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DOI: https://doi.org/10.48160/18517072re61.565
El conocimiento técnico y la producción agrícola
familiar: la génesis social de un saber-hacer
Ana Padawer*
Soledad Lemmi**
Los conocimientos técnicos de la agricultura familiar pueden ser analizados de
manera fructífera a partir de la convergencia de los debates de la antropología
de la educación, la antropología de la técnica y los estudios sociales de la
ciencia y la tecnología. Esta posibilidad surge de la preocupación común por la
producción de conocimiento, que en la discusión contemporánea en las
ciencias sociales se ha articulado en gran medida a partir de las oposiciones
entre lo moderno y lo tradicional, las abstracciones y la práctica, la mente y el
cuerpo. Como resultado de estas oposiciones, que operan habitualmente como
supuestos subyacentes, los conocimientos técnicos asociados a la agricultura,
manufactura y comercialización familiar suelen abordarse mediante la adopción
de posturas dicotómicas, que consideramos igualmente problemáticas: algunos
conciben a estos actores como meros receptores/as de tecnología, mientras
otros/as los definen como simples portadores/as de saberes ancestrales
(Padawer, 2020).
* ICA-FFyL-UBA. Conicet. Correo electrónico: apadawer@filo.uba.ar
** IdIHCS-UNLP. Conicet. Correo electrónico: lemmisoledad@gmail.com
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La primera postura se vincula con las visiones top-down del desarrollo, a
las que se ha cuestionado porque suponen que el conocimiento generado en
ámbitos científico-técnicos es adaptado a/por los legos (Feito, 2005), quienes
resultan usuarios/as prácticos/as de un saber abstracto producido en otro lugar
(Mura, 2011). La segunda postura, desde el polo opuesto, ha sido discutida
porque supone que los/as agricultores/as familiares son herederos/as de un
conocimiento tradicional indígena y/o campesino de carácter inherentemente
ecológico transmitido a través de las generaciones, que ofrece una alternativa
a la destrucción del entorno derivada de la modernidad (Wilde, 2007).
Pese a representar polos opuestos en las valorizaciones, ambas
posturas coinciden en la preocupación por los problemas de comunicación,
educación o diferencias sociales y culturales que conducen a aplicaciones
ineficientes del conocimiento tecno-científico en el primer caso, y a la
descalificación de los conocimientos ancestrales en el segundo. Sin negar la
existencia de estos problemas y diferencias, las limitaciones de ambas
aproximaciones radican en que conciben la producción de conocimiento como
un proceso de reemplazo de ideas o prácticas previas: mediante
actualizaciones validadas por la comunidad científica en un caso, o
recuperaciones de conocimientos previos fundamentados por la experiencia en
el otro. Como argumentamos a continuación, la génesis social del conocimiento
de los/as agricultores/as familiares no responde a procesos de reemplazo de
ideas o procedimientos técnicos, sino al entendimiento creciente del ambiente
mediante el involucramiento de los sujetos en comunidades de práctica, donde
se sedimentan tradiciones de conocimiento heterogéneas.
La agricultura familiar es una categoría utilizada en Argentina desde
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hace unos 20 años para referir a unidades productivas basadas en el uso de la
mano de obra familiar, sean estas más o menos capitalizadas, campesinas,
pescadores artesanales o pueblos originarios. Si bien su surgimiento estuvo
ligado a organizaciones de productores/as a nivel regional que reclamaban
políticas públicas, ha sido un concepto extensamente debatido en contextos
académicos, ya que al coincidir en una persona o grupo de personas la
propiedad de los medios de producción y la fuerza de trabajo, como
organización económica combina algunos rasgos capitalistas tradicionales
(como el manejo del riesgo e incertidumbre.) y ciertas flexibilidades (en fuerza
de trabajo, herramientas propias y sacrificio de retornos), pudiendo así articular
estrategias adaptativas de arraigo al territorio en el contexto de intensificación
productiva que caracteriza al agro en las últimas décadas (López Castro,
2025).
Desde la creación del Registro Nacional de Agricultura Familiar (RENAF)
en 2007, las áreas gubernamentales que se ocupan del sector han atravesado
importantes vaivenes que han afectado de distintas maneras a los/as
agricultores/as. No obstante, la reflexión que proponemos no se restringe a
dicho período y también excede las fronteras nacionales, ya que los sujetos
articulados de manera subordinada al modelo agropecuario dominante
acompañaron todo el proceso de desarrollo capitalista del agro argentino y
también se presentan, con matices, de manera global. De esta manera, los
debates sobre la producción de conocimiento de la agricultura familiar pueden
aplicarse a poblaciones campesinas, pequeños/as productores/as, indígenas
rurales, así como otras categorías análogas.
