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CONVERTIRSE EN ESPECIALISTA EN CULTIVO
Y USO TERAPÉUTICO DE CANNABIS. CONTEXTOS,
CONOCIMIENTOS Y FORMAS DE ASESORAMIENTO
ENTRE ACTIVISTAS CANNÁBICOS EN ARGENTINA*
María Cecilia Díaz**
RESUMEN
El presente trabajo resulta de una etnografía entre activistas que impulsaron
demandas de acceso al cannabis para uso terapéutico en Argentina. Como
tal, considera el desarrollo de conocimientos sobre la planta y sus derivados
en términos procesuales y con relación a distintos contextos de interacción
social. Así, se describen las labores de estudio y dedicación en el marco de
tiendas de cultivo y agrupaciones cannábicas, y la configuración de dispo-
sitivos y modelos que integraban a cannabicultores con usuarios terapéuti-
cos y/o sus cuidadores, profesionales de la salud y científicos. Además, se
analizan actividades colaborativas en seminarios y jornadas de cannabis
medicinal que se realizaron entre los años 2015 y 2017. En esas interaccio-
nes y prácticas los activistas crearon formas de asesoramiento y acompaña-
miento basadas en experiencias de cultivo y uso de la planta, reconvirtieron
sus conocimientos en experticia e insumos para su profesionalización, y
* La investigación que sustenta este trabajo fue realizada en el marco del Doctorado
en Antropología del Programa de Pós-Graduação em Antropología Social, Museu
Nacional, Universidade Federal do Rio de Janeiro (-, ). Allí me beneficié
de la orientación amable y atenta de Luiz Fernando Días Duarte y Gustavo Blázquez;
y de una beca de estudios provista por la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal
de Nível Superior (). Las inquietudes que atraviesan esta y otras producciones
emergieron gracias a discusiones y lecturas en el Programa Subjetividades y Sujeciones
Contemporáneas (Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades,
Universidad Nacional de Córdoba), dirigido por Gustavo Blázquez y María Gabriela
Lugones.
** Instituto de Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba. Correo electrónico:
<mcecilia.diaz@gmail.com>.
doi: 10.48160/18517072re50.15
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participaron de la construcción de conocimiento científico sobre cannabis
y sus derivados.
 :   –   –
 –  – 
DE EXPERIENCIA Y EXPERTICIA
En abril de 1953, el sociólogo norteamericano Howard S. Becker presentó
en un congreso un estudio titulado “Convertirse en un consumidor de
marihuana”, fruto de su desempeño como integrante del Chicago Narcotics
Survey. Una década después publicó dicho trabajo como capítulo del libro
Outsiders. Hacia una sociología de la desviación (2009; publicado en inglés
en 1963). En sus textualizaciones, el estudio analiza el uso recreativo de la
marihuana, una sustancia psicoactiva ilegal, proponiendo que las motiva-
ciones consideradas desviadas se desarrollan en la experiencia de consumo
y no como consecuencia de inclinaciones psicológicas de los individuos.
En esas páginas el autor reconstruye la experiencia con la marihuana de
cada uno de sus entrevistados y establece el desarrollo secuencial del con-
sumo por placer como patrón de comportamiento definido. La secuencia
incluye el aprendizaje de la técnica, la percepción progresiva de efectos y su
conexión con la droga, y el aprendizaje de los modos de disfrutar de tales
efectos (Becker, 2009: 76). Esos pasos, a la vez, están atravesados por las
interacciones entre novatos y consumidores más experimentados, quienes
proporcionan pistas, sugerencias y racionalizaciones respecto de efectos
deseados y no deseados, y representaciones de las drogas de modo general.
Becker insiste en que la emergencia de disposiciones y motivaciones es
su principal objeto de indagación, aunque se desprende del análisis la crea-
ción permanente de conocimientos sobre sensaciones, conceptos y técnicas
en el marco de grupos de consumidores. En esa socialización, el lugar del
desarrollo de saberes es fundamental, en tanto conduce a la creación de
experticia en la propia práctica de consumo: “A medida que incorporan este
conjunto de categorías, los consumidores se convierten en conocedores.
