
genes en la herencia. En Beyond the gene, Fox Keller y Harel sostienen que lo que
se transmite de una generación a otra es “mucho más que la secuencia de ADN”
(2007: 2). En efecto, investigaciones enfocadas en los mecanismos epigenéticos, es
decir, en el estudio de las relaciones entre ambiente y el funcionamiento del ADN,
han resaltado la heredabilidad de algunas modificaciones que tienen lugar en el ADN
a partir de la interacción de los organismos con el ambiente (Sierralta Gutiérrez,
Jardón Barbolla y Benítez, 2022). Siguiendo a Martínez,
estudios en epigenética, plasticidad fenotípica y construcción de nicho señalan la importancia
de ampliar el concepto de herencia para incorporar en él factores extragenéticos usualmente
desatendidos. Todos estos descubrimientos de las últimas cadas destacan la necesidad
de ampliar la investigación evolutiva para incluir factores causales diferentes y
complementarios a la selección natural que permitan incorporar las nuevas evidencias
experimentales en un marco más amplio de explicación (Martínez, 2022: 190).
Otros/as autores/as critican los postulados de Dawkins considerando no solo los
presupuestos en los que estos se asientan, sino también sus efectos. Según Fox
Keller, la comprensión de los genes como unidades transcendentales sirve no solo
“para promover los programas de investigación y obtener fondos, sino también (y
quizás especialmente) para vender los productos de una industria biotecnológica
que se está expandiendo rápidamente” (Fox, 2002: 16). Por su parte, Sierralta
Gutiérrez et. al. resaltan el desarrollo de programas de investigación basados en el
papel causal de los genes, desconociendo aportes fundamentales provistos, por
ejemplo, por la epigenética.
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Esto puede llevar, por ejemplo, a sugerir que una condición de enfermedad en los seres
humanos puede explicarse y curarse a partir de la modificación puntual del genoma, o que es
posible generar plantas transgénicas que, tras la modificación de una región del ADN,
presenten cambios en su resistencia a posibles plagas y en ningún otro rasgo fenotípico. La
epigenética permea en los debates actuales por cuestionar esa perspectiva genocentrista y
sus implicaciones en medicina y agricultura (Sierralta Gutiérrez et al, 2022: 165).
A pesar de los numerosos elementos que proliferan en el campo de la investigación
en biología molecular y que nos invitan a pensar en los genes, lo genético y lo
genómico de otras formas, el fetichismo genético resiste. En una reseña publicada
en 2016 en la prestigiosa revista Nature, Ridley manifestaba que “la idea esencial de
un gen como unidad de información hereditaria se mantiene, y la síntesis de
Dawkins sigue vigente hoy en día” (2016: 463).
Tal como señala Haraway, “el fetichismo del gen implica ‘olvidar que los
cuerpos son nodos en redes de integraciones” (2004: 169). Los abordajes fetichistas
del gen consisten en la obliteración de los procesos biológicos, físicos, químicos,
ambientales y tecnológicos, así como de la presencia de las moléculas, organelas,
órganos, cuerpos y agentes que componen los entornos (no accesorios) que hacen
posibles procesos como la síntesis de proteínas, la reproducción y la herencia,
fundamentales para que la vida y la evolución biológica se lleven adelante.
Conservación/variación: discutiendo el legado de Darwin
Como se mencionó al inicio de este texto, Dawkins forma parte de una corriente de
pensamiento biológico conocida como neodarwinista, la cual se reconoce como
heredera del legado de Darwin. En palabras de Dawkins, “la teoría del gen egoísta
es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió, pero que me
gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado” (Dawkins, 2017: xxi).
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Esta afirmación nos invita a introducir algunos interrogantes respecto del
legado darwiniano. Por ejemplo, ¿cuáles son los tipos de biología que movilizan los
argumentos de Dawkins y Darwin y cuáles son sus efectos? Dos aspectos
relacionados entre sí resultan cruciales frente a esta pregunta: 1) la importancia y las
características otorgadas a la selección natural y 2) el papel de la conservación y su
relación con la variación.
Como señalan Fox Keller y Harel (2007), desde hace un siglo el credo
neodarwinista sostiene que la selección natural es la fuerza creadora de la
evolución, idea que reduce y empobrece un proceso que otros/as autores/as
caracterizan como complejo, multicausal e interactivo. En El gen egoísta la
competencia —a veces descrita como “despiadada”— y la escasez conforman la
otra cara selección natural2. Además, de acuerdo con Dawkins, la fuerza de la
selección natural resulta valiosa en tanto genera condiciones que facilitan la
supervivencia y reproducción de determinados individuos de una población, de
manera tal que puedan ampliar su presencia en el acervo génico de futuras
generaciones. En este esquema, las variaciones producidas por la presión de la
selección natural son importantes no como fines, sino como momentos que deben
superarse para decantar en un nuevo tipo de estabilidad mediante la competencia y
la adaptación.
