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DOI: https://doi.org/10.48160/18517072re55.221
Fronteras y horizontes del debate feminista sobre el
trabajo reproductivo
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Zayra Yadira Morales Díaz
*
Irma Lorena Acosta Reveles
**
Resumen
En el presente documento se analiza el trabajo reproductivo, a partir de los conceptos y
categorías con los cuáles ha sido captado por dos corrientes de pensamiento económico
feminista: el feminismo marxista y el feminismo de la ruptura. Se busca identificar en ellas los
rasgos que son comunes a fin de esclarecer la vigencia del concepto trabajo reproductivo, o
bien, responder si al ampliarse el horizonte teórico de la economía feminista se precisa un
cambio de perspectiva que trascienda esta noción y consolide el paradigma de los cuidados.
Interesa además asentar hasta qué punto esta propuesta -que ya permea la literatura
académica y política- resulta adecuada y suficientemente comprensiva para aprehender en
toda la complejidad y dinamismo aquello que pretende explicar.
Palabras Clave
FEMINISMO; TRABAJO REPRODUCTIVO; TRABAJO DE CUIDADOS; CAPITALISMO; PATRIARCADO.
+
Investigación realizada en el marco de las Estancias Posdoctorales por México, CONACYT.
*
Universidad Autónoma de Zacatecas, México. Correo Electrónico: zayyad3@hotmail.com
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Universidad Autónoma de Zacatecas, México. Correo Electrónico: ilacosta2@hotmail.com
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Revista Redes 55 ISSN 1851-7072
Introducción
A través de la historia, las mujeres han dedicado su vida al trabajo reproductivo, que
comprende tanto labores domésticas como el cuidado de hijas e hijos, personas
adultas mayores, esposos u otros miembros de la familia que requieran atención y
cuidado. Responder por qué las mujeres se han dedicado a estas labores, conduce
por lo general a excusas androcéntricas que justificaron primero un sistema patriarcal,
y posteriormente también el orden social capitalista. Son explicaciones culturales,
religiosas y/o de naturaleza biologicista las que respaldan la subordinación de las
mujeres, y propician que éstas permanezcan en condiciones de vulnerabilidad y
pobreza. Gerda Lerner definió al patriarcado como “la institucionalización del dominio
masculino sobre las mujeres y los niños de la familia; donde los varones tienen el
poder de todas las instancias importantes de la sociedad, y se priva a las mujeres de
acceder a ese poder” (Lerner, 1986: 240).
Este artículo se propone revisar la noción de trabajo reproductivo a la luz de dos
corrientes propias de la economía feminista; por ello, es importante plantear un
contexto común que nos permita comprender de qué hablamos cuando nos referimos
a la economía feminista. De ahí que en la primera sección justificaremos la necesidad
de incorporar la epistemología feminista a la ciencia económica, tanto ortodoxa o
clásica, como a la crítica de la economía política, poniendo en tensión lo que a partir
de esta disciplina se ha dicho sobre las mujeres, el papel que ocupan en la sociedad
y por qué.
La incorporación de la economía feminista nos ofrece una nueva perspectiva
crítica de mayor alcance, ya que es capaz de demostrar que las relaciones de poder
en el sistema capitalista no solo se encuentran presentes entre quienes poseen los
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medios de producción y quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para reproducir
sus condiciones materiales de vida. Trasciende este enfoque, y analiza la situación de
las mujeres en la dinámica capitalista y las interacciones que estas mantienen con
quienes ostentan la propiedad de los medios de producción; es decir, las mujeres se
convierten en actoras clave, en sujetas de estudio en mismas y no solo parte
secundaria de una clase social desposeída, delineada bajo una concepción
androcéntrica de la historia y de la economía. Bajo esta visión se incorporan al análisis
de la ciencia económica categorías como sexo, género, división sexual del trabajo y
trabajo reproductivo. Este será nuestro punto de partida.
Enseguida exploraremos los principales postulados de la economía feminista
tomando como referente el trabajo reproductivo. Aquí es preciso asentar que la
economía feminista se ha divido en diversas corrientes, de las que analizaremos dos
vinculadas a la economía heterodoxa; ambas posiciones son críticas del sistema
capitalista y de su fase neoliberal vigente a nivel global. Estas corrientes son el
feminismo marxista y el feminismo de la ruptura, que abordamos respectivamente en
la segunda y tercera sección.
A modo de cierre, y tomando como eje la categoría trabajo reproductivo, en la
última parte, apuntamos cuáles son las similitudes y contrastes entre ambas corrientes
por cuanto a tal noción, para finalmente identificar cómo las elaboraciones teóricas se
han ido nutriendo hasta llegar a la noción de trabajos de cuidados, que se presume
aporta una forma más amplia de analizar la función principal de las mujeres en la
economía y la importancia de los trabajos destinados a reproducir y cuidar la vida; y
no solo la vida humana sino la vida en su conjunto.
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Hacia una mirada feminista en la economía
Se ha señalado en líneas previas que el trabajo reproductivo constituye nuestro objeto
de estudio; sin embargo, el análisis integral de los procesos que este concepto evoca
solo ha sido posible en el marco de una ciencia económica incluyente de la
epistemología feminista. Ello a causa de que el papel que se asigna a las mujeres en
el sistema económico ha sido soslayado por tradición en la economía dominante, la
cual se encuentra reducida a explicar el funcionamiento del aparato productivo
destinado a los mercados, y por tanto, se ocupada principalmente de encontrar “la
perfecta asignación de recursos económicos para una producción óptima” (Rodríguez
Enríquez, 2015).
Tal sesgo es común en la ciencia económica convencional, independiente-
mente de sus variantes teóricas. Un rasgo que ni la Economía Política Crítica,
confrontada epistemológicamente con la postura liberal clásica, pudo evadir. Lo que
no implica desconocer de la primera, sus valiosos aportes para explicar la dinámica
de acumulación capitalista. La desatención -o tal vez menosprecio- de los procesos
económicos que se desenvuelven en la esfera privada-doméstica y carentes de
remuneraciones salariales, no es una novedad, tal como lo podemos constatar en la
obra de Rosa Luxemburgo, quien, en el texto ¿Qué es la economía? (1917), criticó las
definiciones que la academia de su época ofrecía sobre la ciencia económica,
haciendo notar que sobre esta ciencia había poca claridad o que en otras ocasiones
eran generadas definiciones que correspondían a los intereses del Estado. Entre las
definiciones que la autora criticó se encuentra la siguiente:
Por ciencia de la economía nacional o política entendemos aquella ciencia que trata de las
leyes del desarrollo de la economía de una nación, o de su vida económica nacional
(filosofía de la historia de la economía política, según Von Mangoldt). Al igual que todas
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las ciencias políticas, o ciencias de la vida nacional, estudia, por una parte, al hombre
individual y por la otra extiende su campo de investigación al conjunto de la humanidad.”
¿Comprenden ahora los “hombres de negocios y estudiantes” qué es la economía? Pues,
la economía es la ciencia que estudia la vida económica. ¿Qué son los anteojos de carey?
Anteojos con marco de carey, desde luego. ¿Qué es un asno de carga? Pues, ¡un asno
con una carga sobre su lomo! (Luxemburgo, 1925: 3).
Después de analizar algunas otras interpretaciones que iban en esa misma tónica,
Luxemburgo demostró que no se trataba más que de “fraseología hueca, cháchara
pomposa”, sino que el hecho correspondía a la carencia de interés por un verdadero
análisis sobre el tema. “La terminología confusa y oscurantista de los profesores
burgueses no es fruto de la casualidad, que refleja no sólo su falta de claridad sino
también su aversión tendenciosa y tenaz hacia un verdadero análisis del problema
que nos ocupa” (Luxemburgo, 1925:3).