Si bien la agricultura familiar en Argentina ya ha sido bien caracterizada
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en términos sociales e históricos (Gras y Hernández, 2009; Schiavoni, 2010;
Castro y Prividera, 2011; Craviotti, 2014; Román, 2014; González Maraschio y
Villarreal, F. 2019), su interés para el debate sobre la producción de
conocimiento radica en que habitualmente encarna el polo “tradicional” en un
espacio institucional de prácticas que se encuentra entre los más altamente
tecnificados en el país en la actualidad, como lo es el complejo agroindustrial;
los grandes empresarios, por el contrario, suelen representar el polo “moderno”
que genera las innovaciones técnicas (Hernández et al, 2019).
Por ello, al problematizar la producción de conocimiento de la agricultura
familiar, podemos confrontar las oposiciones entre lo tradicional y lo moderno,
las abstracciones y la práctica, la mente y el cuerpo, considerando uno de los
escenarios más privilegiados para las transformaciones técnicas en los últimos
tiempos. Lo que sugerimos es que no se trata de actores cuyas actividades se
deben modernizar, pero tampoco se trata de los últimos representantes de
tradiciones que podrían rescatarnos del desastre ambiental. Se trata de sujetos
que aprenden un saber hacer a partir de sus actividades ordinarias en un
entorno cambiante: donde suelo, clima, vegetación, animales, insectos,
máquinas y herramientas presentan permanentemente nuevos desafíos ante
los que hay múltiples formas alternativas para proceder, apropiándose de los
recursos disponibles.
Los cambios en las técnicas agrícolas devenidos de lo que se denominó
la Revolución Verde, en los años 70 del siglo pasado, estuvieron acompañados
por aproximaciones que los debatían y ponían en cuestión. En simultáneo a
aquellas posturas que defendían la introducción de semillas transgénicas, los
fitosanitarios y fertilizantes de síntesis químicas entendidos como posibilidades
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de mejora en la producción agraria también se desarrollaron sus críticas, entre
las que la agroecología se posicionó como una alternativa a las consecuencias
negativas del modelo productivista, tanto para la tierra como para sus múltiples
habitantes (Sarandón y Marasas, 2015). Obviamente esto no significó que
ambas formas de producir lograran la misma incidencia: aunque la Revolución
Verde consolidó la posición hegemónica durante las últimas décadas del siglo
XX, en los últimos 20 años la agroecología ha ido extendiéndose tanto entre
los/as productores/as, como en la sociedad en general.
El conocimiento del ambiente en la agricultura familiar
Partiendo del debate a las dicotomías anteriormente planteadas, los/as
agricultores/as familiares dejan de ser sujetos pasivos a quienes se les inculcan
conocimientos tecno-científicos actualizados, pero también dejan de ser
replicadores eternos de saberes ancestrales. La producción de conocimiento
en la agricultura familiar está inherentemente asociada a los procesos de
aprendizaje, donde los/as agricultores/as se apropian de los recursos culturales
de su entorno, ya no como una interiorización de pautas culturales de un
mundo cerrado, sino de una relacn activa del sujeto que otorga sentido al
mundo a partir de tradiciones sedimentadas, ambiguas y contradictorias
(Rockwell, 2018).
El concepto de apropiación permite debatir la verticalidad del concepto
de socialización, su restricción privilegiada a la infancia y su trasfondo
economicista. Reformulando la teoría de la reproducción marxista, que la había
definido como concentración del capital simbólico, la apropiación de recursos y
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prácticas culturales objetivados en el ambiente supone reconocer las
limitaciones de las condiciones materiales y simbólicas, pero también la
naturaleza activa y transformadora del sujeto a lo largo de la vida.
La antropología de la educación ha debatido extensamente acerca de la
transmisión cultural, llegando a la conclusión de que no es posible sostener
que las formas de entender y hacer en los distintos conjuntos sociales se
mantengan sin cambios a lo largo de las generaciones y aún entre los
coetáneos (Padawer, 2012). Sin embargo, cuando se trata de analizar o
proponer políticas para contextos con marcadas asimetrías sociales como lo es
el ámbito de la producción agrícola, frecuentemente vuelven a tener vigencia
los supuestos de que los/as destinatarios/as de las reflexiones e intervenciones
mantienen a lo largo de su vida aquellas pautas culturales en las que fueron
socializados/as. De esta manera, se piensa a los/as agricultores/as familiares
como actores tradicionales, reacios o ignorantes de las técnicas modernas, o
bien como los últimos bastiones ante el avance destructivo del agronegocio.
Al considerar la apropiación de los recursos culturales objetivados en el
entorno, podemos describir cómo los/as agricultores/as enfrentan las tareas
ordinarias de distintas maneras, que no se aprecian a simple vista: considerar
las diferencias sutiles en las elecciones técnicas que realiza uno/a u otro/a
agricultor/a, o un/a mismo/a agricultor/a a lo largo del tiempo. Esas elecciones
no derivan del conocimiento agrícola e industrial acumulado en su totalidad, su
posición subordinada los hace acceder a ciertos repositorios, herramientas,
maquinarias, maneras de hacer. No obstante, las elecciones de los/as
agricultores/as familiares no están determinadas por su posición: en mayor o
menor medida, tienen margen de maniobra para considerar los efectos de sus
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intervenciones, los cambios acontecidos en el ambiente, y proceder de otra
manera a partir de novedades que surgen en el quehacer de vecinos/as,
técnicos/as, redes sociales.