Como los expertos en vinos finos, son capaces de especificar dónde creció
determinada planta y en qué época del año fue cosechada” (Becker, 2009:
70). La carrera del consumidor, esto es, su transformación de principiante
en consumidor ocasional y/o regular, se asocia también a la modificación en
los modos de valorar la experiencia. Allí intervienen los otros usuarios, como
también las posibles sanciones morales y legales de la sociedad más amplia.
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En el prefacio a una edición que considera dicho texto de manera autó-
noma y que fuera publicada en 2015, Becker evalúa algunos cambios que
se produjeron en las décadas en que su estudio devino un clásico de las cien-
cias sociales.
[1]
Así, añade a sus consideraciones iniciales la formación de
experticia sobre el cultivo de la planta entre consumidores que, en lo suce-
sivo, se tornaron “emprendedores agrícolas” (Becker, 2016: 22). Tal incli-
nación invita a pensar en una continuidad de la idea de carrera, esta vez
tomando como eje el pasaje entre consumo y producción.
Notablemente, esa publicación comenzó a circular el mismo año en que
el uso terapéutico de cannabis ganó mayor espacio en la escena pública
argentina y se tornó un “problema social” (Lenoir, 1993). Al igual que en
otros países, los actores más visibles de la demanda de regulación del can-
nabis medicinal
[2]
fueron mujeres que se presentaban como madres de niños
y niñas con enfermedades de difícil tratamiento, principalmente epilepsia
[1] En la introducción a la edición de Outsiders (2009), Becker explica que los estudios
sobre desviación transformaron los marcos teóricos vigentes en la disciplina sociológica
durante la década de 1960 al postular que la definición de normas y de aquello que repre-
senta una desviación a las mismas es históricamente producida y se actualiza en la interac-
ción social. Los impactos de esa transformación se extendieron en la sociología norteame-
ricana y en la antropología urbana brasilera por medio del trabajo de Gilberto Velho. Entre
1972 y 1974, este autor realizó una investigación señera sobre los usos de “tóxicos” entre
camadas medias de la zona sur de Río de Janeiro, y su vinculación con la construcción de
fronteras sociales, visiones de mundo y estilos de vida contraculturales (Velho, 1998). El
campo de estudios de la desviación se amplió a partir de sus aportes respecto de los proce-
sos y categorías de acusación (Velho, 1981; Becker, 2009).
[2] A lo largo del artículo opté por el uso de itálica para destacar palabras provenientes
del trabajo de campo. La expresión cannabis medicinal, empleada ampliamente en momen-
tos en que realicé mi pesquisa (Díaz, 2019), posee una historia compleja e intrincada que
merece aquí una breve reflexión. De manera sintética, podemos decir que previamente
había sido utilizada por activistas cannábicos –figuraba como título de páginas online y de
actividades informativas promovidas por las organizaciones– probablemente adoptada del
inglés medical cannabis. Sin embargo, ganó mayor presencia con el surgimiento de asocia-
ciones que reunían a usuarios medicinales y sus familiares, y en el discurso de los actores
que se mostraban en favor de la regulación. Durante ese periodo, la polivalencia de dicha
expresión permitió, de un lado, la legitimación social de los reclamos y sus portavoces y, a
la vez, movilizó la actividad de crítica y reflexión sobre el habla, característica del activismo
cannábico. Así, entre los usuarios había quienes consideraban que hablar de cannabis medi-
cinal era redundante, puesto que la planta siempre era medicinal, mientras que otros soste-
nían que lo correcto era referirse a usos terapéuticos de cannabis porque posibilitaba incluir
prácticas alternativas por fuera de la medicina convencional y enfatizar que se trataba de
un uso entre otros posibles. La posición consensuada por las organizaciones para su comu-
nicación pública recogía esas observaciones y se manifestaba en favor de una regulación del
cannabis para todos sus usos.