Esta autora clásica, distintiva por su posicionamiento en favor de la clase
trabajadora, hizo notar que la opacidad en el tratamiento del circuito doméstico o
familiar en la ciencia económica deriva de que ésta se cierne sobre todo a través de
dos grandes tópicos: qué es la economía y cuál es su origen. Su análisis deja claro
que la disciplina versa en primera instancia sobre la manera en la que la humanidad
satisface sus necesidades básicas para la subsistencia (generando valores de uso),
para arribar a una cierta claridad sobre los fines de la producción social (valores de
cambio) en las sociedades modernas, apuntando al trabajo como medio por el cual se
pueden cubrir dichas necesidades. Asimismo, y aludiendo a la obra de Marx en
concreto, enfatiza que la Economía Política cumple con revelar las relaciones sociales
que configuran el modo de producción capitalista, por lo que perdería su objeto con la
abolición del capitalismo y la generación de modos de producción socialistas. Ahora
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que, al no existir un abordaje de la producción no mercantil o doméstica, la ciencia
económica queda en deuda.
Recuperar la obra de Luxemburgo es oportuno, para probar que los
cuestionamientos feministas a la ciencia económica se hacen presentes en la medida
que la disciplina se consolida como tal. Evidencia, asimismo, que desde inicios del
siglo pasado se advierte la necesidad de descentrar la mirada de la producción y los
mercados capitalistas para lograr ver que existen otros entornos donde también se
produce riqueza social.
Ahora bien, acusar esa falla o déficit en la Economía Política Crítica, empero,
no significa desdeñar todo lo que sí nos aporta para entender el mundo que vivimos.
Ya que previene un tejido de categorías, conceptos y teorizaciones sin los cuales un
análisis exclusivamente feminista quedaría limitado o sería insuficiente. En efecto,
esta vertiente de la ciencia económica nos revela que el sistema económico actual no
se desenvuelve -como expresa la doctrina liberal- a partir de intercambios equitativos
y voluntarios, sino con base en la extracción de valor (específicamente plusvalor)
mediado por la adquisición y uso privado de la fuerza de trabajo colectiva; una
regularidad institucionalizada como vínculos sociales libres e igualitarios. Es así
porque históricamente el orden social capitalista se funda en la desposesión de los
medios de producción a los trabajadores directos, mismos que conformarán una clase
social desposeída tras los efectos de la fase de acumulación originaria. De tal manera
que las especificidades del capitalismo son (1) el empleo de fuerza de trabajo de una
clase desposeída, para obtener un plusvalor, y (2) la apropiación privada de ese plus
producto por la clase propietaria, en una sociedad mercantil (o de intercambio de
excedentes). De ahí que en Marx el capital no es un acervo de medios de producción
(stock), como lo apunta la economía inglesa decimonónica, sino una relación social
en movimiento, nexo de interdependencia y subordinación entre clases antagónicas
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(Acosta, 2018: 33). Previamente Adam Smith y David Ricardo también señalaron al
trabajo como fuente de valor (valor de cambio), como esencia de la creación y
movilización de riqueza social, pues concluyeron que existe un excedente o valor
agregado que recibía el empresario gracias al trabajo realizado por los obreros en sus
fábricas. Empero, estos pensadores eludieron hurgar en las tendencias críticas que
conlleva el despliegue histórico del capitalismo; argumentando que el mercado tenía
la capacidad de autorregularse a través de la competencia (Acosta, 2018: 34).
La crítica de la economía política resulta indispensable en sus concepciones
centrales, pues permite entender al trabajo como fuente de valor y a la fuerza de
trabajo como una mercancía en el momento presente; desde esa plataforma es
posible explicar problemas como la pobreza o el desempleo. Su carencia medular, es
que no consigue pues en realidad no se plantea- explicar la función que desempeñan
las mujeres -y específicamente el trabajo de las mujeres- en el ciclo de producción
capitalista. Más allá de su reconocimiento temprano de la división sexual del trabajo,
por el punto histórico de gestación de la ciencia económica moderna, no incorpora una
serie de conceptos y variables que el feminismo de la segunda mitad del siglo XX sí
puso en la palestra política y científica (patriarcado, género, trabajo reproductivo).
Claramente no es solo la economía, ni exclusivamente las disciplinas sociales
las que ostentan esta dificultad; las ciencias todas en su génesis adolecen de la
presencia intelectual y la perspectiva feminista, o bien las teóricas figuran como casos
de excepción (García Dauder, 2019; Acosta Reveles, 2021). Solo en tiempos recientes
se reconoce la dimensión patriarcal que interseca con la subordinación de clase del
sistema capitalista, y cómo se relegó a las mujeres a la esfera doméstica.
Ni los economistas clásicos burgueses ni la visión proletaria de la economía
política penetraron en la situación de las mujeres y el sentido económico de sus
prácticas. Sin embargo, dedicaron algunas líneas a explicar por qué debían
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dedicarse al trabajo en los hogares, tratando la esfera doméstica y visualizando el
cuidado de las familias como derivación de las inclinaciones biológicas para el sexo
femenino al especializarse en las labores de crianza. En el pensamiento económico
liberal, Smith y Ricardo dedujeron que, si la medida del valor es el tiempo de trabajo,
la división del trabajo favorece la especialización y logra mayor potencia o capacidad
productiva en cualquier sociedad (Acosta, 2018). Esto ocurría al interior de las
fábricas, como en la esfera doméstica justificando el hecho de que las mujeres se
dedicaran principalmente al trabajo doméstico, lo que tuvo como argumento principal
la naturaleza, que para entonces filósofos como Rousseau o Locke ya habían
consignado, haciendo notar que aun cuando se hubiera abandonado la explicación
religiosa sobre la subordinación de las mujeres, los filósofos ilustrados buscaron otras
razones para mantenerlas bajo el control de los varones.
Sin hacer referencia al cómo las mujeres fueron excluidas del proyecto ilustrado,
vale la pena recuperar de aquel discurso la retórica androcéntrica que explicó la
relación de poder y subordinación entre mujeres y hombres, y cómo esta ha sido
aprovechada para establecer un sistema sexo género con características
socioculturales particulares. Es decir, el patriarcado como base del sistema sexo
género que da sustento a la división sexual del trabajo no es una creación del
capitalismo. La subordinación de las mujeres es anterior a dicho sistema, sin embargo,
esta fue recuperada y funcionalizada al interior de éste, dotándolo de nuevos
significados y configurando una forma particular de organización familiar, la familia
patriarcal.
La familia constituye una institución fundamental en y para las sociedades de clases…Si
bien es cierto que es un elemento permanente de las sociedades de clases no es un
fenómeno homogéneo sino un producto social, históricamente determinado, que adquiere
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su forma y contenido concreto en el seno de un orden social, en el cual se despliegan y
transforman distintas fuerzas sociales e intereses (Acosta, 2007: 97).
Para el buen funcionamiento de la sociedad capitalista, con la división del trabajo
basada en el género, Adam Smith “contribuyó a definir las esferas separadas de lo
público y lo privado, lo mercantil y lo doméstico, del trabajador y la criada, del
independiente y la dependiente, de lo productivo y lo reproductivo, que ocuparían
desde entonces el género masculino y el femenino en la ciencia económica”
(Domínguez, 2000: 185).
Con base en un orden social de género y sus estereotipos, los economistas
clásicos ratificaron la división sexual del trabajo, de tal manera que lo productivo y lo
reproductivo se tradujeron en espacios públicos y privados de la vida asignados a
hombres y mujeres, respectivamente. De acuerdo con Domínguez, los clásicos
“asumían la doxa patriarcal: como las mujeres eran las únicas que se quedaban
embarazadas debían recibir una educación acorde con su función de madres altruistas
para evitar que fueran infieles a quien tenía la obligación de mantenerlas” (2000: 87).