Retomando al biólogo Pierre Sonigo, Stengers (2009) afirma que el
neodarwinismo hace de la idea de conservación un metaprincipio tácito y
fundamental materializado en los genes, sus emisarios: éstos conformarían
2 Esto no supone un consenso en las teorías sobre la evolución biológica. En efecto, autores/as como
Lynn Margulis postularon que uno de los motores principales de la evolución son las relaciones de
simbiosis, cooperación e interacción (Dolan, 2014).
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entidades capaces de conservar las singularidades de los individuos mejor
adaptados en un contexto competitivo. Así, la historia evolutiva propuesta en El gen
egoísta interpreta la variación, como lo hacía Jacques Monod, en términos de
imperfección de esta conservación.
La idea de conservación como principio rector gravita modelando los hallazgos
empíricos de manera tal que robustecen y confirman la dimensión teleológica de la
conservación. Los mecanismos de reparación del ADN, el juego entre exones e
intrones, el proceso de edición del ADNm, etc. no revestirían mayor singularidad,
pues pueden ser englobados como un conjunto de mecanismos puestos al servicio
de un mismo fin: “la expresión de lo conservado, el paso de la ‘representación’ del
organismo conservado en el genoma al organismo en sí” (Stengers y Hammer, 2009:
102).
Ahora bien, la herencia de Darwin no solo es reclamada por los neodarwinistas
—a pesar de que sus argumentos han ganado buena parte de la audiencia. También
la reclaman biólogos/as que se inscriben en una corriente conocida como
heterodoxa. Entre ellos/as, se destaca el ya citado Lewontin quien afirma que “la
verdadera revolución de Darwin consistió en una reorientación epistemológica” de la
biología: “Darwin revolucionó nuestro estudio de la naturaleza al tomar la variación
efectiva entre cosas reales como aspecto central de la realidad, no como una
perturbación enojosa e irrelevante de la que deseamos vernos libres” (2001: 73).
A diferencia de la física moderna, caracterizada por la búsqueda de leyes
universales, la biología es una disciplina que, de la mano de Darwin, ha postulado la
variación como principio metafísico no sustancialista (Lewontin, 2001; Stengers y
Hammer, 2009). El correlato práctico de este principio son las investigaciones
empíricas rigurosas y parciales, capaces de aprender de los procesos que investigan
sin proponerse a priori el establecimiento de generalizaciones. En ese sentido, Fox
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Keller y Harel destacan una investigación llevada adelante por Kirschner y Gerhart
en la que se sostienen que, en entornos cambiantes, la variabilidad fenotípica y la
adaptación son condiciones fundamentales para la subsistencia de los organismos:
Los organismos están construidos para facilitar el cambio. (…) (L)os organismos tienen
una gran plasticidad fenotípica. Esta plasticidad facilita la exploración fenotípica y permite
a los organismos adaptarse a entornos cambiantes. De hecho, la evolución selecciona
esa adaptabilidad (…), porque la capacidad de adaptación (…) mejora la supervivencia.
Pero lo más importante es que esa adaptabilidad también retroalimenta la evolución, y lo
hace cambiando el entorno selectivo de las mutaciones genéticas (…) (Fox Keller y
Harel, 2007: 10).
La idea de variación como principio viene acompañada de la comprensión de los
organismos como entidades abiertas, en relación y susceptibles de afectar y ser
afectadas tanto por otros organismos como por sus entornos. La idea de genes
como unidades autónomas e independientes que dinamizan sus ambientes con el fin
de preservarse a sí mismos es dejada de lado en pos de perspectivas que asumen
que lo existente es resultado de sus interacciones.
Según Lewontin, la revolución de Darwin consistió en su comprensión de lo
biológico a partir de la idea de que ambientes y seres vivos conforman entramados
complejos que se afectan y transforman mutuamente en la medida en que se
relacionan (Lewontin, 2001; Jardón Barbolla, Arce González y Sierralta Gutiérrez,
2021). Si acompañamos este razonamiento, difícilmente Darwin hubiese adherido a
la idea de los genes egoístas. El estudio de los procesos evolutivos no consiste en el
hallazgo de claves prístinas y estables para entender la vida, la herencia o la
selección natural, sino, más bien, en el intento por comprender la creatividad
azarosa de los devenires que nos trajeron a este presente biológico; en la
comprensión situada de que somos susceptibles de habitar y de construir en tanto
seres vivos (Stengers y Hammer, 2009).