Los mundos cotidianos de la ruralidad son ambientes donde se produce
conocimiento, donde los/as agricultores/as perciben, entienden y transforman
el mundo social a través de la acción, participando de manera periférica en
comunidades de práctica que son inherentemente conflictivas (Lave and
Wenger, 1991). Distanciándose de las definiciones clásicas de la antropología
que presuponen homogeneidad entre los integrantes, estabilidad temporal y
localización restringida, las comunidades de práctica se organizan a partir de
las actividades, sosteniéndose mientras estas tareas sean desplegadas.
La reconstrucción de las prácticas mediante las que se produce
conocimiento agrícola evita las dicotomías totalizadoras que proponen que el
conocimiento científico y el tradicional son inconmensurables, considerando las
formalizaciones que se producen en espacios escolares y científicos como
conocimiento situado , reconociendo al mismo tiempo que el hacer práctico en
espacios no académicos implica conceptualizaciones para su concreción (Lave,
2011). La idea de que la gente produce conocimiento incorporándose a
comunidades de práctica organizadas en torno a actividades es muy útil para
entender el mundo actual, estrechamente interconectado y a la vez
profundamente diferenciado y desigual.
El concepto de ambiente que subyace en esta aproximación remite a los
entornos de aprendizaje, nutriéndose de aportes de la psicología del desarrollo
que sostiene que la relación entre los sujetos y el entorno se caracteriza por el
cambio permanente: así como las personas desarrollan sus conocimientos a
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medida que crecen y van ampliando su entorno de actividad, en ese proceso lo
que aparentemente es un mismo entorno ya no lo es más, porque las personas
no se vinculan con ese entorno de la misma manera. Si la interpretación del
ambiente es dinámica y relativa al desarrollo de las experiencias de las
personas, para entender la actividad de las personas no podemos limitarnos al
lugar en el que se encuentran en un momento dado, porque su transitar y
habitar en el mundo incide en los vínculos con el entorno que van
experimentando, haciendo crecer las formas de entender y vivir sus vidas
(Lave, 2012).
La idea de que el ambiente ocupa un lugar central en la producción
permanente de conocimiento también se apoya en la biología del desarrollo,
que plantea la importancia de desentrañar la dinámica de los procesos de
crecimiento y maduración que dan lugar a las formas y capacidades de los
organismos, entre ellos los humanos, proponiendo que no se trata de
expresiones de diseños establecidos por la selección natural, transmitidas a
cada organismo en gestación junto con su complemento genético. Las
características de los organismos no se expresan sino que más bien se
generan en el curso del desarrollo, surgiendo como propiedades emergentes
de los campos de relación establecidos a través de su actividad dentro de un
entorno particular, donde el organismo-persona experimenta su crecimiento en
un entorno proporcionado por el trabajo y la presencia de otros (Ingold, 2000).
Las habilidades son capacidades de acción y percepción del ser
orgánico completo, indisolublemente mente y cuerpo, situado en un ambiente
ricamente estructurado. Volverse habilidoso/a en la práctica de cierta forma de
vida no es cuestión de armarse con una serie de capacidades humanas
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generales, que se completan con un contenido cultural específico que es
transmitido de generación en generación. Las habilidades vuelven a crecer,
incorporadas en el modus operandi de cada organismo humano a través del
entrenamiento y la experiencia en la ejecución de tareas particulares (Ingold,
2000). Por eso proponemos que el conocimiento de los/as agricultores
familiares tiene una génesis social: se trata de un proceso de engendramiento
a partir de las relaciones que las personas establecen con el entorno en sus
actividades, produciendo en ese accionar un conocimiento que es propio y
social, corporal y mental, abstracto y concreto .
Las tradiciones de conocimiento en la agricultura
familiar
Incorporando los debates desplegados en la antropología de la técnica a las
formulaciones anteriores, proponemos que la producción de conocimiento
agrícola familiar puede ser definida como un saber-hacer. Recuperando la
definición clásica de la técnica como “acto tradicional eficaz” (Mauss, 1934), es
posible enfatizar sus características pragmáticas, relacionales y materiales, de
manera que el aprendizaje técnico resulta de una génesis social e individual
(Sigaut, 2003).
El precipitado de experiencias prácticas de cada persona constituye “su
cultura”, que es organizada y transaccionada por los sujetos conformando
tradiciones de conocimiento específicas que incluyen cierto corpus,
mediaciones para su comunicación y relaciones sociales (Barth, 2002). Las
técnicas se desarrollan en el marco de tradiciones, a las que a su vez
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contribuyen: el conocimiento tradicional no representa un conjunto estable y
homogéneo de saberes heredados del pasado y perpetuados a través de la
educación, sino que los conocimientos tradicionales se transformarán por
parámetros prácticos y morales, posiciones y estatus sociales que establecerán
legitimidades y competencias sociotécnicas locales (Mura, 2011).