Cuando las mujeres ingresaron a los mercados de trabajo, las justificaciones
naturalistas también sirvieron para excusar salarios más bajos para ellas en
comparación con los percibidos por sus pares varones. “Esta presentación de la
ideología del salario familiar sirvió para minusvalorar la contribución de las mujeres
como trabajadoras a la proto-industrialización y como consumidoras a la llamada
revolución del consumo” (Domínguez, 2000: 187).
La familia nuclear, burguesa, tal como fue reconocida por los economistas
clásicos, constituye un pilar de la sociedad de clases. En el núcleo familiar se
normaliza la existencia de relaciones jerárquicas y de poder entre mujeres y hombres
pues al ser estos los principales proveedores ostentan el poder económico, haciendo
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a las mujeres dependientes de ellos. Asimismo, muchas mujeres aceptan y
reproducen la organización patriarcal de la familia, porque ellas mismas asumen como
verdaderas las explicaciones androcéntricas que rigen a la sociedad. Dichas
explicaciones incluyen argumentos religiosos, naturales (biologicistas) e incluso
represivos, aludiendo a la necesidad de vigilar el comportamiento casto de las
mujeres, con tal de evitar infidelidades que tendrían como consecuencia que los
hombres vivieran la deshonra de mantener hijas e hijos engendrados por otros.
Aunadas a estas explicaciones, se encuentran implícitos motivos meramente
económicos. “En la sociedad burguesa tales objetivos confluyen en producir, a partir
del trabajo asalariado para la apropiación del plusvalor en aras del desarrollo del
capital, con la finalidad que la familia se responsabilice de la producción social
mediante la reproducción de la fuerza de trabajo” (Acosta, 2007: 98).
La corriente feminista ha criticado que el pensamiento marxista, a pesar de que
fue incisivo al momento de identificar las relaciones de poder y de clase de naturaleza
obrera, no fue capaz de advertir relaciones de opresión de las mujeres respecto al
capital, ni de reconocer que el patriarcado estaba presente en el sistema capitalista, y
que fue anterior a él. Por lo tanto, es menester analizar a profundidad las causas
estructurales de la subordinación de las mujeres para desarticular la dimensión
patriarcal del sistema.
Para clarificar el porqué de la subordinación de las mujeres tanto en sociedades
capitalistas como no capitalistas ha sido necesario analizar el problema desde una
perspectiva diferente a la androcéntrica, construir conocimiento tomando distancia del
presupuesto de que las mujeres son por naturaleza seres inferiores a los varones, y
hacer un estudio materialista sobre la situación de las mujeres, desde otro lugar, con
otras premisas. Ese otro punto es la epistemología feminista.
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Como rama de la filosofía, la epistemología es teoría de conocimiento qué repara
en “lo que se puede conocer y cómo, o a través de qué pruebas las creencias son
legitimadas como conocimiento verdadero” (Blazquez, Flores y Ríos, 2012: 22). La
epistemología se pregunta por el conocimiento en mismo y mo se construye.
Analiza los supuestos desde los que parte, a las conclusiones que llega y por qué. Sin
embargo, a lo largo de la historia las mujeres fueron alejadas de la posibilidad de
construir conocimiento. El ser y estar de las mujeres en el mundo fue definido por los
varones desde una construcción androcéntrica del conocimiento. Por ello surge la
necesidad de crear una epistemología o teoría del conocimiento propiamente
feminista.
La epistemología feminista estudia lo anterior, abordando la manera en que el género
influye en las concepciones del conocimiento, en la persona que conoce y en las prácticas
de investigar, preguntar y justificar. Identifica las concepciones dominantes y las prácticas
de atribución, adquisición y justificación del conocimiento que sistemáticamente ponen en
desventaja a las mujeres porque se les excluye de la investigación, se les niega que tengan
autoridad epistémica, se denigran los estilos y modos cognitivos femeninos de
conocimiento, se producen teorías de las mujeres que las representan como inferiores o
desviadas con respecto al modelo masculino, se producen teorías de fenómenos sociales
que invisibilizan las actividades y los intereses de las mujeres o a las relaciones desiguales
de poder genéricas, y se produce conocimiento científico y tecnológico que refuerza y
reproduce jerarquías de género (Blazquez, Flores y Ríos, 2012: 22).
Fue a partir de la incorporación de la epistemología feminista que se discutió el género
-entendido como construcción sociocultural generada a partir de las diferencias
sexuales entre mujeres y hombres- como parte importante de la subordinación de las
mujeres en el sistema capitalista. La incorporación de la epistemología feminista a la
crítica de la ciencia económica dominante nos ha permitido analizar cómo ésta excluye
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de su análisis los elementos que no parecen estar vinculados al proceso de
valorización del capital, soslayando tanto los trabajos que posibilitan que estos puedan
llevarse a cabo como a quienes los realizan. La importancia de la epistemología
feminista radica en la posibilidad de reinterpretar la realidad social, política y
económica de las mujeres.
El feminismo, que comenzó reivindicando un lugar en el espacio público para las mujeres
-La reivindicación de ciudadanía en la revolución francesa. El derecho al sufragio en el
XIX- ha terminado cuestionando los conceptos clásicos de lo público y lo privado. Este
cuestionamiento ha sido posible porque la teoría feminista ha desvelado la existencia de
un sistema de dominación entre los géneros: el patriarcado. El análisis de estos
mecanismos de dominio patriarcales ha puesto de manifiesto las relaciones de poder que
se dan en esferas supuestamente privadas como la familia y la sexualidad (De Miguel y
Cobo, 2002: 203).
A la luz de la epistemología feminista, se incorpora a las mujeres como participes de
la economía, aun cuando el sistema económico dominante las relegó a la esfera
privada de la vida. Por ello, este trabajo se centra en el trabajo reproductivo como
principal labor de las mujeres, por ende, destacamos el papel de las mujeres en la
economía, esto como actoras invisibilizadas en la ciencia económica dominante,
porque si bien el trabajo no pagado realizado por las mujeres era y es aún condición
de posibilidad para la reproducción del sistema capitalista, en el análisis de dicha
ciencia sus aportaciones son consideradas principalmente extraeconómicas.
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Aportes del feminismo marxista a la crítica de la economía
política
Las luchas anticapitalistas han tenido como principal referente teórico y político el
trabajo de Carlos Marx. Por ende, no es de extrañar que sus categorías de análisis
hayan sido retomadas por mujeres economistas feministas que -si bien han criticado
el androcentrismo de ese corpus teórico, y el hecho de que ni él ni otros intelectuales
anticapitalistas lograran identificar la relevancia del trabajo reproductivo para el
capitalismo-, reconocen que el método marxista es fundamental para identificar las
relaciones de poder que se articulan al interior del sistema económico vigente.
Silvia Federici, Leopoldina Fortunati y Mariarosa Dalla Costa, por ejemplo, lanzan
una fuerte crítica a Marx, argumentando que su crítica al capital fue limitada al no
reconocer la importancia del trabajo reproductivo que se realiza al interior de los
hogares. “Marx no fue capaz de concebir la actividad productora de valor de otra forma
que no fuese producción de mercancías y su consiguiente ceguera ante el significado
de la actividad reproductiva no pagada de las mujeres en el proceso de acumulación
de capital” (Federici, 2013: 38).