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refractaria, destacándose su rol de cuidadoras (Oliveira, 2016; Góngora,
2018; Rivera, 2019). Menos atención recibieron los productores –entre los
que se incluían, desde ya, las madres–, de cultivos y sus derivados, como
también de formas distintivas de transmitir conocimiento sobre esas
prácticas.
En mi tesis de doctorado en Antropología (Díaz, 2019), consideré la
normalización del cannabis en la Argentina como un proceso sociohistóri-
co que reconoce distintos periodos. Así, hacia fines del siglo , las redes
de relaciones que impulsaban la agenda antiprohibicionista estaban inte-
gradas por especialistas que trabajaban según el paradigma de reducción de
daños
[3]
en el marco de organizaciones no gubernamentales e instituciones
estatales –hospitales, universidades–, asociaciones de usuarios de drogas,
asociaciones de cultivadores y usuarios de cannabis. Durante los años 2011
y 2012, el debate público se estructuró en torno a la despenalización de la
tenencia de drogas, y los actores se articularon con legisladores para la pre-
sentación de proyectos de ley que contemplaran dicha demanda.
[4]
En ese
panorama, los activistas cannábicos procuraron volverse visibles dando la
cara y/o poniendo el cuerpo en tanto que usuarias y “usuarios responsables
(Corbelle, 2016). Sus discursos articulaban enunciados en favor de la liber-
tad individual y los derechos humanos, haciendo hincapié particularmente
en la planta de cannabis.
En aquella ocasión, quienes habían procurado instalar el tema del uso
terapéutico de cannabis en la agenda pública eran personas viviendo con
 que empleaban marihuana como herramienta para paliar efectos adver-
sos de la medicación antirretroviral –náuseas, falta de apetito– y, de ese
modo, adherir al tratamiento. Aunque los reclamos se apoyaban en histo-
[3] Se trataba de un enfoque pragmático sobre las drogas que, contrariamente a la pers-
pectiva abstencionista, planteaba modalidades de aproximarse a prácticas ya existentes y
aminorar sus potenciales riesgos. Los especialistas provenían del campo de las ciencias de
la salud y, en mayor medida, de las ciencias sociales y humanas.
[4] Al momento de escritura de este artículo, las conductas vinculadas al cannabis se
encontraban alcanzadas por la ley 23.737 del Código Penal. Sancionada en 1989, dicha ley
penalizaba la comercialización, siembra y almacenamiento de plantas, semillas, precursores
químicos o materias primas para la producción de estupefacientes (artículo 5), la tenencia
para uso personal y la tenencia simple (artículo 14). Como su nombre lo indica, la ley
27.350 de “Investigación médica y científica del uso medicinal de la planta de cannabis y
sus derivados” que fuera sancionada el 29 de marzo de 2017, regulaba la investigación y
limitaba la producción para tal fin a organismos estatales. En su artículo 8, cuya redacción
era ambigua, la normativa establecía que quienes se inscribieran en un registro nacional de
pacientes gozarían de autorización respecto de lo dispuesto en el artículo 5 de la ley 23.737.
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rias personales y apelaban a la evidencia científica disponible, no consiguie-
ron la legitimación necesaria para volverse una preocupación social.
Como dijéramos, a partir de 2015 las redes que demandaron el acceso
a la planta y sus derivados –tinturas, extractos, cremas– para uso medicinal
o terapéutico incluyeron a madres, usuarios, pero también a cultivadores
solidarios, profesionales de la salud, abogados, políticos y científicos (Díaz,
2018, 2020a). Al igual que en el periodo anterior, esos actores conforma-
ron asociaciones civiles con personería jurídica y se manifestaron a través
de la ocupación del espacio público. En esta oportunidad, el acento estaba
puesto en los efectos del cannabis para el control de las crisis epilépticas en
pacientes pediátricos. En una configuración análoga a la de consumidores
experimentados y novatos estudiada por Becker (2009), quienes ofrecieron
apoyo y conocimientos sobre cultivo, producción de derivados y formas de
movilización política, fueron los activistas que desde hacía años formaban
parte de agrupaciones cannábicas e integraban redes de cannabicultores.