A partir de estas premisas proponemos discutir la oposición entre
técnica y tecnología basada en la dicotomía tradición/modernidad, que supone
el desarrollo científico-tecnológico como un proceso lineal, utilitario y
condicionado por la materia, desarrollado en la modernidad a partir de técnicas
simples pre-modernas. En este sentido las técnicas agrícolas son movimiento,
acción y relación, no la causa sino el escenario de las transformaciones
sociales (Sautchuk, 2017).
Desde los Estudios Sociales de la Técnica, las transformaciones de los
sistemas socio-técnicos fueron analizadas a partir de los procesos de
innovación y estabilización (Bijker et al. 1987), donde la hegemonía material y
simbólica (Roca, 2010) y las asimetrías epistemológicas (Latour y Lemmonier,
1994) inciden en el reconocimiento de la eficacia técnica en el marco de una
tradición. Las técnicas agrícolas están siempre en transformación y
composición con otras, de manera que los nuevos objetos técnicos no irrumpen
y desplazan completamente a otros, sino que más bien viabilizan las técnicas
precedentes en otro escenario: la navegación guiada por las estrellas
permanece como estrategia alternada, contigua o combinada al GPS
(Sautchuk, 2017), así como la circulación de semillas entre parientes coexiste
con las recomendaciones de los técnicos/as agrícolas (Padawer, 2022).
La eficacia técnica en contextos agrícolas contemporáneos ha sido
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problematizada a partir del concepto de tecnodiversidad, que permite
cuestionar el modelo universal de tecnología reconstruyendo la pluralidad de
relaciones coexistentes entre tecnología y ecología organizadas a través de
cosmotécnicas (Hui, 2019). La tecnodiversidad permite describir las
características locales de las técnicas agrícolas coexistentes, que son resultado
de las acciones humanas en un ambiente en transformación permanente, y
podría constituir un modo de abordar la crisis ecológica global (Di Deus, 2023).
Los objetos técnicos que intervienen en la agricultura familiar,
compuestos y en transformación, ponen en juego distintas posiciones agente-
paciente que también coexisten. Si la agricultura convencional coloca la
agencia en los humanos mediante la imposición de formas y dominando la
naturaleza con fertilizantes e insecticidas sintéticos, semillas producidas por
especialistas, etc., la agroecología suscita una nueva relación con la
naturaleza, activada y operando en conjunto con los humanos, con
asociaciones de vegetales y acciones que propician la vida de
microorganismos del suelo, además de la participación de insectos (Schiavoni,
2024).
Estudios recientes han abordado cómo la memoria técnica es
discontinua y las tradiciones preexistentes pueden ser recuperadas mediante la
reintroducción parcial de gestos olvidados, o incluso desconocidos a nivel local,
que circulan hoy en día a través de proyectos de desarrollo. Así, los/as
trabajadores/as del sector cauchero pueden ser neófitos/as que aprenden a
realizar cortes en los árboles con técnicas que circularon desde el siglo XIX,
reversionados y articulados con otras actividades como la transformación
artesanal del látex en objetos destinados al mercado turístico, donde circulan
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formas y valores atribuidos a la naturaleza promovidos desde la lógica
contemporánea de la bioeconomía (Fossard, Stoll y Sautchuk, 2025).
Aportes sobre la agricultura familiar
Con estos debates como trasfondo, y asumiendo posiciones heterogéneas, los
artículos de este dossier se pueden organizar en tres grandes núcleos
temáticos (siendo este agrupamiento un tanto arbitrario, ya que los temas están
estrechamente vinculados).
Procesos técnicos en espacios institucionales
En primer lugar, una serie de trabajos abordan centralmente las articulaciones
de procesos técnicos desplegados en distintos espacios institucionales
vinculados con la práctica agrícola, en su interrelación
Alessandro Roberto de Oliveira argumenta cómo una iniciativa de co-
creación de tecnologías para la sostenibilidad, desarrollada por una red de
organizaciones sociales situadas en el Distrito Federal en Brasil, se convierte
en “ambiente de aprendizaje” en el marco de un proceso educativo más amplio,
que busca el reposicionamiento tecnocognitivo, sociopolítico y económico de
diversas comunidades tradicionales y, en particular, de agricultores familiares.
Esta experiencia es denominada por el autor como educación inventiva, ya que
la misma se desarrolla en espacios sociotécnicos de creación y
perfeccionamiento de prototipos de maquinarias.