Estas autoras han criticado la supuesta neutralidad del discurso marxista frente
a la dominación patriarcal de las mujeres, ya que desde la crítica de la teoría política
se continuó naturalizando su papel como madres y esposas, al normalizar que ellas
fueran las principales encargadas de realizar el trabajo reproductivo. Incluso en el
movimiento socialista hubo mujeres activas que al igual que sus compañeros varones
veían la lucha de las mujeres como parte integral de una lucha mucho más amplia e
importante: la lucha de clases.
Fue gracias a la epistemología feminista que las mujeres identificaron y
denunciaron la injusticia que representaba para ellas el mantener vigentes las
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relaciones de poder entre mujeres y hombres, relaciones patriarcales. Su denuncia
fue dirigida tanto para las socialistas marxistas como para el propio marxismo.
Hasta ahora, la bibliografía del Movimiento Feminista ha descrito y documentado, con
honda perspicacia y mordaz precisión, la degradación de la mujer y la formación de una
personalidad inclinada a tornar pacíficamente aceptable esta degradación. Quienes se han
preocupado porque la clase y no la casta fuese el elemento fundamental, han utilizado por
lo general su análisis de clase para socavar la autonomía de las mujeres. Las mujeres
“marxistas” -decía una mujer del movimiento de Nueva Orleans-son hombres bajo piel de
mujer. (Dalla Costa, 2009: 22)
Aceptar que la lucha por la emancipación de las mujeres pierde relevancia o puede
subyugarse frente a la lucha de clases fue ampliamente criticado, porque la vida
privada quedaba una vez más despolitizada, no solo por los varones que se negaban
a cuestionar los privilegios de género que el sistema patriarcal les confiere, sino por
las propias mujeres que asumían el rol de amas de casa como algo natural; aun
cuando eran capaces de manifestarse frente a las relaciones de poder que lograron
identificar como parte del sistema capitalista.
En esa tónica, se recriminó a las mujeres marxistas, no feministas, el hecho de
estar dispuestas a emprender la lucha contra el capital, pero sin cuestionar su propia
construcción de género -al igual que los varones- más aún, el que restaran importancia
al hecho de en el interior de los hogares es realizado un tipo particular de trabajo. Con
esto, las feministas abrieron la discusión sobre lo que es el trabajo en mismo,
cuestionando la dicotomía entre trabajo productivo e improductivo, ya que desde el
androcentrismo se definió el trabajo reproductivo como una labor improductiva. No
obstante, aunque el problema está presente en su discurso, para las feministas
marxistas el problema central no es saber si el trabajo doméstico, las labores
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realizadas en los hogares son o no productivas, para ellas la atención debía centrarse
en “Darse cuenta de que el trabajo femenino no remunerado que se realiza en el hogar
es fundamental para la producción de la fuerza de trabajo no solo redefine el trabajo
doméstico, sino la naturaleza del propio capitalismo y de la lucha en su contra”
(Federici, 2018: 64).
De esta manera surgió en los años setenta del siglo XX el movimiento por el
salario para el trabajo femenino. Desde un feminismo marxista, las mujeres
impulsaron este movimiento tanto en la teoría como en la práctica social,
organizándose y tomando las calles para exigir en la Italia de esos años que el trabajo
de las mujeres fuera económicamente reconocido y valorado, en consecuencia,
remunerado.
La división sexual del trabajo y las categorías sexo y género fueron esenciales
para politizar el trabajo reproductivo, de tal manera se identificó que el trabajo de las
mujeres, aún el no remunerado, realizado “por amor” al interior de los hogares era
productor de una mercancía específica: la fuerza de trabajo. “El trabajo reproductivo
puede ser definido como el conjunto de actividades del hogar cuyo fin es satisfacer
las necesidades de la familia y garantizar la reproducción biológica y social de la fuerza
de trabajo” (Garazi, 2017: 433).
Dalla Costa (2009) aseguraba que si bien ya antes las mujeres habían
caracterizado a los hogares y las familias burguesas como centros de disciplinamiento
para que las nuevas generaciones aceptaran las relaciones capitalistas de trabajo
asalariado e incluso se había logrado describir los hogares como centros de consumo
y a las mujeres, dedicadas cotidianamente a las labores domésticas, como un ejército
industrial de reserva -una fuerza de trabajo latente que se haría cargo de los trabajos
asalariados en caso de que los hombres no pudieran realizarlos o de que las
demandas productivas del capital así lo requirieran-, hasta ese momento no se había
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logrado comprender que los hogares eran centros de producción de la fuerza de
trabajo y, en consecuencia, las mujeres eran las obreras no remuneradas de los
hogares.
La capacidad de trabajar reside únicamente en el ser humano, cuya vida el proceso
productivo consume. En primer lugar, necesita nueve meses en el vientre materno, hay
que alimentarlo, vestirlo, criarlo; luego, cuando trabaja. Hay que hacerle la cama, barrerle
el suelo y prepararle el almuerzo y la cena que tiene que estar lista cuando vuelve a casa,
aunque sean las ocho de la mañana y vuelva del turno de noche. Así se produce y
reproduce la fuerza de trabajo que se consume diariamente en las fábricas y en las
oficinas. describir esta producción y reproducción es describir el trabajo de la mujer. (Dalla
Costa, 2009: 22)
Identificar a las mujeres como productoras de la fuerza de trabajo, mercancía única y
particular, de la cual se extrae el plusvalor, significaba dotar a las mujeres de poder
social y político. Está identificación visibiliza la relación de las mujeres con el
capitalismo y abre la posibilidad de generar un movimiento colectivo de mujeres que
dotadas de un fuerte andamiaje teórico pudieron en ese momento reclamar una justa
retribución por su labor, para dejar de ser el eslabón más vulnerable de la clase obrera,
el eslabón que a pesar de producir una vital mercancía quedó vulnerable tanto frente
al capital como al patriarcado.
De esta manera las mujeres se erigieron como sujetas políticas y actoras de las
luchas anticapitalistas, aunque no estuvieran directamente trabajando en las bricas.
“Podíamos luchar de manera autónoma, comenzando por nuestro propio trabajo en el
hogar como «centro neurálgico» de la producción de la fuerza de trabajo” (Fortunati,
1997 en Federici, 2018).
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Además de manifestarse contra el capitalismo, las mujeres feministas marxistas
advirtieron que no se deben soslayar las consecuencias que la dimensión patriarcal
del sistema capitalista genera en las vidas de las mujeres porque los estragos del
sistema son diferentes entre mujeres y hombres. Al interior de los hogares las mujeres
son las obreras y quien ejerce el control sobre ellas es el esposo, por lo tanto, las
relaciones de poder no solo se dan entre clases sociales sino también entre sexos. Si
bien la fuerza de trabajo del obrero se consume en la fábrica, la de las mujeres se
consume al interior de los hogares.
Como vimos en el apartado anterior, la asignación del trabajo reproductivo hacia
las mujeres corresponde a la división sexual del trabajo, situación que es muchas
veces aceptada por ellas a consecuencia de la educación patriarcal que afecta todos
los ámbitos de la vida, tanto en la esfera privada como en la pública.
El género, como construcción sociocultural que marca pautas de vida y
comportamiento distintas para mujeres y hombres a partir del sexo, deviene de
filosofías androcéntricas, que sitúan a los varones como los sujetos de mayor
importancia y poder frente a las mujeres, además de que presenta la falsa idea de que
los varones son más inteligentes y capaces, razones por las que los identifican como
actores principales del desarrollo de la humanidad y justifican la creación de un
sistema de dominación donde las relaciones de poder entre mujeres y hombres
prevalecen siempre a partir de la subordinación de las mujeres.