De la síntesis presentada interesa destacar un conjunto de transforma-
ciones. Los pronunciamientos respecto del consumo recreativo o adulto
fueron aplazados en favor del consumo por necesidad de cannabis, tal como
aparecía en narrativas en las que el denominador común era el dolor. En
este sentido, los cambios en los modos de hablar fueron cruciales, en la
medida en que, por su procedencia del latín botánico, cannabis aparecía
desprovisto de las connotaciones negativas sedimentadas en la historia cul-
tural del término marihuana. Paralelamente, algunos activistas que se posi-
cionaban como usuarios y cultivadores comenzaron a presentarse como
cultivadores solidarios y asesores, centrándose en tareas de contención, ayuda
y seguimiento de usuarios terapéuticos y sus cuidadores.
Con base en el acompañamiento etnográfico de esos mundos sociales
desde 2014, el objetivo principal de este trabajo es describir el proceso de
especialización en cultivo y uso terapéutico de cannabis entre activistas en
distintos contextos de interacción social. Para ello, la opción metodológica
incluyó la realización de observación participante en reuniones de asocia-
ciones, tiendas de cultivo, jornadas de cannabis medicinal, entre otros espa-
cios; y entrevistas en profundidad y conversaciones informales con activistas
cannábicos.
CULTIVAR, ESTUDIAR, DEDICARSE
Las historias de aprendizaje sobre cultivo que consideramos aquí ocurrieron
en el pasaje entre los siglos  y , en momentos en que la actividad no
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era común, al menos en los grandes centros urbanos.
[5]
Reconocemos una
distinción entre quienes comenzaron a emplear cannabis por sus propieda-
des terapéuticas gracias a recomendaciones de parejas o amigos, y quienes
descubrieron que podían autoabastecerse a través de las semillas encontra-
das en la marihuana prensada
[6]
que consumían recreativamente.
En el primer grupo se localizan las trayectorias de Edith “la Negra
Moreno y Brenda Chignoli,
[7]
activistas cordobesas que habían trabajado
como empleadas administrativas en el campo médico y que, luego de ser
diagnosticadas como seropositivas, comenzaron a integrar redes de perso-
nas viviendo con - y a desempeñarse como promotoras sociosani-
tarias en organizaciones de reducción de daños. Desde esta perspectiva, la
marihuana constituía una herramienta que permitía aminorar los perjuicios
provocados por sustancias ilegales consideradas más nocivas, y una terapia
alternativa y complementaria a la medicina convencional. En el segun-
do grupo encontramos sobre todo a varones que, a la hora de referirse a
las motivaciones para cultivar cannabis, mencionaban el gusto previo por
la experiencia de fumar (Becker, 2009; Veríssimo, 2013), el conocimien-
to recientemente adquirido de que era una planta que se podía sembrar y
cosechar, otorgando autosuficiencia; y el deseo de evitar los circuitos del
narcotráfico. Para ambos actores, los controles que limitaban “el acceso a
la droga y a su suministro” (Becker, 2009: 81) aparecían impulsando la
acción de plantar.
Aunque disímiles, esas historias presentan puntos de convergencia. Uno
de ellos era el camino que la planta de cannabis había permitido abrir hacia
la jardinería como actividad y hacia el cultivo o, al menos, la apreciación
de otras plantas y de la naturaleza. Entrar en esos mundos suponía forjar
conocimientos sobre métodos y técnicas, además de familiarizarse con los
ritmos del cultivo y adquirir competencias sobre un conjunto de tareas rela-
[5] Las sierras de Córdoba, ubicadas al noroeste de la provincia y la zona de serrana de la
provincia de Chubut eran sitios donde se habían creado cultivares locales desde la década
de 1980, aproximadamente.
[6] Se trata de marihuana comprimida en forma de ladrillos, llamada coloquialmente
prensado o paraguayo por su procedencia. Su procesamiento, contrariamente a las prácticas
incentivadas por los cultivadores, incluye tallos y semillas en lugar de preservar únicamente
las inflorescencias. Tales semillas, sin embargo, permitieron en un primer momento que el
cultivo constituyera una posibilidad para quienes se iniciaron en ese camino.