Recuperando propuestas recientes de la ecología potica y de la
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antropología de la técnica y del aprendizaje, De Oliveira parte de la idea de que
un enfoque ecológico del proceso educativo debe contemplar una ontología
política de la educación. Acompañó el trabajo del Instituto Invento, una
organización de la sociedad civil dedicada a la co-creación de tecnologías
apropiadas para la sostenibilidad en contextos comunitarios. Este instituto
integra una Red Internacional de Desarrollo de Innovaciones liderada por el
MIT de EEUU, que reúne centros académicos e instituciones de innovación
comprometidas con el diseño, el desarrollo y la difusión de tecnologías para
mejorar la vida de personas en situación de pobreza alrededor del mundo a
partir de tres pilares: la pertinencia y el sentido de pertenencia; la cocreación
(crear con y no para); y en el principio del conocimiento libre a través de
licencias abiertas. Este Instituto se asoció para llevar adelante sus proyectos
con un grupo de agricultores familiares organizados a través de la Asociación
de los Productores Agroecológicos del Alto São Bartolomeu (Aprospera), que
reúne familias agricultoras comprometidas con la producción y la
comercialización de alimentos orgánicos y con la promoción de la agroecología.
A partir de esta iniciativa De Oliveira advierte que el aprendizaje puede
ser comprendido como una práctica recursiva en la cual la técnica aparece
como un modo lúcido de establecer relaciones entre seres y cosas con
destreza, donde la atención es al mismo tiempo condición y efecto del
aprendizaje en una política cognitiva diferente de la educación escolarizada.
Asimismo demuestra que la educación inventiva consiste en un proceso
educativo que busca el reposicionamiento tecnocognitivo, sociopolítico y
económico de comunidades tradicionales y agricultores familiares en términos
de autonomía y calidad de vida. La tecnicidad de los conjuntos técnicos y el
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proceso de concretización de sucesivas versiones parciales de los prototipos
ejerce una didáctica en la cual diferentes elementos técnicos actúan como
mediadores señalando caminos, restricciones, límites y riesgos, en tanto el
proceso de aprendizaje ocurre en razón de que estos objetos técnicos son
resoluciones parciales de sí mismos.
Por su parte Jorge Luis Cladera analiza el Programa de Fortalecimiento
de la Quinua focalizándose en la provincia de Jujuy, para comprender los
motivos por los cuáles las políticas de desarrollo rural, aún poseyendo
importantes recursos económicos, pueden no producir los resultados
esperados. Para ello el autor introduce la noción de “efecto de paradigma”,
entendida como la influencia de supuestos técnico-burocráticos que orientan la
intervención estatal. Estos paradigmas condicionan la forma en que las
instituciones interpretan, miden y actúan sobre la realidad social, incluso
cuando los resultados contradicen sus expectativas. El autor parte del enfoque
histórico etnográfico realizando observaciones participantes en tanto él mismo
trabajó como técnico en el Programa, y analiza documentos institucionales
(informes, actas, gacetillas) producidos entre 2014 y 2018.
Cladera señala que el programa buscó impulsar la producción de quinua
como estrategia de desarrollo rural, soberanía alimentaria y agregado de valor,
articulando múltiples actores (INTA, universidades, organismos estatales y
organizaciones locales). Sin embargo, a pesar de las inversiones y del
despliegue institucional, los resultados fueron inconsistentes y poco sostenidos.
Estas dificultades se explican por desajustes entre el enfoque técnico y las
lógicas, intereses y motivaciones de los/as destinatarios/as de las políticas,
generando un desencuentro estructural entre lo que las políticas esperan lograr
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y lo que efectivamente moviliza a los sujetos destinatarios.
El artículo concluye que los propios instrumentos de medición del Estado
constituyen un mite para comprender la realidad, en tanto las categorías
técnico-burocráticas producen una “legibilidad” parcial, que invisibiliza
dimensiones clave de la vida social rural. Por ello, el “fracaso” de estas políticas
no puede evaluarse sólo con indicadores productivos sino que es necesario
repensar los criterios de éxito que se sostienen.
En el artículo de Andrés Oscar Pedro Mondaini se aborda cómo la
categoría de bioinsumos, enmarcada en las propuestas de bioeconomía, fue
construida, estabilizada y proyectada en Argentina como parte del repertorio
estatal de políticas agropecuarias a partir del 2015. Desde el enfoque de los
estudios sociales de la ciencia y la tecnología, el autor argumenta que la noción
de bioinsumos ha operado performativamente en la configuración de acciones,
la movilización de recursos, y la habilitación de trayectorias tecnológicas
específicas que no estuvieron exentas de controversias.
Derivadas de su apropiación por distintos actores, las controversias
acerca de los bioinsumos abrieron disputas sobre su direccionalidad normativa,
su alcance regulatorio y su relación con modelos de desarrollo agropecuario
contrastantes. Mondaini propone expandir el argumento de Goulet y Hubert
(2020), quienes plantean que en el caso argentino las sucesivas
administraciones nacionales favorecieron la coexistencia del paradigma
tecnológico de la modernización agraria basado en el uso de químicos
sintéticos, y el paradigma agroecológico basado en el uso de bioinsumos.