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Volviendo al ADN, distintas investigaciones muestran que entre las propiedades
más asombrosas que se van conociendo se encuentra su versatilidad, es decir, la
capacidad para desencadenar mecanismos múltiples, según las interacciones
complejas y amplias en las que se vea inmerso. Algunos de estos cambios pueden
producir consecuencias duraderas y heredables. O sea, más que una sustancia fija
que conserva y hasta determina, una característica saliente del ADN es la capacidad
de afectarse y definir y regular mecanismos específicos a partir de interacciones
concretas (Lock, 2013; Sierralta Gutiérrez, Jardón Barbolla y Benítez, 2022; Boza-
Cordero, 2023). Estos hallazgos nos enfrentan a la necesidad de cuestionar los
marcos conceptuales deterministas y fetichistas (y los supuestos metafísicos y
ontológicos que los sustentan) y de abrirnos paso con aquellos que permiten
aprender acerca de lo múltiple, contingente e incierto.
Recapitulación y conclusiones
A lo largo del trabajo, indagamos en el problema del fetichismo genético a partir de
El gen egoísta de Richard Dawkins. El fetichismo genético fue definido como el
entendimiento de los genes en tanto sustancia autónoma y estable, supuestamente
responsable de distintas características de los seres vivos. El análisis del libro se
realizó a partir de tres dimensiones: 1) La definición de gen y su relación con la
evolución biológica; 2) la forma de entender las relaciones entre genes y cuerpos, es
decir, la relación entre genotipo y fenotipo y; 3) las formas de entender las relaciones
de los genes e individuos con el entorno/ambiente. Luego, se discutieron las
definiciones de Dawkins a partir de tres dimensiones estratégicas para el objetivo de
este trabajo: 1) El uso de metáforas en el abordaje de lo genético (y lo vivo),
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mostrando la naturaleza semiótico-material de los procesos descritos; 2) la idea de
los genes como entidades autónomas, adentrándonos en las complejas redes en las
que el ADN es y funciona; y 3) los presupuestos subyacentes en las nociones de
conservación/variación en los debates de evolución biológica y selección natural. En
este último apartado se revisitaron las discusiones respecto del legado de Darwin.
El análisis de la obra de Dawkins en términos de fetichismo genético nos ha
permitido mostrar elementos de una metafísica particular, relacionada con las ideas
de estabilidad, conservación y trascendencia, en los que se sostiene la idea de que
los genes conforman entidades independientes y funcionales, es decir, unidades en
sí. En otras palabras, nos ha permitido indagar en los hilos de la costura que
sostiene a los postulados fetichistas respecto de los genes, desmontando sentidos
vinculados con el individualismo, la competencia y la perduración-de-sí como fines
de una supuesta naturaleza emergida en los tiempos de los caldos primordiales.
La historia de la genética y la genómica resulta fascinantes en tanto nos
enseña a aprender, es decir, a lidiar con procesos que no se conocían cuyo
conocimiento nos conmina a la revisión de presupuestos estructurantes de las
disciplinas del conocimiento. Discutir esos presupuestos supone explicitar y revisar
los principios metafísicos y ontológicos muchas veces tácitos en las definiciones
científicas, así como a tomar en serio el uso de categorías y metáforas. Pues, al final
de cuenta, una revisión sesuda de los procesos no nos deja pasar de largo el hecho
de que los presupuestos y categorías mencionadas no son inocuas, sino parte del
problema.
Los genes no son egoístas, ni unidades maquiavélicas que quieren catapultarse a
mismas de generación en generación, ya sea siendo altruistas por conveniencia o a
tras de la competencia despiadada. En sentido estricto, los hallazgos científicos han
puesto en cuestión que los genes, de hecho, sean algo-en-sí. Su indiferenciación
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química y las múltiples relaciones a las que están sujetos estos segmentos del ADN nos
invitan a pensar en términos de relaciones, más que de determinaciones. Estos términos,
por cierto, desarman cualquier escenario en el que los seres vivos, incluidos los
humanos, atestiguamos pasivamente los efectos de nuestros genes. Por el contrario,
nos muestran los procesos complejos y múltiples que nos trajeron hasta aquí y en los
que actuamos produciendo efectos que inciden en el devenir de las cosas. En otras
palabras, nos ensan sobre consecuencias y nos invitan a pensar en términos de
responsabilidad para con los múltiples seres vivos que componen los mundos que nos
sostienen.
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Artículo recibido el 27 de mayo de 2025
Aprobado para su publicación el 27 de diciembre de 2025