[7] De manera general, resolví eliminar todos los nombres, a excepción del nombre de
Brenda –quien falleció en 2019 y previamente me autorizó a mencionarla–, y de Edith,
fallecida en 2009. Ambas son referencias ineludibles en las trayectorias de activistas de
distintas latitudes.
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tivas a la iluminación, el riego, el combate de plagas y los cuidados apro-
piados para cada estadio de la planta. A los saberes sobre la obtención de
cosechas se sumaban aquellos vinculados a la reproducción para desarrollar
cruces y semillas propios, y al procesamiento del material vegetal para la
elaboración de derivados.
La selección realizada por los cultivadores tendía a superponer una cla-
sificación de las plantas según sus utilidades, propiedades medicinales o
no– y atributos; con otra de carácter sistemático, centrada en la estructura,
es decir, la disposición de las partes en su relación mutua (Thomas, 1988).
A la hora de nombrar los cultivares se empleaban las denominaciones
comerciales establecidas por los bancos de semillas o se creaban nombres
nuevos a partir de sus combinaciones. De modo general, a cada cultivar se
le decía genética o cepa.
En las narrativas, las plantas aparecían dotadas de intencionalidad, agen-
cia y afectividad (Degnen, 2009; Archambault, 2016). Eran, además, obje-
to de contemplación, admiración y evaluación a partir de un interés tanto
estético como utilitario. En este sentido, se les reconocía un potencial desa-
fiante, puesto que aparecían al inicio de un proceso de dedicación al cultivo
descrito con la palabra estudiar. El estudio incluía la fabricación de distintos
elementos, la observación atenta que se integraba en la jornada laboral y la
rutina, la lectura de materiales sobre cultivo,
[8]
y la consulta con otros cul-
tivadores. Acerca de ese intercambio, Brenda sostenía: “A mí me gusta tra-
bajar encima de la planta, estar todo el día encima en la planta, y ver la
planta y enterarme con otros cultivadores de las otras experiencias. […]
Prefiero que venga un cultivador, me voy enterando así” (entrevista, 11 de
mayo de 2016).
Los comentarios sobre experiencias por medios online –foros y luego
grupos de redes sociales y mensajería instantánea– y offline –encuentros,
parades, copas cannábicas
[9]
–, junto con la experimentación de técnicas,
[8] Las publicaciones especializadas aparecieron a partir de 2006 con el lanzamiento de
THC –la revista de la cultura cannábica. En 2010, mientras tanto, se lanzó Haze. Expe-
riencias & Cultivos y desde 2011 comenzó a circular Soft Secrets Latam. En mi tesis me
baso en el análisis que Anderson (1983) realiza de la prensa en la formación del naciona-
lismo, y sostengo que las revistas cannábicas, tanto en la Argentina como en otros países,
contribuyeron a conformar la cultura cannábica como comunidad imaginada translocal
(Díaz, 2019).
[9] Las parades y las copas cannábicas eran dos tipos de encuentro que los activistas
argentinos habían descubierto e implementado a través de su participación en foros espa-
ñoles donde se brindaba información sobre los mismos. Las parades consistían en retiros
para compartir conocimientos, semillas, flores y experiencias, que tenían lugar en paisajes
216 MARÍA CECILIA DÍAZ
materiales y modos de acondicionar lugares, favorecieron la especialización
de los conocimientos prácticos sobre cultivo. Esto hizo que las plantas y las
cosechas se tornaran referencias para recordar anécdotas y habilidades
adquiridas, tanto propias como ajenas, y como medios para localizar
encuentros con distintas personas en las trayectorias vitales. Progresivamente,
la dedicación se asoció a un reconocimiento de sí en tanto cannabicultor, es
decir, alguien formado y versado en el cultivo de cannabis.