A ese argumento, Mondaini agrega un análisis de los procesos de cierre
tecnológico que establecieron una definición de productos basados en
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evidencia científica, con trazabilidad y validación institucional, a partir de la
intervención del Comité Asesor de Bioinsumos (2013) y el Programa de
Fomento del Uso de Bioinsumos Agropecuarios (2015). Este proceso de
estabilización se despliega entre tensiones protagonizadas por las cámaras
empresarias de insumos sintéticos, y los pequeños/medianos productores.
Mientras los primeros desplegaban estrategias de cooptación discursiva y
apropiación selectiva para conservar su centralidad en el campo, los segundos
advertían posturas excesivamente cautelosas en los requisitos de aprobación
de bioinsumos, un mecanismo que “pateaba la escalera” que les impedía
participar. Finalmente, Mondaini analiza la intervención de la Comisión de
Bioinsumos del Mercosur, planteando nuevos escenarios de negociación
regional, así como su importancia para facilitar la orientación estatal de
coexistencia entre actores y modelos de desarrollo agrícola en Argentina.
Continuidades y discontinuidades temporales de procesos
técnicos
En segundo lugar, se encuentran artículos que enfatizan aspectos históricos y
la continuidad/discontinuidad temporal de los procesos técnicos.
El artículo de Gabriela Schiavoni aborda la noción de técnicas
reproducción como mecanismo de replicación vegetal, tomando como eje la
multiplicación doméstica que permitió el poblamiento agrícola en el nordeste de
la provincia de Misiones, Argentina, en las últimas décadas del siglo XX y
comienzos del siglo XXI. Argumenta que las sucesivas generaciones de
agricultores familiares no replican la experiencia de sus antecesores, sino que
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crean realidades nuevas estabilizando, para ello, configuraciones
suprafamiliares que actúan como estructuras de mediación.
Recurriendo a la analogía vegetal y en particular al carácter relacional de
la multiplicación vegetativa, propone que la técnica agrícola familiar es más
bien un proceso de modulación, y no una copia o aplicación de un molde. El
argumento articula la reproducción de asentamientos agrícolas con la
multiplicación vegetativa de plantas a partir de una analogía de forma (Ferret,
2014), donde las chacras y colonias agrícolas comparten un formato de acción
determinado: una operación de segmentación, que propaga un flujo a través de
una diferenciación.
Schiavoni elabora una analogía entre el crecimiento de los
asentamientos agrícolas y el de los vegetales cultivados en el frente pionero
del noreste de Misiones, recurriendo a una conceptualización de la
domesticación como familiarización que otorga preeminencia a la noción de
cría, y neutraliza el componente de dominación unilateral de los humanos
presente en la concepción estándar. Su argumento es que la segmentación
crea pares que permiten el armado de una familia interespecie, en la que la
acción humana expresada en el corte los convierte en procreadores, junto con
las plantas.
Por su parte, el artículo de Paula Juarez parte del campo de los Estudios
Sociales de la Ciencia y la Tecnología para comprender qué capacidades
estatales de innovacn e investigación requiere el desarrollo inclusivo
sustentable. Propone conceptualizar la capacidad estatal como capacidad
socio-técnica para redefinir problemas científicos y tecnológicos, rearticular
actores heterogéneos y hacer efectivamente funcionar tecnologías orientadas a
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la inclusión socioambiental, reconstruyendo en clave longitudinal la trayectoria
socio-técnica de las políticas tecnológicas dirigidas a la agricultura familiar en el
Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA, Argentina) entre los años
1956 y 2023.
El caso del INTA se presenta como relevante ya que condensa
tensiones históricas entre enfoques transferencistas orientados a la
modernización agrícola y perspectivas de concepciones Tecnologías para el
Desarrollo Inclusivo Sustentable (como tecnologías apropiadas, innovación
social, etc.), participativas y situadas. El trabajo muestra que la capacidad
estatal para el Desarrollo Inclusivo Sustentable depende menos de la mera
voluntad política que de la posibilidad de desestabilizar orientaciones
tecnológicas hegemónicas y sostener en el tiempo arreglos institucionales y
territoriales alternativos.
La autora reconoce así cuatro fases en la trayectoria de la institución:
creación y consolidación del modelo transferencista agropecuario (1956-1989);
reestructuración neoliberal y emergencia diferenciada de pequeños
productores (1990-2003); nueva institucionalización y políticas tecnológicas
para la agricultura familiar (2004-2015) y reconfiguraciones y tensiones
institucionales (2016- 2023), concluyendo que el INTA constituye un ejemplo
paradigmático de institución con alta densidad infraestructural,
profesionalización técnica y legitimidad sectorial sostenida en el tiempo,
aunque dichas capacidades no determinan por sí mismas la orientación del
desarrollo.