En los hogares, donde se produce la fuerza de trabajo se reproducen también
estas relaciones de poder que confieren a los varones autoridad sobre las mujeres y
les da legitimidad incluso sobre el uso de la violencia cuando las mujeres se muestran
renuentes a cumplir el trabajo reproductivo. Leopoldina Fortunati incorporó la relación
sexual a la reflexión del trabajo reproductivo, de tal manera que este trabajo no solo
incluye gestar, parir y cuidar la fuerza de trabajo; además implica cuidar y satisfacer
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integralmente a los varones cuya fuerza de trabajo se consume en las fábricas, como
describió Dalla Costa (2009).
Esta es una de las principales causas de la ceguera de muchos varones frente
a la subsunción del patriarcado en el sistema capitalista: ellos se ven privilegiados
directamente con la reproducción de este sistema, no obstante, su carácter de
obreros: subordinados y explotados. Las mujeres no solo cuidan a las hijas y a los
hijos, sino que los cuidan a ellos, subordinándose frente a sus deseos y necesidades,
negando la importancia de los propios, asumiendo por obligación, amor y/o temor una
condición de ser y existir siempre para el otro. Temor por la dependencia económica
que el dedicarse su vida y fuerza al trabajo no remunerado les ocasiona, por la
vulnerabilidad a las que las deja propensas y a la violencia que los hombres de su
casa pueden ejercer de manera legítima, al ser los principales proveedores.
Ese rol y prerrogativas no implican que los varones estén mucho mejor que las
mujeres al interior del sistema capitalista, el feminismo marxista es consciente de la
explotación que los varones sufren como clase desposeída al interior de las fábricas,
vendiendo su fuerza trabajo. Por lo tanto, no se trata de luchar por la igualdad entre
mujeres y hombres quedando ambos sexos subyugados frente al capital, sino
caracterizar la dimensión patriarcal del sistema, como ya se ha dicho antes y
comprender de qué manera el capital se ha beneficiado del trabajo de las mujeres aun
cuando no están directamente trabajando en las fábricas.
El feminismo marxista demostró que ni al interior de la familia burguesa ni al
interior de la familia proletaria es posible crear relaciones igualitarias entre hombres y
mujeres, porque ambos modelos tienen como base al patriarcado, de tal manera que
entrañan condiciones desiguales de poder. La liberación de las mujeres no puede
depender de la lucha de clases porque la lucha de clases no asume la lucha contra el
patriarcado.
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Economía feminista de la ruptura
La introducción de la epistemología feminista a la disciplina económica ha nutrido la
corriente marxista, coadyuvando a comprender y tratar de mejorar las condiciones
económicas de las mujeres a escala global, pero no solamente. Con el paso del tiempo
han surgido corrientes innovadoras, entre las que se encuentra la economía feminista
de la ruptura, que se caracteriza por oponerse a una visión reduccionista sobre la
desigualdad entre mujeres y hombres, así como de las estrategias que pretenden
“combatirla” desde la economía dominante.
La economía feminista de la ruptura no tiene como principal objetivo cambiar o
mejorar las condiciones de vida de las mujeres en el sistema actual, porque no
considera posible reformar un sistema cuyo fin es la obtención de ganancias, sin
importar cómo se obtienen o lo que para ello se destruye. La crítica de esta corriente
económica es sumamente profunda y trastoca no solo la construcción social de los
géneros masculino y femenino, sino que va más allá, al incorporar importantes
reflexiones críticas del binarismo de género.
Desde esta postura se enfatiza que el sistema dominante no solo se ha
apropiado de los trabajos invisibilizados que realizan las mujeres que viven bajo los
mandatos de la heteronorma. Las realidades de las personas trans han impactado
fuertemente el feminismo al cuestionar, al interior del mismo movimiento y desde su
propia epistemología, la construcción de la categoría mujer “Estos compartían, entre
otras muchas cuestiones, una idea amplia de crisis y crítica de la categoría estanca
«mujer» como único sujeto político posible del feminismo” (Sentamans, 2013: 31).
La vertiente hegemónica de la economía ha insistido que para reducir la
desigualdad patrimonial y social entre mujeres y hombres es necesario potenciar la
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participación de las mujeres en los mercados de trabajo. Desde esta perspectiva se
busca que las mujeres puedan compaginar las actividades económicamente
remuneradas con sus roles de madres y/o esposas, es decir, con las actividades no
remuneradas que, de acuerdo con la norma patriarcal, deben realizar a partir de sus
roles de género. Este tipo de economía no cuestiona por qué las mujeres deben
permanecer como principales cuidadoras, por el contrario, busca fomentar la
conciliación entre el trabajo remunerado y el reproductivo para que las mujeres puedan
acceder a los mercados de trabajo. Por lo tanto, puede identificarse como economía
de la conciliación. Por otro lado, se encuentra la economía feminista de la ruptura, la
cual no acepta que las condiciones de vida puedan mejorar sin que se haga una
profunda crítica al sistema económico dominante, que se ha beneficiado del trabajo
no remunerado, particularmente el feminizado.
[…] la estrategia de la economía feminista de la conciliación de integrar una nueva esfera
de actividad económica -el hogar, el trabajo doméstico, la reproducción- al análisis previo
implica problemas insuperables. Entre ellos: que el centro del análisis sigue siendo lo
mercantil y que las esferas feminizadas no dejan de tener una importancia secundaria
[…] (Pérez Orozco, 2005: 54).
La economía feminista de la ruptura es radical porque busca comprender la raíz de la
desigualdad existente al interior de este sistema, de tal manera que comparte con la
economía feminista marxista la identificación de la dimensión androcéntrica y
patriarcal del mismo, formando parte de análisis económicos heterodoxos. Sin
embargo, tiene también marcadas diferencias con ésta ya que, como vimos en el
apartado anterior, impulsó teórica y prácticamente el movimiento por el salario
femenino en los años 70, y para el feminismo de la ruptura remunerar el trabajo de las
mujeres, aun cuando se logre reconocer su importancia para la reproducción de la
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fuerza de trabajo, no es suficiente porque esto no trastoca de fondo los cimientos del
sistema. Incluso se advierte que con dicha remuneración se corre el peligro de afianzar
los roles de las mujeres como madres, esposas, cuidadoras y amas de casa.
Es importante considerar que si bien la economía feminista marxista y la
economía feminista de la ruptura comparten algunos postulados, ambos enfoques
analíticos deben ser contextualizados para no caer en el error de pensar que la
economía feminista marxista fue ingenua y concluyó que obtener el salario al trabajo
doméstico significaba ganar la lucha contra el patriarcado y el capitalismo.
Como vimos, la economía feminista marxista fue pionera al denunciar la
dimensión patriarcal del sistema capitalista y lo que ellas pedían en ese momento era
lo propio para su época, de inicio el reconocimiento del trabajo reproductivo como un
tipo de trabajo de cuyo valor se apropia el sistema capitalista y que es negado como
trabajo en mismo para obtener una mayor ganancia sin necesidad de reconocerlo
ni remunerarlo, precarizando a las mujeres y sirviéndose de las relaciones de poder
patriarcales preexistentes al capitalismo. Este no fue un objetivo menor, por el
contrario, a partir de sus postulados se ha logrado avanzar en el análisis de las
relaciones de poder que convergen para vulnerar a las mujeres en el sistema
capitalista, hoy en su fase neoliberal.
La economía feminista de la ruptura enuncia un grave conflicto capital-vida que
está presente desde los cimientos del sistema capitalista, es decir, manifiesta que el
sistema capitalista está provocando muerte, no solo como humanidad si no que está
vulnerando toda la vida del planeta en su conjunto. Por ende, pone en el centro del
análisis la sostenibilidad de la vida, asumiendo que toda ésta es vulnerable y requiere
de cuidados cotidianos que hasta ahora se han llevado a cabo de manera desigual,
sin responsabilidad colectiva, aun cuando la necesidad de cuidados es universal.