Si bien para la mayoría se trataba de actividades de tiempo libre, otros
crearon trabajos ocupacionales a partir de los conocimientos desarrollados
en dicha tarea, convirtiendo esos capitales en vías para su reproducción
social. Así, gestaron espacios de amplificación de saberes como las tiendas de
cultivo, que fueron fundamentales para el crecimiento de la cultura canná-
bica y del movimiento político en favor de la despenalización y regulación.
Conocidas como grow shops o grow(s), su particularidad como estable-
cimiento comercial reside en reunir en un solo lugar elementos de venta
legal que antes estaban dispersos o que se conseguían luego de transitar por
viveros, tabaquerías, rockerías –tiendas que venden objetos inspirados en
bandas de rock y otros estilos musicales– y negocios de iluminación.
También se caracterizan por introducir innovaciones, fruto de la labor de
emprendedores que diseñan productos para la optimización del cultivo de
plantas y del consumo. Al igual que en otros circuitos (França, 2007), los
locales, los productores que los abastecen y los medios de comunicación
que difunden información al respecto, constituyen un mercado segmenta-
do que sostiene materialmente los movimientos y posibilitan la emergencia
de controversias al interior de estos.
Entre las motivaciones para comenzar un emprendimiento cannábico
era frecuente escuchar que la sociabilidad entre consumidores y cultivado-
res favorecía el reconocimiento de los elementos necesarios para sus prácti-
cas cotidianas –sustrato, lámparas, etc.–, y también permitía contar con un
pequeño circuito de interesados. Así, el estudio y el conocimiento de ese
universo había abierto un campo de posibilidades en el que el desarrollo de
un negocio constituía una opción laboral viable y deseable. Abocarse a una
actividad que permitía hablar de –e investigar sobre– plantas era un pro-
serranos y boscosos. Las copas, mientras tanto, eran jornadas de competencia en las que los
cultivadores participaban con muestras de sus flores, un jurado las cataba y se elegían
ganadores según distintas categorías; allí también se ofrecían charlas acerca de diversas
aristas de la planta, entre ellas la cuestión legal. De acuerdo con Veríssimo (2013: 277), las
grandes competencias son indicios de la aparición de consumos refinados entre los
cannabicultores.
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yecto de vida por el cual los cannabicultores estaban dispuestos a (re)pensar
sus elecciones profesionales.
[10]
Una activista describía el trabajo de la
siguiente manera:
El laburo del grow está bueno, está bueno porque me parece también eso,
un espacio… más allá de que es un negocio del cual nosotros vivimos, se
ha dado toda esta cuestión de poder asesorar a gente, [...] esto de poder
informar, de tener una guía, de decir cómo preparar el sustrato… los cui-
dados generales (entrevista, 15 de julio de 2016).
Otros espacios de amplificación de conocimientos fueron las agrupaciones
cannábicas. Estas emergieron desde comienzos del siglo  y proliferaron
sobre todo luego del fallo Arriola de 2009, en el que la Corte Suprema de
Justicia de la Nación estableció la inconstitucionalidad de la penalización
de la tenencia de drogas para consumo personal (Corbelle, 2016; Corda,
2018). La circulación de revistas especializadas estimuló ese proceso de
creación de colectivos, a lo que se añadió la sanción de leyes que reconocían
y ampliaban derechos, gracias al impulso de actores de la sociedad civil
(Díaz, 2019).
[11]
Aquí entiendo que las agrupaciones cannábicas constituyen sitios privi-
legiados para observar la vinculación entre saberes de cultivo y activismo
político. En la textualización he considerado historias de organizaciones
con las que estuve más familiarizada en virtud del trabajo de campo: la
Asociación Edith Moreno Cogollos Córdoba y el Movimiento Nacional
por la Normalización del Cannabis Manuel Belgrano.