La misma infraestructura institucional puede sostener estilos socio-
técnicos divergentes: modernización productivista, enfoques compensatorios o
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innovación y Tecnologías para el Desarrollo Inclusivo Sustentable. La
direccionalidad estratégica aparece así como resultado contingente de disputas
socio-técnicas internas, y no como propiedad dada de un Estado unitario. La
autora reflexiona sobbre el desafío contemporáneo de las políticas que
consiste en construir capacidades socio-técnicas capaces de sostener
orientaciones inclusivas y sustentables en organizaciones atravesadas por
disputas, ciclos políticos y condicionamientos macroeconómicos. El caso del
INTA muestra que esa tarea es posible, pero también que su estabilidad
depende de equilibrios institucionales siempre contingentes.
Por su parte, María Laura Taddei Salinas aborda cómo tres
comunidades rurales campesinas de los valles altos de Catamarca configuran
las prácticas de abonado a partir del ensamblaje de materiales, agencias y
saber-hacer situados a lo largo del tiempo. Las tres poblaciones están
estructuradas de una forma similar: incluyen una serie de parajes o conjuntos
residenciales distantes entre sí, asentados sobre el fondo de valle, unidos por
un camino o ruta. En cada uno de ellos suelen vivir familias emparentadas, con
sus tierras productivas (parcelas de cultivo, corrales) cercanas.
El abonado se presenta como un caso particular de estudio ya que
implica un contacto físico, material y corpóreo entre el suelo y las personas,
donde estas últimas apelan a conocimientos y habilidades variados sobre el
entorno (individuales y colectivos, de sentido común y especializados),
adquiridos mediante procesos complejos de aprendizaje que suponen la
apropiación de recursos culturales objetivados en el entorno inmediato.
Asimismo, en el mundo andino, las prácticas de abonado incluyen el
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compromiso comunitario con la vida en Pachamama: la práctica agrícola es un
compromiso de las personas con la diversidad.
Con un enfoque basado en la antropología de la educación y de la
técnica, e incorporando la perspectiva teórica de los Nuevos Materialismos,
Taddei Salinas refiere que la práctica del abonado se adquiere y se desarrolla
por procesos activos, intersubjetivos y contextualizados de aprendizaje. Se
aprende viendo y haciendo, imitando o intentando hacer. Esta acción, que
implica contacto con el mundo material, permite forjar y acrecentar la
experiencia personal por la que se va gestando una familiaridad e intimidad
física y corpórea entre la persona y los materiales del mundo habitado. Para los
habitantes de los valles, las múltiples formas de alimentar la tierra trascienden
el acto agronómico de reponer nutrientes orgánicos y restablecer un balance.
Las prácticas de alimentar, convidar y ofrendar permiten reflexionar sobre una
tierra, que es más que un suelo que produce alimento para las personas,
logrando una tierra linda y buena, manteniendo su cualidad como madre,
paridora y protectora.
Aprendizajes, habilidades y elecciones técnicas
En tercer lugar, se encuentran artículos que refieren a aprendizajes,
adquisición de habilidades y elecciones técnicas vinculadas a la agricultura.
El artículo de Yanina Tetzzlaf aborda la transformación de la producción
citrícola en la provincia de Misiones, a partir del impacto de las virosis como
eventos disruptivos que reconfiguraron los saberes técnicos y las prácticas
agrícolas. A través de un enfoque etnográfico que combina aportes de la
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Antropología de la Técnica y los Estudios Sociales de la Ciencia y la
Tecnología, reconstruye cómo estos agentes no-humanos (virus) activaron
procesos de innovación técnica, negociaciones institucionales y aprendizajes
situados, a partir de una transformación técnica específica, los portainjertos,
que se fueron consolidando como un objeto técnico particularmente relevante
para la citricultura a nivel global.
El portainjerto articular prácticas de laboratorio, marcos regulatorios,
conocimientos agronómicos y experiencias de agricultores, convirtiéndose en
un punto de observación privilegiado de las tensiones entre autonomía local y
exigencias globales. La autora advierte que las virosis no sólo deben
entenderse como amenazas fitosanitarias, sino como catalizadores de una
reconfiguración más amplia del orden técnico, productivo y social de la
citricultura misionera, evidenciando las complejas relaciones sociotécnicas y
multiespecies que sostienen los sistemas agrícolas. Propone reconocer la
agencia de entidades no-humanas en la configuración de los paisajes
productivos y subraya que la agricultura contemporánea se constituye en una
constante negociación entre lo biológico, lo técnico y lo político.
Tetzlaff concluye que cuando las redes que sostienen una práctica
agraria comienzan a fallar, los productores despliegan estrategias de
adaptación que combinan conocimientos locales con saberes técnicos
externos. La tecnificación creciente no elimina la autonomía del productor, sino
que la redefine mediante nuevas negociaciones con instituciones, mercados y
objetos técnicos evidenciando la capacidad de las comunidades de generar
respuestas situadas frente a la incertidumbre y la vulnerabilidad.