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Al cuestionar en qué condiciones se llevan a cabo los cuidados -quiénes cuidan,
quiénes reciben los cuidados y por qué-, las feministas de la ruptura observaron que
estas actividades concentran relaciones de poder que van más allá de la división
sexual del trabajo, que por supuesto la entraña -razón por la cual no abandonan el
concepto de patriarcado-, pero que los cuidados son también realizados explotando
ejes de poder como clase, etnia/raza, edad, entre otros. La razón es que el concepto
de “cuidados” es amplio y no se agota en el trabajo de reproducción, tal como fue
concebido por el movimiento para el salario al trabajo doméstico.
En la conferencia Los cuidados son la cara B del sistema (2020), Amaia Pérez
Orozco los definió como “todas aquellas cosas imprescindibles para que la vida
funcione en el día a día; son el proceso de reconstrucción cotidiana siempre inacabado
del bienestar físico y emocional de las personas”.
Toda persona requiere cuidados, en mayor o menor medida, y no solo quienes
se pueden considerar dependientes por edad o salud. Los varones se han beneficiado
del trabajo de cuidados que generalmente les proporcionan las mujeres.
[…] es reduccionista pensar que las únicas personas que utilizan el trabajo doméstico y
de cuidado son los niños y niñas y los ancianos y ancianas. Detrás de las personas débiles
se esconden también personas fuertes, sobre todo varones adultos, que utilizan el trabajo
doméstico y de cuidado de las mujeres como apoyo fundamental para la sostenibilidad de
su vida, no sólo en periodos de crisis, sino también, y sobre todo, en la normalidad
cotidiana. (Picchio, 2001: 3)
Cambiar el eje de la discusión en torno a la economía para descentrar la mirada de
los mercados capitalistas y ponerla en la sostenibilidad de la vida –“en los procesos
de satisfacción de las necesidades humanas” (Pérez, 2005: 54)- implica generar una
profunda crítica al sistema económico dominante y entender que la búsqueda del
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capitalismo por obtener mayores ganancias está poniendo en peligro de muerte a la
totalidad de la vida, pero también demuestra que en este sistema solo existe un tipo
de sujeto cuya vida se busca sostener: el blanco, burgués, varón, adulto y
heterosexual (BBVAH) (Pérez, 2019).
La economía feminista de la ruptura habla del patriarcado subsumido al capital
que sigue como fundamento de la desigualdad entre mujeres y hombres, así como de
un heteropatriarcado -porque reconoce la existencia de otros géneros que al interior
del sistema también son vulnerados- que agudiza las desigualdades sistémicas para
identificar al BBVAH como la mayoría y su forma de vida -generalmente en sintonia con
el capital- cómo la única válida para ser sostenida. Por este motivo debe servir como
modelo al cual aspirar, por estar asociado con el éxito económico, lo que pareciera
liberarlo de cualquier responsabilidad de cuidado tanto para sí como para el resto, “los
mecanismos de mercado hacen posible que quienes tienen mayor capacidad de
convertir sus vidas en las dignas de ser rescatadas se apropien de la vida del resto
hay una distribución desigual del conjunto social hacia quienes ocupan la posición del
sujeto mayoritario BBVAH” (Pérez, 2019: 137).
El sujeto masculino tiene el privilegio de no cuidar y de exigir cuidados, por lo
que se argumenta que el privilegio de no cuidar es procapilista. Las otras vidas son
ubicadas como una serie de minorias que pueden explotarse para satisfacer los
deseos y necesidades de dicho sujeto. Al poner en el centro la sostenibilidad de la
vida, las autoras argumentan que además se trata de fomentar condiciones para que
todas las vidas sean sostenidas, no solo algunas, y que lo sean de tal manera que
valgan la pena ser vividas.
Esta corriente hace hincapie en la explotación que pesa sobre el trabajo de
cuidados, tanto remunerado como no remunerado, enfatizando que aun cuando es
asalariado las mujeres siguen siendo quienes lo realizan primordialmente.
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Normalmente se habla de trabajo doméstico en lugar de trabajo de cuidados, sin
embargo, la noción de trabajo doméstico despolitiza que en realidad las trabajadoras
del hogar hacen más que limpiar la casa.
En general se define el trabajo doméstico como “aquel que se realiza para uno
o varios hogares; incluye tareas como limpiar la casa; cocinar; lavar; planchar ropa;
cuidado de infantes, personas adultas mayores, personas enfermas o con
discapacidad; labores de jardinería, etc.” (Secretaría de las Mujeres, 2018). Como se
puede observar, las tareas que realizan las trabajadoras del hogar son múltiples y
extenuantes, por ello más que hablar de trabajo doméstico, desde la economía
feminista de la ruptura de habla de trabajo de cuidados, porque sostiene
cotidianamente la vida de las y los integrantes de los hogares. Sin embargo, este
trabajo se ha desvalorizado de tal manera que el dedicarse a este no implica que
quienes lo realizan puedan mejorar sus condiciones materiales de vida.
De acuerdo con las autoras mencionadas, los estudios sobre trabajo doméstico
remunerado, así como las encuestas de uso del tiempo, demuestran que es un trabajo
que se realiza por la falta de oportunidades para encontrar otro tipo de empleo, ya que
generalmente se trata de mujeres pobres o con poco acceso a la educación formal. El
dedicarse al trabajo doméstico remunerado no garantiza a las mujeres salir de la
pobreza. En muchas ocasiones, la búsqueda por mejorar sus condiciones de vida ha
generado procesos migratorios, ocasionando fenómenos como las cadenas globales
de cuidado, “cuando las migrantes insertan en ocupaciones de cuidado en los países
receptores, dejando hijos e hijas dependientes al cuidado de otros (muy
frecuentemente, abuelas y tías)” (Esquivel, 2012: 172). Al analizar este fenómeno
desde la sostenibilidad de la vida, se advierte que tanto en los países receptores como
en los países de origen existen problemáticas que lo desencadenan.
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En los países receptores, pagar por cuidados se ha convertido en una práctica
común, sobre todo a partir de las llamadas crisis de cuidados, originadas por el
envejecimiento de la población; las relaciones patriarcales que delegaron en las
mujeres la responsalibilidad del trabajo; el acceso cada vez mayor de las mujeres a
los mercados de trabajo; la decisión de las mujeres de dejar de ser las cuidadoras
principales en los hogares; y el que los Estados de estos países no se hayan hecho
cargo de proveer, a través de instituciones públicas, los servicios de cuidados
necesarios. La crisis de cuidados se evidencia y acentúa en determinadas coyunturas,
porque pone al desnudo la incapacidad de los Estados de proveer los cuidados que
la población requiere, tal es el caso de la pandemia por Covid-19 que ha tenido un
impacto global y cuyos estragos aun se sienten. Cabe señalar que no en todos los
países desarrollados se han presentado estas cadenas. Las autoras lo atribuyen,
sobre todo, al nivel de provisión pública de cuidados en cada país.
Que lo sea sólo en algunos países (y también en algunos países de ingresos medios) se
debe a que en éstos se da una importante “ausencia del estado” en la provisión de
servicios de cuidado institucionales, y prevalece la “privatización” del cuidado, lo que
genera soluciones atomísticas “vía mercado” (Esquivel, 2012: 174).
En el caso de los países de origen, “la migración es antecedida por situaciones de
pobreza y la búsqueda de recursos económicos” (Esquivel, 2012: 174), estas
condiciones que afectan a la población en su conjunto se encuentran entre los
pricipales factores migratorios para mujeres y hombres. Sin embargo, en el caso de
las mujeres la violencia de género constituye un factor específico y sumamente
representativo. “En un estudio sobre la migración peruana a Argentina, Canevaro
señala que la realidad de violencia doméstica, la sobrecarga de trabajo junto a las
dificultades económicas, actúan como incentivos más o menos explícitos para que las
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mujeres vean en la migración una superación de tales injusticias” (en Martelotte, 2015:
180-181).