[10] Como sostiene Becker (2009: 123), quien sigue a su mentor Everett Hughes, la
definición de carrera no solo contempla la perspectiva móvil desde la cual los actores ven
su propia vida y sopesan las transformaciones en la idea que tienen de sí mismos, sino
también una serie de escalones entre los que se avanza por medio de relaciones provechosas
y un desempeño exitoso. En este sentido, corresponde decir que los emprendedores con-
sultados eran en su mayoría varones de camadas medias que contaban con estudios secun-
darios completos y habían cursado estudios de nivel superior, parcial o totalmente. Antes
habían trabajado en emprendimientos familiares o en relación de dependencia, lo que les
proporcionó una preparación para el tipo de empleo que desarrollaron posteriormente.
[11] Contribuyendo a un clima de época que propiciaba la participación ciudadana,
la Ley 26.618 de Matrimonio Igualitario fue aprobada el 15 de julio de 2010 y la Ley
Nacional de Salud Mental (ley 26.657) fue sancionada el 25 de noviembre del mismo
año. Esta última norma, en cuyo debate intervinieron integrantes de organizaciones de
reducción de daños, establece que el abordaje del uso problemático de drogas legales e
ilegales forma parte de las políticas de salud mental y, de ese modo, otorga garantías a los
usuarios (artículo 4).
218 MARÍA CECILIA DÍAZ
Cogollos fue la primera formación de ese tipo en Argentina. En 2001,
aproximadamente, sus integrantes comenzaron a compartir experiencias de
cultivo en el marco de una escena cultural alternativa y optaron por identi-
ficar el colectivo con el término que designa las inflorescencias de la planta.
Dicha elección se debió, precisamente, al impacto que había provocado en
ellos el proceso de aprendizaje sobre marihuana en un contexto en el que
la información al respecto escaseaba (Díaz, 2020b). Edith Moreno, cuyo
nombre fue incorporado a la agrupación a manera de homenaje, era recor-
dada tanto por su posicionamiento en defensa de los derechos de usuarios
de drogas, como por sus cultivos. Mientras tanto, Manuel Belgrano, fun-
dado por Brenda Chignoli, emergió como un movimiento de extensión
nacional que se centraba en el uso terapéutico de cannabis. En su denomi-
nación evocaba la figura del prócer porque este, en el ejercicio de sus funcio-
nes como secretario del Real Consulado de Buenos Aires, había sido autor
de recomendaciones para el cultivo de cáñamo en la región (Orozco, 2009).
El trámite de personería jurídica por medio del cual algunas agrupacio-
nes se tornaron asociaciones civiles también revela la importancia de la pro-
ducción de conocimientos para estas organizaciones, en la medida en que
sus estatutos se centran en el estudio del cannabis y otras especies vegetales.
En tales formulaciones se incluye, además, la indagación sobre las propie-
dades terapéuticas de la planta.
Dedicarse a esta causa política insumía tiempo y recursos, suponía la
sociabilidad con integrantes de otras asociaciones y una familiarización cre-
ciente con la trama de relaciones entre organizaciones no gubernamentales
e instituciones estatales.
[12]
La participación en formaciones colectivas
incluía el desempeño de sus integrantes como portavoces en reuniones con
legisladores para impulsar proyectos de ley, y también como oradores en
actividades para la comunidad, entre las que se contaban talleres de cultivo,
ciclos de cine y jornadas informativas en las que se construía una perspec-
tiva crítica del prohibicionismo.
[13]
[12] Esto se plasmaba en el trabajo parlamentario, en acciones colectivas ante allanamien-
tos a cultivadores (Corbelle, 2016), y en la integración de frentes con otras organizaciones
sociales que también promovían la defensa de los derechos humanos (Díaz, 2019).
[13] Las jornadas comprendían el uso terapéutico de cannabis entre sus temas. De acuer-
do al trabajo de archivo realizado en la investigación, estas fueron impulsadas por organi-
zaciones como Asociación Edith Moreno Cogollos Córdoba, Asociación Rosarina de
Estudios Culturales (), Acción Cannábica, Agrupación Agricultores Cannábicos
Argentinos (), Agrupación Cannabicultores del Oeste (), Cogollos del Oeste,
Organización Cannábica Bariloche (), Cannabicultores del Alto Valle (), Movimien-
to Nacional Por la Normalización del Cannabis Manuel Belgrano, Comunidad Cannábica