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El artículo de Nuria Caimmi y Martín Sotiru aborda la forma en que se
construye conocimiento agroecológico en el periurbano flori-hortícola de la
ciudad de La Plata, analizando dos espacios institucionales de prácticas: el
Área de Agroecología de la Federación Rural para la Producción y el Arraigo
(FRPA) y el Consultorio Técnico Popular en Agroecología (Co.Te.Po), y
considerando concepto de transición agroecológica como un proceso complejo,
multidimensional y abierto que puede asumir formas muy distintas.
En el caso de la FRPA, la transición a la agroecología se dio a partir del
diálogo sostenido entre técnicos/as militantes y productores/as, en talleres de
formación, visitas a quintas y articulaciones con instituciones públicas. En el
Co.Te.Po., en cambio, las prácticas agroecológicas se expandieron mediante
redes de parentesco, vecindad y paisanaje, en articulación con técnicos/as
estatales y universitarios/as que acompañaron el proceso de conformación
orgánica. Los casos analizados muestran que el conocimiento técnico
agroecológico no se transfiere linealmente ni desde una única fuente, sino que
se produce en una trama situada, rizomática y colectiva que articula distintos
conocimientos. Asimismo, intervienen en este proceso variables como los
conocimientos y prácticas de los/as agricultores/as, el rol de instituciones
públicas y privadas, la formación técnica de los/as asesores/as, la
disponibilidad de mercados, la presencia de organizaciones sociales, entre
otras. Los casos estudiados muestran, además que las organizaciones sociales
ocupan un rol clave en acompañar a las familias productoras en su transición
hacia la agroecología.
A lo largo del texto dan cuenta que en la producción de conocimiento
agroecológico circula tanto el saber transmitido “de campesino a campesino”
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(que recupera prácticas ancestrales) como el conocimiento científico y el
financiamiento externo (público y/o privado). Con el concepto de trayectorias
agroecológicas, Caimmi y Sotiru exponen los múltiples movimientos, lineales y
no lineales, verticales (ascendentes o descendentes) y horizontales que
atraviesan los procesos de transición, así como de sus distintas dimensiones y
etapas. Diálogo conjunto, ensayo y error, textos compartidos, material
audiovisual, creación de maquinaria, observación atenta son parte de las
herramientas de aprendizaje tanto como la circulación comunitaria de semillas,
plantines y bioinsumos.
Finalmente, el artículo de Mercedes Hirsch y Carla Golé se propone
reflexionar sobre la participación de lo/as jóvenes en la producción de
conocimiento sobre el ambiente socioproductivo en el espacio social rural
intercultural misionero. Para ello analizan las experiencias formativas de
estudiantes indígenas, criollos y colonos de escuelas secundarias rurales que
participaron del “Concurso Educativo de Agroinnovación”, donde se les
propuso diseñar las “chacras del futuro” con perspectiva agroecológica. El
modelo de chacra incluido en las bases del concurso buscó evidenciar que es
posible obtener alimentos en predios de alrededor de 2 hectáreas, y poner en
valor lo que para la agricultura familiar constituye la característica principal de
Misiones: su producción diversificada.
En el diseño de esos modelos productivos, los/as jóvenes debían incluir
innovaciones tecnológicas desde la perspectiva agroecológica, definiendo
espacios y organizando el ambiente socio productivo en una “chacra del
futuro”. Al analizar la participación de los/as jóvenes en el concurso, las autoras
concluyen que construyeron maquetas muy similares, hallazgo que explican
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recuperando tres escalas interconectadas en las experiencias formativas que
se ponen en juego al diseñar la “chacra del futuro”: los procesos sociohistóricos
que configuran las experiencias formativas; las experiencias intersubjetivas en
las que se despliegan lógicas locales y tradiciones de conocimiento; y las
prácticas situadas de construcción de conocimiento.
La manera en que los/as jóvenes incorporaron distintos saberes en sus
maquetas contribuyó a validar algunos conocimientos por encima de otros,
influyendo en la definición de cuales tradiciones quedan incluidas o excluidas al
momento de imaginar la “chacra del futuro” del ambiente socioproductivo en el
que se desenvuelven. Aunque el TikTok que acompañaba la maqueta fue una
producción realizada íntegramente por los/as estudiantes, la fundamentación
escrita contó con una intervención más activa de los/as docentes. Finalmente,
los/as jóvenes desarrollaron habilidades para exponerla durante el cierre del
certamen, evidenciando marcas de sus experiencias cotidianas que se vieron
reflejadas en las maquetas, el video y las exposiciones de maneras muy
distintas. Las autoras concluyen así, que las experiencias formativas y los
objetos técnicos —como las visitas a nuevos entornos socioproductivos, las
maquetas, el uso de plataformas sociales y diversas tecnologías artesanales o
mecánicas— no solo funcionan como medios de representación, sino que
también habilitan la proyección y la revisión de distintas maneras de habitar y
transformar el ambiente socioproductivo.
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Artículo recibido el 23 de diciembre de 2025
Aprobado para su publicación el 27 de diciembre de 2025