Transferencia trasnacional de cuidados es una de las formas en las que ha sido
caracterizado el fenómeno de las cadenas globales de cuidado (Martelotte, 2015).
Esta denominación es adecuada en tanto refleja que muchas veces las mujeres que
migran para dedicarse a trabajos de cuidados en países receptores se encargaban de
este tipo de trabajos en los países de origen, se trata de madres de familia que delegan
el cuidado de sus familias para obtener recursos. En los países de origen tampoco
suelen existir agendas de cuidados que cubran adecuadamente las necesidades de
la población.
Estas cadenas son una expresión de los conflictos asociados a la falta de
atención que se ha puesto a las necesidades de cuidados que tienen todas las
personas y es solo a partir de politizar la vida cotidiana con una perspectiva económica
feminista que ha tomado como eje epistémico la sostenibilidad de la vida, lo que ha
logrado advertir la necesidad de colectivizar las responsabilidades de cuidado, tanto
a nivel individual como a nivel Estado. Este fenómeno puede ser también entenido
como consecuencia de la violencia económica y social que ha traido consigo el
sistema capitalista-patriarcal, “las cadenas globales de cuidado representan una
excelente oportunidad para dar cuenta de la interseccionalidad, o del encadenamiento
e interacción entre múltiples ejes productores de desigualdad como el género, la clase
social y el lugar de origen” (Martelotte, 2015: 186).
La interseccionalidad que da cuenta de la vulnerabilidad de todas estas
“minorias”, ha sido notoria sobre todo durante las épocas de crisis. Economistas como
Cristina Carrasco Bengoa y Amaia Pérez han realizado importantes aportaciones
reflexionando desde la crisis financiera de 2008, no haciendo enfasis en la dimensión
propiamente financiera, sino en como a partir de ésta queda al descubierto que el
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sistema capitalista patriarcal no tiene en su horizonte más que la acumulación de
capital privado, dejando el bienestar totalmente soslayado.
En el artículo “No es la crisis, es el sistema”, Carrasco Bengoa señala que dicha
crisis generó una “redistribución salvaje de la renta y la riqueza y también de los
tiempos y los trabajos” (2012: 5), que afecta sobre todo a la población más vulnerable
y que a pesar de que al inicio fue identificada como una crisis financiera esta tuvo
graves repercusiones en diversos sectores sociales y económicos. Sin embargo,
desde los discursos oficiales no se le nombró tal cual esta fue: una crisis sistémica,
consecuencia de un sistema depredador de la vida, cuyo interés por la obtención del
beneficio individual ha puesto en peligro al medio ambiente; ha continuado
pauperizando las condiciones de trabajo y, por ende, las condiciones de vida de
millones de trabajadoras y trabajadores, sobre todo de los países menos
desarrollados, y del trabajo de cuidados que realizan las mujeres para obtener fuerza
de trabajo a bajo costo. Por ello propone examinar las tensiones que se presentan en
la vida cotidiana y en sus condiciones de sostenibilidad. Sin embago, poner en el
centro la sostenibilidad de la vida no solo implica reflexionar sobre lo que ocurre en la
vida cotidiana, al interior de los hogares, por el contrario, se debe comprender que
aquello que acontece en la cotidianidad esta entrelazado por multiples conexiones
macro y micro económicas. Reformar el sistema capitalista patriarcal que ha generado
todas está desigualdad y explotación no es una opción para las feministas de esta
corriente.
El objetivo no puede ser reformar el sistema actual porque está pervertido en
múltiples sentidos. Pervierte la noción misma de vida que merece la pena ser vivida,
al negar la vulnerabilidad y la ecodependencia, en tanto condiciones básicas de la
existencia, e imponer un ideal de autosuficiencia que no es universalizable, porque
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solo es alcanzable gestionando la interdependencia en términos de explotación.
(Pérez, 2019: 69)
Recapitulando, la economía feminista de la ruptura propone que la economía se
subvierta con un enfoque feminista para descentrar los mercados capitalistas del
análisis económico y comience a observar como el sistema capitalista patriarcal está
poniendo en peligro toda la vida, no solo la humana. No busca un empoderamiento de
las mujeres marcado por el éxito económico que promete la incorporación a los
mercados capitalistas de trabajo. No busca generar empleos a partir de un trabajo
doméstico remunerado que en realidad se traduce en trabajos de cuidados basados
en la explotación de otras mujeres más empobrecidas. Propone que todas las
personas se hagan responsables del cuidado de la vida en su conjunto, porque el
cuidado es tanto una necesidad como una responsabilidad común.
Del trabajo de reproducción al trabajo de cuidados
A lo largo de este documento hemos analizado el concepto de trabajo reproductivo en
el marco del sistema capitalista patriarcal. Abordamos la propuesta marxista feminista
que provocó el movimiento por la obtención de un salario para el trabajo doméstico en
los os setenta del siglo XX. Esta propuesta ha sido un referente de suma importancia
porque al incluir la epistemología feminista en su análisis develó que al interior de los
hogares se realiza un importante trabajo cuyo valor económico y social ha sido
soslayado a causa de factores socioculturales propios del sistema patriarcal, hecho
por el cual el patriarcado ha sido subsumido al sistema capitalista.
Sin embargo, hemos visto que persiste una crítica a los alcances del concepto
de trabajo reproductivo, ya que tal y como fue planteado por el feminismo marxista de
los años setenta, pareciera que el trabajo reproductivo se limita a analizar las labores
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que las mujeres llevan a cabo para reproducir la fuerza de trabajo; soslayando que las
mujeres realizan trabajos concernientes a la reproducción y el cuidado no solo al
interior de los hogares y no siempre de manera no remunerada. Por lo tanto, es
necesario incorporar al análisis otras formas de transferencia de valor -o explotación,
si es el caso- que soportan las mujeres que realizan labores de cuidados y aportan
desde diferentes frentes a la reproducción del sistema.
La economía feminista continua en franca controversia con el sistema capitalista
patriarcal, recuperando conceptos y categorías que sirvieron de base al feminismo
marxista, pero ampliando la mirada para integrar al debate elementos que quedaban
fuera del concepto de trabajo reproductivo y cuestionando el potencial emancipador
del salario al trabajo doméstico. De esto da cuenta la economía feminista de la ruptura,
corriente que ha puesto en el centro de la discusión el conflicto CapitalVida y la
importancia de situar la sostenibilidad de la vida como eje de propuestas
anticapitalistas que sirvan de fundamento para combatir las múltiples injusticias
sociales que entraña este sistema.
Así como el análisis social y económico llevado a cabo desde la epistemología
feminista ha logrado ampliar la noción de trabajo reproductivo y articular el concepto
trabajo de cuidados. Es de suma importancia no abandonar del todo las categorías
heredadas de la crítica de la economía política porque si bien compartimos la crítica
hecha a Marx sobre que no consideró el trabajo reproductivo en su crítica al capital,
debe mencionarse que en la actualidad algunos de sus planteamientos son claves
para comprender cómo se articula el sistema dominante y cuáles son las
problemáticas asociadas a este.
Las graves problemáticas sociales que se viven en la actualidad son el resultado
de la búsqueda constante del capital por la obtención de ganancia, por lo tanto, se
habla de una crisis tanto económica como social y civilizatoria. La crisis posee un
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carácter multidimensional. En el texto Los talleres ocultos del capital” (2020), la
filósofa feminista Nancy Fraser abordó algunos ejes de análisis presentes en el
planteamiento de Marx que nos ofrecen pautas para comprender las dinámicas
capitalistas que han devenido en la presente crisis sistémica, fundamentalmente
retoma la acumulación por la explotación de las y los trabajadores y el despojo o
desposesión, “la acumulación se logra mediante la explotación. El capital, en otras
palabras, no se expande a través del intercambio de equivalentes, como la perspectiva
del mercado sugiere, sino precisamente a través de su opuesto: la no compensación
de una porción del tiempo de trabajo de los trabajadores y trabajadoras” (Fraser, 2020:
21).
Al hablar sobre desposesión, la autora considera que “…tras la coerción
sublimada del trabajo asalariado radican la violencia palpable y el robo descarado”
(Fraser, 2020: 21). El análisis de la desposesión implica “un movimiento hacia la
historia y a lo que yo he denominado las ´condiciones primordiales de posibilidad’ de
la explotación” (Fraser, 2020: 21).
Siguiendo la lógica marxista, se evidencia la explotación de trabajadoras y
trabajadores a través de la falta de remuneración del trabajo es condición de
posibilidad para el sustento del sistema capitalista. En este documento, nos hemos
abocado a los trabajos reproductivo y de cuidados, cuestión a la que Fraser no es
ajena. Sin embargo, es menester considerar que no son los únicos de cuyo valor se
apropia el capital, así como no solo obtiene plusvalor de los obreros al interior de las
fábricas, “la división entre reproducción social y producción de mercancías es
fundamental para el capitalismo; de hecho, es un mecanismo del mismo. Como
decenas de teóricas feministas han resaltado, la distinción es profundamente sexista,
de forma tal que la reproducción está asociada a las mujeres y la producción a los
hombres” (Fraser, 2020: 22).
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Además de la lógica de la explotación, Fraser refiere a la desposesión, como
condición de posibilidad para la reproducción del sistema capitalista. Los depojos del
capital se encuentran presentes en la historia de la humanidad. En el caso de las
mujeres un referente de suma importancia lo encontramos en el libro Calibán y la
Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria” de Silvia Federici (2010), en el cual
la autora realizó un análisis económico y político de la caza de brujas, dando cuenta
de los procesos de despojo que las mujeres vivieron durante el llamado proceso de
acumulación originaria del capital.
La acumulación de capital implica aprendizajes y procesos sociocognitivos a
través de los cuáles la sociedad normaliza las desigualdades e injusticias que son
inherentes al capitalismo. Aquí se ha subrayado el patriarcado como uno de esos
elementos que anteceden y se articulan con la desigualdad de clase; pero existen
otros elementos que han generado falaces explicaciones sobre las causas de otras
formas de desigualdad social y económica. La crisis que hoy se vive a nivel global no
es “Ni ´meramente´ económica ni ´sólo´ financiera, la crisis capitalista de nuestra
época también es social, política y ecológica” (Fraser, 2020: 10).
Frente a esta crisis multidimensional han surgido movimientos sociales que
trascienden las luchas de la clase obrera; es el caso del movimiento feminista. Las
propuestas que pretendan ofrecer soluciones antisistémicas a la crisis capitalista no
pueden seguir asignando jerarquías a las luchas sociales, como ocurre al priorizar la
producción mercantil y lucrativa frente a los trabajos de cuidados, y otros procesos de
regeneracion social y ecosocial. “Los debates sobre la naturaleza, la reproducción
social y el poder público son elementos centrales de esta constelación, que involucran
múltiples ejes de desigualdad, incluida la nacionalidad/raza-etnia, la religión, la
sexualidad y la clase” (Fraser, 2020: 16).
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Además del despojo y la explotación que entrañan las condiciones de posibilidad
para la reproducción del capital tienden a mantenerse ocultos, como los trabajos de
cuidados: en palabras de Fraser, en los procesos de reproducción social y en la
explotación de la naturaleza como fuente de materias primas para la fabricación de
mercancias, se encuentran las “condiciones de posibilidad políticas del capitalismo:
su dependencia respecto a unos poderes públicos que establezcan y fortalezcan sus
normas constitutivas. El capitalismo es inconcebible, […], sin un marco legal que
sostenga la empresa privada y el intercambio mercantil.” (Fraser, 2020: 24).
Si bien el objetivo de este documento no ha consistido en explorar el campo de
las políticas públicas, se reconoce que este no es un tema menor; y que para
generar propuestas de cambio social con mayor efectividad se precisa una
transformación en el terreno político e institucional. Que los Estados generen marcos
legales que ponderen la prioridad de cuidar la vida. En paralelo a la ruta político-
institucional, deben generarse lecturas teóricas antisistémicas, capaces de responder
a la configuración múltiplemente artículada del capitalismo actual, incluyentes de las
necesidades de todos los grupos sociales que el capitalismo ha vulnerado y, a su vez,
de la imperante necesidad de proteger al medio ambiente, pues el capital ha utilizado
a la naturaleza como una fuente de recursos para explotar de manera desmedida,
generando problemáticas ambientales que, como hemos visto, ponen en peligro tanto
la vida humana como la vida del planeta en su conjunto.
De cara a la problemática expuesta, la economía feminista ha reestructurado el
concepto trabajo reproductivo porque a pesar de su importancia histórica ya no es
suficiente para dar cuenta de los trabajos que por motivos de nero las mujeres
realizan al interior del sistema, ni del perjuicio socioeconómico que la desvalorización
de estos trabajos conlleva. Actualmente se ha planteado la categoría trabajos de
cuidados, para dar cuenta de todas aquellas labores necesarias para reproducir y
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cuidar la vida en su conjunto, labores que mayoritariamente son realizadas por
mujeres. Aun cuando ambos términos emanan del análisis económico feminista y
tienen como base roles y estereotipos de género impuestos por el sistema patriarcal,
estos no son sinónimos.
La categoría trabajo de cuidados permite, efectivamente, criticar la división
sexual del trabajo y más aún, las formas en los que los cuidados “se organizan
socialmente y de cómo esta organización se entrelaza con los sistemas de
estratificación social, sexual y racial vigentes en nuestra sociedad, hasta el punto de
alcanzar una situación crítica” (Pérez-Caramés, 2020: 2). Como ejemplo de esta
situación crítica, se encuentra lo ocurrido durante la pandemía por COVID-19, ya que
entorno al tema de los cuidados, este fenómeno ha puesto en relieve “situaciones de
enorme desigualdad en el acceso a servicios y prestaciones de cuidados, pero
también condiciones profundamente injustas e indignas en su distribución y ejercicio
por parte de quienes se dedican a su provisión” (Pérez-Caramés, 2020: 2).
A manera de conclusión, conviene insistir en que el trabajo de cuidados cobra
sentido como uno de los talleres ocultos que sustentan al sistema capitalista patriarcal
-como advierte Fraser (2020)- y no ha tenido la debida atención por parte de los
Estados, ya que no han generado marcos institucionales abocados a garantizar
condiciones de vida digna, tanto para las personas que necesitan cuidados como para
quienes los proveen. El trabajo de cuidados posee todavía una organización marcada
por la desigualdad sexual, social, económica y política que se ha vuelto insostenible y
está generando graves crisis, no solo para las mujeres que cuidan de manera no
remunerada- muchas veces convencidas de que es un rol que les corresponde y que
deben ejercer por amor-, sino también para quienes buscan sostenerse y a sus
familias a través de esta labor; por ello es necesario generar condiciones sociales,
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políticas y económicas que permitan una redistribución social - equitativa y justa- de
los cuidados.
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Artículo recibido el 30 de abril de 2022
Aprobado para su publicación el 19 de abril de 2023